
Hay óperas que se sostienen en la belleza de su música y otras que exigen una verdad emocional casi incómoda. Werther, de Jules Massenet, llega al Gran Teatre del Liceu de Barcelona con una reposición centrada en la intimidad y fragilidad de sus personajes. Y lo hace con un atractivo difícil de ignorar: ver a un tenor en pleno ascenso enfrentarse a uno de los roles más exigentes del repertorio.
Basada en la novela de Goethe, la ópera narra la historia de Werther, un joven poeta profundamente sensible que se enamora de Charlotte, prometida a otro hombre por una promesa familiar. Incapaz de reprimir sus sentimientos, Werther se sumerge en un amor imposible que lo consume lentamente, llevándolo a un desenlace trágico marcado por la desesperación. A su alrededor, la vida sigue con aparente normalidad, acentuando aún más el contraste entre el orden social y el caos interior del protagonista.
La propuesta escénica, concebida originalmente por Christof Loy y aquí repuesta por Silvia Aurea De Stefano, apuesta por una lectura depurada, casi quirúrgica, donde cada gesto tiene un motivo. La dirección actoral se centra en la contención y en la introspección, evitando cualquier exceso melodramático para dejar que la emoción emerja desde dentro. Este enfoque, lejos de enfriar la obra, potencia su dimensión psicológica, convirtiendo el escenario en un espacio donde los silencios pesan tanto como la música.
En el apartado interpretativo, la función encuentra su gran motor en el Werther de Xabier Anduaga, quien no solo afronta su primer gran papel protagonista, sino que lo hace con una inteligencia musical y escénica poco habitual en este punto de carrera. Su instrumento, de timbre luminoso y proyección limpia, se adapta con naturalidad a la escritura de Jules Massenet, encontrando en el legato y en el cuidado del fraseo sus mejores aliados. Pero más allá de lo vocal, Anduaga construye un Werther de progresión muy bien medida: comienza desde una contención casi tímida, un joven poeta que observa más de lo que actúa, para ir desbordándose poco a poco hasta alcanzar una intensidad emocional plenamente convincente en el tramo final. Su construcción escénica es honesta, sin artificios, y conecta directamente con el espectador; no busca el efectismo, sino la verdad, y ahí es donde su Werther gana fuerza, especialmente en los momentos más íntimos.
A su lado, la Charlotte de Kristina Stanek crece a medida que avanza la función, desplegando un trabajo de gran coherencia dramática. Su aproximación al personaje evita cualquier tentación de victimismo fácil, apostando por una contención emocional que resulta especialmente efectiva. Stanek construye una Charlotte profundamente consciente de su deber, pero atravesada por una tensión interna constante que se filtra en cada gesto y en cada fraseo. Vocalmente, su instrumento posee cuerpo y calidez, con un centro sólido que le permite sostener el peso dramático del personaje, y una línea de canto cuidada que encuentra sus mejores momentos en los pasajes más introspectivos.
Pero si hay una presencia que no solo atrapa, sino que termina por iluminar cada una de sus intervenciones, es la de Sofia Esparza. Su Sophie no es únicamente el contrapunto ingenuo o ligero: Esparza la construye como un personaje lleno de vida, con una energía escénica contagiosa que dinamiza cada escena en la que aparece. Hay en su manera de moverse, de mirar y de reaccionar una naturalidad poco habitual, que convierte su presencia en algo magnético incluso en silencio. Vocalmente, su emisión es clara, fresca y muy bien proyectada, con un timbre luminoso que encaja a la perfección con la escritura de Massenet. Pero lo más destacable es su capacidad para dotar de intención cada frase, cuidando el matiz sin perder espontaneidad. Su Sophie no solo aligera el peso dramático de la obra, sino que aporta una humanidad imprescindible, convirtiéndose en uno de los grandes aciertos del reparto.
Por su parte, David Oller construye un Albert especialmente interesante, alejado del mero rival amoroso para convertirse en un marido distante, rígido y en cierto modo desbordado por una situación que no sabe gestionar. Su interpretación encuentra valor precisamente en esa contención incómoda, en ese no saber cómo actuar ante el conflicto que se le viene encima, lo que añade una capa de humanidad al personaje.
En los roles secundarios, brilla con especial complicidad el dúo formado por Josep Fadó (Schmidt) y Enric Martínez-Castignani (Johann), quienes funcionan como un eficaz contrapunto cómico en múltiples momentos de la función. Ambos entienden perfectamente el tono y el ritmo de sus intervenciones, aportando ligereza sin caer en la caricatura, algo esencial en una obra de tanta carga emocional.
En cuanto a Cristofol Romaguera (Brühlmann) y Marta Esteban (Käthchen), su aportación se percibe más como parte del entramado escénico que como un desarrollo individualizado de personajes. Aunque su presencia contribuye a dibujar el contexto social que rodea a los protagonistas, la propuesta no profundiza especialmente en sus perfiles, quedando sus intervenciones en un plano más funcional dentro del conjunto.
Completa el reparto Stefano Palatchi (el Batlle), aportando su habitual solidez y presencia.
En el apartado técnico, la producción apuesta por una estética limpia y evocadora. La iluminación de Roland Edrich juega un papel fundamental en la construcción de atmósferas, subrayando los estados emocionales con una sutileza notable. El vestuario de Robby Duiveman se mantiene fiel a una línea clásica, elegante y funcional, mientras que la escenografía de Johannes Leiacker propone espacios abiertos y minimalistas que potencian la introspección de la obra, dejando que sean los personajes quienes llenen el vacío con su conflicto interior.
Musicalmente, la Orquesta Sinfónica del Liceu, bajo la dirección de Henrik Nánási, ofrece un trabajo especialmente refinado y atento al detalle. Nánási entiende Werther como un gran tejido emocional más que como una sucesión de números, y construye un discurso continuo, fluido, donde las transiciones resultan orgánicas y cargadas de intención. La orquesta responde con una sonoridad cálida y transparente, destacando especialmente las cuerdas, que sostienen buena parte del lirismo de la partitura, y unos vientos que aportan color y delicadeza en los momentos más íntimos. El equilibrio con las voces es constante y medido, permitiendo que el drama respire sin perder densidad musical.
En este entramado, el Cor Vivaldi – Petits cantors de Catalunya, dirigido por Pilar Paredes, se convierte en uno de los grandes aciertos de la función, aportandovuna dimensión de contraste fundamental frente al drama adulto que se desarrolla, encarnando una inocencia que subraya aún más la tragedia de Werther. Vocalmente, el coro brilla por su afinación, homogeneidad y claridad de emisión, aportando precisión y delicadeza en sus intervenciones.
En definitiva, este Werther se presenta como una propuesta coherente, elegante y profundamente emocional, sostenida por un reparto comprometido y una dirección escénica que apuesta por la verdad antes que por el espectáculo. Pero si hay un nombre que resuena con especial fuerza al caer el telón es el de Anduaga, quien, tras una década de carrera, se enfrenta a su primer gran protagonista con un resultado que no solo convence, sino que entusiasma. Los vítores del público así lo confirmaron, en una ovación que celebró no solo una gran interpretación, sino el nacimiento de un Werther llamado a perdurar.
Crítica realizada por Norman Marsà




