
La familia Pla Solina (Diana, Oriol, Quimet y Núria) vuelven al Teatro de la Abadía de Madrid con Travy, un espectáculo que por su combinación de tradición e innovación les valió en 2018 el premio de la crítica a mejor espectáculo de pequeño formato y el Godot 2025 de mejor autoría teatral.
La propuesta escénica de Travy, presentada en Teatro de La Abadía, se articula como un viaje a través de la memoria familiar y la tradición teatral, un homenaje que oscila entre lo íntimo y lo universal. Según la sinopsis difundida, la obra plantea una reflexión sobre la tensión entre lo popular y la vanguardia escénica, explorando qué significa hoy hacer teatro desde la herencia recibida. En escena, una saga de cómicos -los Pla Solina, medalla al mérito en las bellas artes el año pasado- se interroga sobre el presente del oficio, con una mirada que combina afecto, ironía y una cierta melancolía.
Lo que emerge sobre las tablas es, sin embargo, mucho más que un discurso. Es una lección de teatralidad entendida como exceso consciente. Hay en Travy un derroche deliberado de recursos expresivos que abraza el clown, el absurdo y una fisicidad desbordante. Una hiperactividad escénica concebida como un lenguaje que articula gesto, narración y metateatro en un flujo constante. Los intérpretes saltan de un registro a otro con una naturalidad con resultado de hipérbole controlada, un caos organizado que encuentra sentido en su acumulación, en su voluntad de mostrarlo todo. El artificio, el juego, la convención.
En este engranaje destaca especialmente la compenetración del elenco. La familia Pla Solina aporta a la escena una complicidad difícil de impostar. Son intérpretes, sí, pero también herederos de un oficio que conocen desde dentro, como actores, cómicos y artesanos de la escena. Esa doble condición se percibe en cada gesto, representan y habitan lo que construyen. Hay verdad en su entrega, una sensación de que lo que ocurre sobre el escenario no es únicamente ejecución, sino experiencia compartida. Y esa autenticidad se traslada con claridad al espectador, que recibe no solo una historia, sino una forma de entender y vivir el teatro.
El público entra en ese juego desde el primer momento. La propuesta escénica (texto de Pau Matas Nogué y Oriol Pla, y dirección de este) lo guía con inteligencia, rompiendo la distancia convencional al invitarlo a atravesar la tramoya antes incluso de ocupar su butaca. Este gesto inicial prepara al espectador para una experiencia en la que el artificio es visible y, precisamente por ello, más estimulante. El trabajo técnico acompaña con precisión este planteamiento, la escenografía (Silvia Delagneau), la iluminación (Lluis Martí), el movimiento escénico (Laia Duran) y el diseño sonoro (Pau Matas Nogue) funcionan como capas que amplifican el dinamismo de la acción. Todo parece sencillo en apariencia, pero responde a una arquitectura compleja que sostiene el ritmo vertiginoso de la función.
Travy se erige como una celebración del teatro en su estado más puro. No hay artificios superfluos ni voluntad de epatar desde lo vacío, sino una reivindicación de las artes escénicas en su esencia más genuina. Demuestra que es posible innovar revisitando los códigos tradicionales para darles una nueva vida. La familia Pla Solina firma un trabajo que no solo emociona y divierte, sino que también invita a pensar el teatro desde dentro. Aplausos merecidos para una propuesta que confirma que el oficio, cuando es auténtico, sigue siendo inagotable.
Crítica realizada por Lucas Ferreira




