
Sobre la obra de Pedro Martín Cedillo, el director Ricardo Goñi propone Una noche de ventisca en la sala Nave73, en Madrid. Una historia que transcurre en una gélida noche moscovita de 1927, en la que el dramaturgo Mijaíl Chéjov se juega la vida frente a quien ha emitido su orden de detención.
El equipo de El dado teatro, que ya nos ofreció la interesantísima Las niñas de Humené, presenta en esta ocasión un nuevo texto escrito por Pedro Martín Cedillo.
En una fría noche de tormenta en el Moscú de 1927, el dramaturgo y teórico teatral Mijaíl Chéjov, sobrino del célebre autor, es convocado, sin posibilidad de excusa, a una fiesta privada organizada por la Camarada A. A ella acudirán destacados miembros del gobierno soviético, incluido el consejero Rykov, quien ha firmado una orden de busca y captura contra el dramaturgo, cuyas obras transgresoras están causando irritación en la cúpula comunista. Así, el joven autor se verá obligado a enfrentarse cara a cara con su inquisidor. Pero lo que podría parecer una broma macabra puede convertirse en una oportunidad propiciada por la no tan inocente Camarada A.
En medio de este juego a vida o muerte, las relaciones personales de los protagonistas se entrelazan con sus intereses políticos. La elección del momento histórico ofrece, además, un interesante vistazo a esta joven —aunque ya no tan revolucionaria— Unión Soviética.
Bajo la dirección de Ricardo Goñi, la actriz Verónica Valiente (Camarada A) y los actores Fran Bordonado (Mijaíl Chéjov), Ander Etxebarria (teniente coronel Nikolai Petrovich Fiodorov) e Iago Cabrero (consejero Rykov) dan fuerza a los personajes de esta trama, encerrados a su pesar en un palacio debido a la ventisca que azota las calles.
Verónica Valiente interpreta a una aparentemente despreocupada y ligera Camarada A, aunque tras esa fachada se esconde una hábil política que ha logrado alcanzar el cargo de ministra del gobierno.
Chéjov cobra vida en Fran Bordonado, quien logra mostrar con eficacia a un personaje desubicado, angustiado por la amenaza que se cierne sobre su vida y la de su esposa, pero firme en sus convicciones.
Ander Etxebarria encarna al joven teniente coronel Nikolai Petrovich, envuelto en las intrigas de su mentor, el consejero Rykov. En su conflicto interno, busca el consejo del dramaturgo para dar salida a un amor imposible que ya no puede ocultar.
Por último, el intrigante y severo consejero Rykov encuentra en Iago Cabrero una interpretación sólida: un hombre empeñado en hacer valer la fuerza del Estado —y la suya propia— frente a las críticas del dramaturgo, mientras se deja arrastrar por sus emociones.
El texto de Pedro Martín Cedillo resulta ágil y dinámico. Los actores evolucionan por el escenario, desplazándose en apariencia por las distintas estancias del palacio, propiciando encuentros y provocando conversaciones. En este sentido, la acertada decisión de intercalar los diálogos entre las diferentes parejas de personajes aligera el ritmo y aporta fluidez al conjunto.
La trama enfrenta a Chéjov con la decisión de mantener sus ideales frente a la brutalidad de un poder para el que el individuo no cuenta y donde cualquier decisión, por terrible que sea, se toma bajo la excusa del bien común. La supuesta bondad de las acciones del Estado no puede ser cuestionada, y menos aún enfrentada a la incómoda realidad. Pero, por otro lado, también está la política práctica: la que no puede permitirse un héroe y menos aún un mártir. Una política que no quiere perder los apoyos que tanto le ha costado conseguir y que lucha por disfrazar de bondad una solución interesada. O acaso sea al revés.
La mínima escenografía, apoyada con acierto por la iluminación creada por Trini León y el ambiente sonoro diseñado por los Hermanos Ferrando, acompaña perfectamente a una obra que se sostiene en las palabras y en las ideas defendidas por sus intérpretes.
En definitiva, Una noche de ventisca es un nuevo acierto de El dado teatro: un texto que se disfruta, espléndidamente interpretado, y que abre una ventana a un mundo del que nos separa casi un siglo, pero cuyas conversaciones resuenan con inquietante vigencia.
Crítica realizada por David Martínez




