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24.05.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Una mena d’Alaska – Crítica 2025

Nos encontramos estos días en el Espai Lliure del Teatre Lliure de Montjuïc una pieza de excepción. En Una mena d’Alaska, el actor y también director Ivan Benet nos sumerge en un universo que baila entre el sueño y la vigilia. El montaje estará en cartel hasta el 1 de junio y para los que asisten puedo afirmar que se convierte en una experiencia escénica profundamente sensorial.

Una mena d’Alaska, inspirado en una pieza breve de Harold Pinter —a su vez basado en un caso clínico recogido por el neurólogo Oliver Sacks—, explica la historia real de Deborah, una de las pacientes de Sacks, cuya vida quedó suspendida a los 16 años tras contraer encefalitis letárgica. Esta enfermedad, que afectó a miles de personas a principios del siglo XX, provocaba una drástica disminución de dopamina en el cerebro, anulando la capacidad de movimiento sin llegar a la muerte, el coma ni el sueño profundo. Para sobrevivir, necesitaban imaginar que bailaban en lugares muy estrechos.

Tras la lectura de la obra de Pinter, y con esa enfermedad como premisa, Ivan Benet no solo ha encontrado un texto teatral dramático con el que trabajar, sino que también ha sentido la necesidad de añadir a su versión otras formas de expresión escénica. Como resultado, ha construido una propuesta multidisciplinaria que integra teatro de texto, una partitura con la música que encontró en los ojos de Pauline (la hermana de la protagonista) y la danza como vehículo sensorial hacia el trasfondo más íntimo de la historia. Esta fusión de lenguajes no solo amplifica el universo poético de Pinter, sino que lo reinterpreta desde una sensibilidad contemporánea profundamente física y emocional.

Ivan Benet vuelve a demostrar una sensibilidad exquisita en la elección de los textos que decide llevar a escena, y en cómo los traduce en una vivencia teatral profundamente humana. Como ya sucedía en La lleugeresa i altres cançons, aquí también construye una pieza que no es muy extensa (dura 80 minutos) pero en donde la brevedad no es una limitación, sino una elección consciente: cada minuto está cuidadosamente tejido para condensar una intensidad emocional que no solo se disfruta durante la función, sino que permanece mucho después del aplauso final, cuando el espectador también despierta de esa especie de ensoñación compartida, como si saliera lentamente de un estado suspendido entre la realidad y la ficción. Benet no dirige desde la distancia, sino desde una cercanía íntima con el material, y eso se percibe en cada decisión escénica.

Mireia Aixalà, Carles Martínez, Aida Oset y el bailarín Andrés Corchero se sumergen con una precisión admirable en el universo denso y un tanto ambiguo de Harold Pinter. Cada uno de ellos encarna con sutileza y profundidad la tensión latente que define el mundo pinteresco, donde el silencio pesa tanto como la palabra.

Mireia Aixalà se hace dueña del escenario por la precisión de su interpretación. En el papel de Deborah, transita con una naturalidad apabullante entre la conciencia y el olvido, entre la fragilidad de quien despierta en un mundo que ya no es el suyo y la lucidez que emerge, en momentos puntuales, de su nueva realidad. Aixalà nos obliga a mirar de frente una realidad que hoy nos resulta ajena —la de una enfermedad ya erradicada—, pero que en su cuerpo y su voz se vuelve tangible y cercana.

Martínez domina el ritmo del diálogo con una sobriedad impecable, pero es en su escucha —profunda, atenta, casi coreográfica— donde despliega toda su potencia interpretativa. Como el personaje que más interactúa desde el silencio con la protagonista, su presencia se convierte en un espejo emocional que amplifica cada matiz, cada pausa.

Oset, a pesar de contar con un rol más breve en la parte textual del montaje, deja una huella profunda gracias a una interpretación sumamente conmovedora. La carga afectiva del personaje se manifiesta de forma brillante en Oset incluso en el silencio, sin necesidad de expresión verbal. A todo ello, se suma su aportación musical, ejecutada con maestría, en la que interpreta sus propias composiciones originales creadas especialmente para el montaje, y que sumadas a la arquitectura sonora construida por Damien Bazin, complementan el pulso sentimental de cada escena.

Desde el cuerpo y la poética coreografía que ha construido, Corchero encarna a un alma que nos invita a habitar un espacio incierto, que bien podría ser la estrecha habitación mental donde Deborah ha pasado todos sus años de letargo. Su danza no acompaña la escena, la habita desde dentro, como si fuera la manifestación física de una conciencia suspendida, atrapada entre el sueño y la vigilia, entre la vida y una muerte que nunca llega del todo. Corchero diseña una secuencia de movimiento que parece surgir del subconsciente de la protagonista, como si el cuerpo recordara lo que la voz aún no puede nombrar.

En este montaje, cada detalle ha sido cuidadosamente pensado. La escenógrafa Sílvia Delagneau —una de las creadoras más destacadas del panorama actual— ha diseñado un espacio escénico con pocos elementos, pero muy significativos. El mobiliario es mínimo y las paredes de espejo multiplican la imagen, devolviéndonos esa sensación de dualidad que vivían quienes padecieron esta enfermedad: ¿estaban despiertos o dormidos? ¿Presentes o ausentes? Entre los pocos objetos presentes en escena, el que adquiere mayor relevancia es el jarrón de flores, el que Deborah sostenía en el instante en que su vida quedó suspendida. Ese recurso visual se convierte aquí en un símbolo silencioso de todo lo que quedó en pausa. El vestuario, a cargo de María Armengol, también está resuelto con acierto. Nos sitúa con precisión en el año 1968, sin concesiones a la contemporaneidad, respetando así la voluntad del director de mantener la obra anclada en su contexto histórico original.

Ivan Benet ha rendido un tributo delicado y profundamente respetuoso a Harold Pinter. Se mantiene fiel al texto original, pero imprime una huella propia que eleva el montaje y lo transforma en una odisea escénica donde conviven misterio, silencios y emoción. Con esta propuesta, que se suma a sus trabajos anteriores, Benet confirma que un gran actor puede ser también un director de escena excepcional. Este ejercicio, realizado desde su mirada, revela una sensibilidad y una inteligencia teatral como se ven pocos en la actualidad. Como él mismo ha señalado, con esta obra contrarresta los procesos que no llevan a ningún sitio y el absolutismo de la realidad, con la potencia transformadora del teatro, la danza y la música.

Crítica realizada por Diana Limones

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