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24.07.2019 Críticas  
Pero William… What the Fuck?

Els Pirates Teatre ofrece una (re)visión de «L’amansiment de la fúria» de William Shakespeare. El Onyric-Teatre Condal se convierte en el espacio elegido para el salto al gran formato de la compañía. Un retorno al bardo bajo la mirada de las mujeres protagonistas. Cambio de formato y reivindicativa aproximación al género musical.

Adrià Aubert dirige una pieza adaptada por Ariadna Pastor. Una comedia de enredos amorosos cuya premisa nos presenta a un patriarca (en este caso matriarca) que no deja casar a su hija menor hasta haber logrado que la mayor conquiste a un pretendiente (su mal genio convierte esta aspiración en un logro improbable). Lo firma Shakespeare y esto va asociado a la etiqueta de clásico. Un título que a día de hoy debería plantearnos un “What the Fuck” en toda regla pero que, probablemente, nos dibuje una sonrisa en el rostro al escucharlo. Una vuelta al hogar de los constructos ideológicos adquiridos siglo tras siglo, también a través de la cultura. ¿Por qué? ¿Para qué?

Nos encontramos ante un proyecto mucho más ambicioso y menos «amable» de lo que pueda parecer en un primer momento. Un montaje que podemos leer como una puesta de largo con la mirada fijada en el horizonte de las aspiraciones de la compañía. Manteniéndose fieles a su manera de hacer, entender y conversar con la naturaleza original de las piezas que representan, aquí podemos decir que Aubert y Cabiró revientan el discurso del material de partida. Entre los mayores aciertos de la función, encontramos las canciones. La adaptación y traducción se integran con las piezas musicales hasta conformar un cuerpo único bastante bien hilvanado. Algunas funcionan para que los personajes se expresen más allá de lo que los diálogos y las conversaciones de la época permitían. Otras para desarrollar situaciones o personalidades más o menos canónicas y otras para culminar la función reivindicativa a modo de himno (ojo a la última tonada).

Identidad, género y acceso al conocimiento y emancipación. El mayor riesgo de la pieza es que en un único acto se cambia de registro de modo radical. Este detalle esta bien introducido a partir del devenir y progresivo empoderamiento del personaje de Caterina. También en la toma de consciencia que parecen mostrar las mujeres y en el desenmascaramiento de los hombres. Puede desconcertar este giro pero realmente consigue que nos planteemos qué es lo que estamos viendo. En algunos momentos el desarrollo de la propuesta se somete al recorrido trazado por el argumento original y por eso es tan importante el dibujo de los roles protagonistas, tanto femeninos como masculinos. A partir de un punto, todos huirán de cualquier atisbo de condescendencia o búsqueda de simpatía a partir de la aproximación.

En este sentido Ricard Farré demuestra una versatilidad y adecuación excelente, seguido de cerca por Arnau Puig y Jordi Vidal. Laura Pau y Mariona Castillo juegan muy bien con las posibilidades escénicas de esta doble identidad que deben mostrar sus personajes, tanto en la parte hablada como cantada. Lluna Pindado y Lloll Bertrán superan lo prototípico de su función en el relato, por lo menos inicialmente, y aprovechan el cambio genérico de sus personajes en favor de su interpretación y el resultado final. A su vez, Laura Aubert consigue plasmar todas las inquietudes del personaje que defiende así como las contradicciones de la mirada actual. Todas y todos, aunque especialmente las «feres» Aubert, Castillo, Pau y Pindado ejecutan las coreografías de Anna Romaní con énfasis y beligerante y reivindicativa vehemencia. Una compañía de ocho muy bien avenida y cohesionada.

La escenografía de Enric Romaní consigue algo que no suele suceder en este teatro y es la ilusión de cercanía con respecto a lo que sucede en escena. Una estructura fija y una pasarela que elimina fronteras entre escenario y platea que, aunque no se explota excesivamente, evidencia de algún modo el salto ideológico y temporal que nos separa de la obra original y que los intérpretes pisan con fuerza, especialmente en el tramo final. En esta línea, el diseño de iluminación de Lluís Serra se amplía también a ambos espacios y el sonido de Jordi Ballbé naturaliza la convivencia de texto y canciones de un modo notable, más teniendo en cuenta el desplazamiento de algunos personajes por el patio de butacas. El vestuario de Maria Albadalejo combina piezas de época con algunos elementos anacrónicos que tanto proponen un guiño a anteriores propuestas o maneras de aproximación de la compañía como, por supuesto, a las fieras titulares.

Finalmente, Les feres de Shakespeare arriesga. Una compañía que llega a la mayoría de edad y que, proyecto a proyecto, afianza no solo un modo de hacer y entender el teatro sino también una incisiva habilidad para integrar e insuflar la ideología en el corazón de la dramaturgia. En este caso, la confrontación con el texto elegido es más evidente que nunca y la lucha también es mayor y más difícil. Una batalla plasmada con honestidad y con las ideas claras que dibuja un prólogo a lo que intuimos nos espera en futuras ocasiones. Un salto al gran formato que mantiene la esencia característica que buscamos cuando nos acercamos a una propuesta de Els Pirates Teatre.

Crítica realizada por Fernando Solla

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