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09.03.2022 Críticas  
Una joya llena de simbolismos

La ópera Pelléas et Mélisande de Claude Debussy, basada en la obra de Maurice Maeterlinck, llega a las tablas del Gran Teatre del Liceu de Barcelona. La onírica producción del artista residente, Àlex Ollé, es una invitación a entrar en un mundo de claves que destilan una fuerte carga poética.

Pelléas et Mélisande es considerada la primera ópera moderna. Debussy quiso romper con las convenciones de su tiempo con un lenguaje armónico nuevo con el que conseguía un sonido flotante, lírico, que huía de la épica y la melodía tradicional. Nada tiene que ver con óperas como La Traviata, Rigoletto o Die ZahuberFlöte. La cadencia de la melodía, su historia más contada que cantada y su ritmo lento pero preciso hace que ésta se convierta en una pieza difícil para los «no disfrutantes» habituales de ópera.

La historia de Pelléas et Mélisande se sitúa en un espacio simbólico, el reino de Allemonde, fuera del espacio y del tiempo. Allí reina el viejo rey Arkel, que está próximo a la muerte, y ha nombrado heredero a su nieto, Golaud. Golaud descubre una noche en el bosque a una mujer misteriosa que ha aparecido allí sin previo aviso; se ha perdido y nada se sabe de ella salvo su nombre, Mélisande. Golaud la lleva al castillo y se casa con ella. Mientras tanto, Mélisande conocerá al medio hermano de Golaud, Pelléas, un joven inocente, sin experiencia, y la atracción entre ellos se va volviendo más y más fuerte. Finalmente, se enamoran; Golaud descubre el engaño y, en el tramo final de la obra, mata a Pelléas. Pero nunca conseguirá a Mélisande: tal como vino, ella se irá, sin revelar información; escapará hacia la muerte para reencontrarse con Pelléas.

Debussy respetó el texto original de la obra de teatro de Maeterlinck para construir el libreto. Salvo algunas escenas que se cortaron para no extender demasiado su duración, la ópera que podemos disfrutar en el Liceu es el drama de Maeterlinck palabra por palabra, con una música flotante, onírica. Una forma de contar la historia que influye notablemente en la manera de cantar. No hay versos con métricas estables que permitan construir melodías en la tradición francesa o belcantista, así que los personajes declaman más que cantan. Cuentan la historia, en otras palabras, la recitan haciendo que esta cale aun más hondo en la comprensión del respetable. Esta forma de expresión hace que la obra se cubra de un misterio constante. Ya ocurra la acción en el bosque, en una habitación o en cualquier otra localización de la ópera, se respira un misterio que como público debemos desvelar.

A su vez, la ópera está llena de simbología: el castillo es una prisión; el bosque, un laberinto, y más allá del bosque está la muerte, que es la libertad; los cabellos largos de Mélisande son una alegoría de su sexualidad; el agua es muerte y resurrección… Todo ello crea un espectáculo perfecto de base que roza la poesía visual; convirtiéndola en una obra maestra que aplaudir.

La producción de Àlex Ollé, estrenada en Dresde (Alemania) en 2015, es prácticamente perfecta. Empezando por la espectacular y funcional escenografía de Alfons Flores y la iluminación de Marco Filibeck que consigue impregnan un estilo onírico que nos recuerda a los espacios extraños fuera del tiempo real de David Lynch. El castillo y sus alrededores nos presentan los recovecos de la mente de Mélisande y como todos/casi todos se aprovechan de ella. Como Ollé indicaba, los decorados son mucho más que meros decorados ya que constituyen un significado esencial en la ópera: cuando los personajes están en habitaciones del castillo, el espacio se vuelve opresivo –estar dentro es estar atrapado– y cuando están fuera siempre es de noche, y la luz de la luna, aunque brilla, siempre es pálida, creando un entorno de penumbra. Por otro lado, no hay que dejar de lado el símbolo principal: el agua. Es junto a una fuente donde aparece la misteriosa Mélisande y es, en esa misma fuente, donde pierde su corona. Más adelante perderá su anillo en un pozo y también a Pelléas, ahogado por su hermano. El mar, que es la frontera que impide la salida de Allemonde. Así, el agua se convierte en símbolo de pérdida, olvido, muerte y final.

El reparto de la ópera no podría haber sido mejor escogido. Stanislas de Barberyac como Pelléas, Julie Fuchs como Mélisande, Simon Keenlyside como Golaud, Sarah Connolly como Geneviève y Franz-Josef Selig como Arkel nos presentan unos personajes bien trabajados desde el punto interpretativo y con un alto control vocal que les ayuda a expresar una partitura de elevada dificultad. Completan el reparto Stefano Palatchi en el rol de médico y Ruth González como Le Petit Yniold.

Por su parte, Josep Pons, director musical del Liceu, se encarga de dirigir la orquesta en una partitura llena de modulaciones y colores que nos transitan entre la cambiante felicidad y desazón que constantemente sufren los personajes de la ópera. Poder mantener esta tensión constante de partitura es una hazaña titánica que la orquesta cumple totalmente. ¡Bravo!

En definitiva, Pelléas et Mélisande es una ópera diferente a lo que el Gran Teatre del Liceu de Barcelona nos tiene acostumbrados. Una de esas joyas de la cultura operística no apta para los poco iniciados en este arte pero de valor inestimable para los acérrimos del género.

Crítica realizada por Norman Marsà

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