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12.05.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Un Monstruo viene a verme – Crítica 2026

El pasado jueves, Un monstruo viene a verme, la adaptación de LaJoven de la novela de Patrick Ness, llegó al Teatro Arriaga Antzokia. Bajo la dirección de José Luis Arellano García y con la traducción de David R. Peralto, la función aterrizó en Bilbao convertida en una experiencia física, emocional y profundamente sensorial.

Una incomodidad tranquila, espesa, casi inevitable, fue inundando el patio de butacas durante los noventa minutos en los que el monstruo ocupó el escenario. La energía del público era serena, casi inescrutable. Pocos comentarios. Pocas opiniones cruzadas. Un síntoma bastante claro de que muchos seguían todavía intentando transitar e integrar esa emoción difícil de nombrar que forma parte del ADN de LaJoven desde su nacimiento en 2010: acercar textos complejos, políticos o emocionalmente densos a nuevas generaciones desde un lenguaje escénico contemporáneo, físico y profundamente visual.

Esta es la historia de Conor. Un faro diminuto intentando mantenerse en pie mientras las mareas golpean, una a una, las estructuras que todavía sostienen su mundo. La enfermedad terminal de su madre, la ausencia emocional de un padre lejano y la violencia silenciosa del acoso escolar terminan agrietando esa calma frágil desde la que intenta sobrevivir. Y entonces, a las 12:07, aparece el monstruo. No como una criatura fantástica, sino como la forma salvaje que adopta todo aquello que Conor todavía no puede nombrar.

Interpretado por un solvente Raúl Martín, Conor se mueve constantemente entre el derrumbe y la resistencia frente al monstruo encarnado por Eduardo Aguirre de Cárcer, cuya presencia brutal y serena termina convirtiéndose en el gran centro emocional de la función.

El elenco formado por Antonia Paso, Cristina Bertol, Roger Berruezo, Fernando Sainz de la Maza, Nadal Bin, Leyre Morlán y Aitana Quiñoy construye un dispositivo escénico coral donde los intérpretes nunca abandonan del todo el espacio emocional de la obra.

Las transiciones ágiles, el impecable trabajo físico del elenco y la música original y pulsante de Alberto Granados Reguilón convierten la función en una maquinaria absorbente y casi hipnótica.

Y justo ahí, en medio de ese valle de sombras, la luz adquiere un papel que bien merecería el rango de protagonista. La iluminación de Juan Gómez-Cornejo y Jesús Díaz Cortés atraviesa las hojas del totémico árbol escénico diseñado por José Luis Raymond y Laura Ordás, una escenografía que oscila constantemente entre lo abstracto y lo concreto. La luz no solo acompaña la escena, sino que moldea emocionalmente cada grieta del relato, convirtiéndose por momentos en el único lugar seguro dentro del viaje de Conor.

La colaboración con la Asociación Española Contra el Cáncer se integra de forma natural dentro de la función. LaJoven no convierte la enfermedad en un recurso dramático fácil, sino en una realidad cercana sobre la que sigue costando hablar, especialmente cuando atraviesa a gente joven.

Porque Un monstruo viene a verme no habla solo del duelo. Habla del miedo a sentirlo todo al mismo tiempo. De la culpa, sí, pero también de la empatía, del cuidado y de la necesidad de acompañarnos incluso cuando no sabemos muy bien cómo hacerlo.

12:07. La hora a la que aparece el monstruo. La hora exacta para llegar a tiempo a una función a la que ya le quedan muy pocas noches respirando sobre el escenario. Que no se les pase la hora.

Crítica realizada por Mario Flyn

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