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27.07.2026 Críticas / Crónicas, Música  
Univers Mahler. Simfonia núm.8 ‘Dels Mil’ – Crítica 2026

No todas las despedidas tienen la grandeza de una Octava de Mahler. Josep Pons eligió la partitura más monumental del repertorio sinfónico para poner fin a catorce años como director musical del Gran Teatre del Liceu de Barcelona, y el teatro respondió convirtiendo la velada en un homenaje tan emocionante como merecido. Más que un concierto, fue la culminación de un proyecto artístico que ha marcado una época en el coliseo barcelonés.

La elección de esta obra no podía ser más simbólica. La llamada Sinfonía n.º 8, conocida popularmente como Sinfonía de los Mil, ponía el broche al proyecto Univers Mahler, una de las grandes apuestas musicales impulsadas por Josep Pons desde su llegada al Liceu. Una partitura que rompe cualquier convencionalismo al unir el himno medieval Veni Creator Spiritus con la escena final del Fausto de Goethe para construir una reflexión sobre la creación, el conocimiento y la redención. Pero, por encima de todo, la obra se convirtió en el vehículo perfecto para despedir a un director que ha contribuido decisivamente a redefinir el sonido y la personalidad musical del coliseo barcelonés.

Desde el instante en que Josep Pons apareció en el podio se respiraba una atmósfera distinta. No era únicamente el respeto que impone una de las partituras más complejas jamás escritas, sino la certeza compartida de que el público asistía al último concierto de quien ha guiado musicalmente al Liceu durante las últimas catorce temporadas. Cada gesto parecía contener algo más que una indicación para la orquesta; era el cierre de un camino construido con paciencia, ambición y una idea muy clara de hacia dónde debía crecer la institución.

La Octava de Mahler camina siempre sobre una línea muy fina. Resulta relativamente sencillo convertirla en una demostración de músculo sonoro, deslumbrando por la inmensidad de las masas orquestales y corales. Josep Pons optó por el camino más difícil: poner toda esa fuerza al servicio de la música. Desde el primer acorde quedó claro que no buscaba una despedida grandilocuente ni un ejercicio de espectacularidad, sino una lectura fiel a los principios que han definido toda su etapa en el Liceu: claridad, equilibrio, transparencia y absoluto respeto por la partitura.

Su dirección destacó por la extraordinaria capacidad para organizar el inmenso entramado musical diseñado por Mahler. Nunca permitió que el volumen ocultara el detalle ni que la emoción sustituyera al discurso. Las dinámicas crecieron con naturalidad, las transiciones respiraron con calma y cada una de las familias instrumentales encontró su espacio dentro de un conjunto que jamás perdió cohesión. Incluso en los momentos de mayor densidad sonora, la arquitectura de la obra permaneció perfectamente reconocible, permitiendo apreciar la riqueza de una escritura que, en manos menos inspiradas, corre el riesgo de convertirse en un bloque uniforme.

La Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu respondió con una madurez admirable. La cuerda ofreció un sonido cálido y compacto, las maderas aportaron delicadeza en los pasajes más íntimos y los metales brillaron con contundencia sin sobrepasar nunca el equilibrio general. Era evidente la complicidad entre director y músicos, fruto de una relación construida durante más de una década. Más que un concierto, daba la sensación de asistir a la culminación de un trabajo desarrollado temporada tras temporada.

Ese crecimiento también quedó reflejado en las masas corales. El Cor del Gran Teatre del Liceu, preparado por Pablo Assante, el Coro Nacional de España, dirigido por Miguel Ángel García Cañamero, la Polifònica de Puig-reig, bajo la dirección de Emmanuel Niubò, y el Cor Vivaldi – Petits Cantors de Catalunya, dirigido por Pilar Paredes, afrontaron una de las páginas corales más exigentes del repertorio con una cohesión extraordinaria. El poderoso Veni Creator Spiritus impresionó por su contundencia, pero sobre todo por la homogeneidad con la que centenares de voces consiguieron sonar como un único organismo musical. Más que volumen, hubo precisión; más que fuerza, hubo intención.

La segunda parte de la sinfonía permitió descubrir el lado más introspectivo de la lectura de Pons. Inspirada en el desenlace del Fausto de Goethe, la música abandona el impulso inicial para abrirse a un universo mucho más contemplativo y espiritual. El director supo administrar ese cambio de atmósfera con enorme sensibilidad, dejando que la emoción apareciera poco a poco, sin aceleraciones ni gestos innecesarios. Fue precisamente en esa capacidad para contener el discurso donde su interpretación alcanzó algunos de sus momentos más inspirados.

El reparto vocal respondió al enorme desafío con un nivel muy alto. Jacquelyn Wagner aportó luminosidad y elegancia en el fraseo, mientras que Elisabeth Teige impresionó por la amplitud y proyección de una voz capaz de imponerse con naturalidad al inmenso aparato orquestal. Elena Villalón volvió a demostrar por qué está llamada a ocupar un lugar destacado dentro del panorama lírico internacional gracias a una emisión limpia y una musicalidad exquisita.

Junto a ellas, Beth Taylor destacó por el color y la expresividad de su voz, mientras que Mihoko Fujimura volvió a ofrecer una interpretación de enorme autoridad. En el apartado masculino, Michael Spyres confirmó una vez más su extraordinaria inteligencia musical y la versatilidad que lo han convertido en uno de los grandes tenores de nuestro tiempo. Nicholas Brownlee aportó firmeza y presencia, mientras que Albert Dohmen dotó de gravedad y profundidad a unas intervenciones esenciales dentro del entramado vocal de la obra.

Sin embargo, el mayor acierto del elenco fue precisamente entender que en la Octava de Mahler no existen protagonistas individuales. Ninguno buscó imponerse al resto; todos pusieron su voz al servicio de una construcción colectiva donde el verdadero protagonista era el conjunto.

Los grandes clímax llegaron con una naturalidad admirable. El inicial Veni Creator Spiritus impactó por su potencia colectiva, mientras que la escena final inspirada en el Fausto fue creciendo paso a paso hasta desembocar en un Das Ewig-Weibliche zieht uns hinan de enorme fuerza emocional. No hubo artificios ni golpes de efecto. Solo una progresión cuidadosamente construida que terminó envolviendo al público en uno de esos finales que parecen suspender el tiempo.

Cuando el último acorde se apagó, el silencio apenas existió. El Gran Teatre del Liceu se puso inmediatamente en pie, consciente de que acababa de terminar algo más que un concierto. Las ovaciones, largas, cálidas e insistentes, obligaron a Josep Pons a regresar una y otra vez al escenario, visiblemente emocionado, mientras músicos, coristas, solistas y público compartían un mismo sentimiento de gratitud. No era únicamente el reconocimiento a una interpretación memorable de Mahler. Era el aplauso a un director que, durante catorce años, ha elevado el nivel artístico de la orquesta, ha impulsado proyectos tan ambiciosos como Univers Mahler y ha contribuido decisivamente a definir la identidad musical del Liceu del siglo XXI.

Hay conciertos que permanecen en la memoria por la obra que se interpreta. Este permanecerá, además, por todo lo que significó. Josep Pons eligió despedirse sin discursos, dejando que hablara Mahler. Y pocas veces una partitura ha sabido expresar con tanta elocuencia el final de una etapa y el agradecimiento de todo un teatro a quien ha dedicado catorce años de su vida a hacerlo crecer.

Crítica realizada por Norman Marsà

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