
Entre las celebraciones del 50.º aniversario del Teatre Lliure de Barcelona encontramos en su sala de Gracia un acercamiento a uno de sus títulos icónicos de los años 70: el musical/opereta La Bella Helena. Pero en manos de Miquel Mas Fiol y sus francotiradores «millennial», Tot fent ‘La Bella Helena’ es mucho más que un work in progress.
Un grupo de jóvenes (pero ya no tanto) actores lleva semanas acampado en el Teatre Lliure del barrio de Gracia, en Barcelona, para imbuirse del espíritu cooperativo fundacional de la institución y crear una nueva versión, libre y respetuosa (?) que homenajee la versión de 1979 de la opereta de Jacques Offenbach, Henri Meilhac y Ludovic Halévy (vía adaptación de Peter Hacks), La Belle Hélène (La Bella Helena). Con titanes de la interpretación como referentes, Juanjo Puigcorbé, Anna Lizarán, Lluís Homar, ¿es la sombra demasiado grande para admitir copia? ¿Son los referentes demasiado intocables? ¿Cómo homenajeas lo que solo has vivido como mito?
La compañía comienza pues demostrándonos su entusiasmo, su apoyo al buen teatro clásico y su predisposición a llevar a cabo este homenaje desde el cariño y el respeto… pero los problemas no tardan en llegar. Quien haya visto la Trilogía Millennial de Miquel Mas Fiol (Càndid o l’optimisme, Les penes del jove Werther, Els miserables) ya sabe exactamente qué es lo que va a ocurrir: la vida. La vida que se inmiscuye en el teatro, con sus miserias, sus necesidades, sus dudas, sus choques. La obra se interrumpe, a veces parece perderse, transformarse en algo totalmente distinto, y sin embargo, incluso en los momentos en que no intenta desesperadamente volver a su cauce, hay algo en lo que ocurre en la disrupción «entre bambalinas» que sigue el hilo de la obra, no el narrativo, sino el temático. El choque entre lo reaccionario y lo revolucionario, entre la creación y el ahogamiento de la chispa, la negación a sacrificar a la familia pese a lo que exigen «los dioses»… Lo metateatral destila la obra, y el concepto mismo de homenaje y de qué significa el Teatre Lliure y el teatro libre.
Y a diferencia de en aquella trilogía, aquí el elenco más nutrido permite jugar con ciertas variaciones: sí, se mantienen Gerard Franch (su Lizarán… o mejor dicho, sus Lizaranes ponen los pelos de punta), Lluís Oliver y Mel Salvatierra como principales personajes y causantes de las tensiones de la obra, y en ese sentido no están demasiado alejados a sus referentes metaficcionales de la anterior trilogía. Por otro lado, Carme Milán como Venus intenta recuperar la obra cada vez que se les escapa de las manos, contra viento, marea y egos. Y Jordi Cornudella, Núria Vinyals y Sergi Boqué no solo traen la música a la obra sino que interpretan personajes y añaden leña al fuego de las tensiones artísticas. De hecho, las interacciones entre Milán y Boqué son la tirita que reconcilia más con el hecho teatral, la pomada tras la catarsis.
A nivel musical la obra cumple, aunque las canciones que se ponen en escena no sean todas (debido a las interrupciones constantes hay personajes que ni aparecen), y toda la compañía en general tiene un buen nivel musical, siendo las dos mejores voces las de Franch y Milan (no pasa nada, la función original del Lliure no tenía cantantes profesionales). Las coreografías son más que solventes, y el momento can-can evoca la locura que fue en su momento Offenbach en París.
Hace falta mucho trabajo para parecer barato: la escenografía e iluminación de Mireia Sintes, el vestuario de Júlia López, las caracterizaciones de Toni Santos y los videos de Marc Algora (tanto en pasado como en presente reciente)… Todo está orientado a que esta parezca una función artesanal que homenajea a un gran clásico, con elecciones magníficas tanto en lo que preserva (Venus) como en lo que reinventa. El espacio sonoro de Pablo Ruz consigue en varios momentos resituarnos emocionalmente.
Pese al vitriolo que se vierte en escena, hay una sensación de amor por lo que se hace que quizás era menos evidente en las «rajadas» de la trilogía Millennial (y aquí recibe palos todo el mundo, particularmente Lluís Pasqual), con un entreacto de teatro de objetos delicioso. Y, oye, oír eso en el Lliure de Gràcia no deja de de ser liberador… Quien viera en su momento aquella trilogía, sin embargo, es posible que empiece a notar cierta repetición en los patrones que Mas Fiol pone en boca de Mel Salvatierra, que funcionan pero empiezan a estar manidos para quien la ha seguido, y la muestra es que cada vez que le da material nuevo, puntos de vist frescos, sigue despegando y volando alto.
Tot fent ‘La Bella Helena’ no es La Bella Helena. Ni mucho menos La Bella Helena del 79. Pero se le parece. Y nos recuerda por el camino lo milagroso que es poner una obra de teatro en pie, que tanta gente con tantas percepciones y vidas distintas pueda acordar lo suficiente para remar en una dirección, y cómo hemos cambiado… pero no tanto.
Crítica realizada por Marcos Muñoz




