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30.09.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Tendrament – Crítica 2026

Tendrament, el espectáculo de autoficción, obra de Judit Colomer y Pau Vinyals, llega al Teatre Akadèmia de Barcelona para poner sobre la mesa la dificultad y el compromiso de amarse, y dejarnos preguntas incómodas sobre los vínculos que habitamos.

Pau y Judit son los intérpretes, dramaturgos y directores de este espectáculo. Una obra de autoficción que habla de su historia, pero que bien podría ser la nuestra. La premisa de la obra nos sitúa en un momento vital en el que el cansancio de vivir ahogados por aquello que se espera de ellos les ha llevado a un punto de no retorno. Sus deseos más ocultos y sus necesidades más auténticas y profundas les generan una incomodidad que ya no pueden seguir escondiendo, y deciden ponerla sobre la mesa y compartirla con todo el público asistente.

Tendrament se construye a partir de una experiencia propia, pero no es ni pretende ser un simposio sobre la vida en pareja; lo que nos propone es algo más complejo.

Con un escenario vacío que se va llenando y que convierten en su casa, nos invitan a reflexionar sobre cuáles son los espacios que habitamos, cómo son esos espacios y cómo se modifican con nosotros. La mutación, el cambio constante, la búsqueda de saber quiénes somos para saber qué espacio transitamos. Personificados en una mesa y una silla, dos elementos que se nos presentan en nuestro imaginario como inseparables, se preguntarán qué lugar ocupa cada uno y qué lugar ceden al otro, quién construye el contexto y quién lo llena. Nos pondrán ante un espejo del que no podremos escapar, para preguntarnos qué terreno nos tomamos en nuestros vínculos cotidianos.

El escenario, poco a poco, se va llenando también de recuerdos, de vida, de experiencias vividas que evocan otros tiempos, no necesariamente mejores. Pero el conflicto no será revivir esos recuerdos; el conflicto será saber admitir que los recuerdos también dependen del punto de vista de quien los rememora, que la alegría que puede vivir uno puede reflejarse en un profundo dolor sobre el otro.

Y en el centro de toda esta deriva emocional, de preguntas incómodas, de propuestas, de búsqueda incesante y de cuestionamientos profundos, siempre encontramos a los dos: Pau y Judit. Sin más ayuda que sus interpretaciones, se enfrentan desnudos a esta obra mayúscula.

Pau Vinyals es actor, polivalente, camaleónico, muy físico, a ratos clownesco y siempre desbordante. Ocupa el espacio como quiere, se lo hace suyo y convierte al público en cómplice de cada una de sus propuestas, con una energía que penetra y seduce.

Judit Colomer es escenógrafa y, aunque intentemos obviar que es la primera vez que sube al escenario como intérprete, es inevitable que eso sorprenda. Tiene la ternura en los ojos y en los gestos. Su forma de mirar, de sonreír, de hablar… toda ella desprende una calma y una paz que abrazan toda la escena. La rabia contenida, y también la desatada, la transita en todo momento con una madurez abrumadora.

Gracias al trabajo de ayudantía de dirección de Guillem Sánchez Garcia y al asesoramiento de movimiento de Natalia Fernández, firman una pieza absolutamente magnética y desbordante, que encuentra en el escenario del Teatre Akadèmia un entorno idóneo para el despliegue de toda la propuesta escénica.

La iluminación, obra de Mireia Sintes, crea la atmósfera perfecta de este relato. Con efectos que nos ayudan a personificar a los personajes con los elementos de la escena, el acompañamiento de los silencios y los momentos de clímax, y un efecto onírico final que inevitablemente arranca una sonrisa al espectador y lo deja rendido ante la belleza de la creación lumínica de la escena.

Por su parte, resulta extremadamente simbólico y poético que la propia Judit Colomer sea la creadora de la escenografía. Ella crea, literalmente, el espacio que los dos ocupan. Un espacio minimalista y cuidado al detalle, que está vivo y se modifica con el espectáculo: empieza vacío y se va llenando con elementos significativos de los recuerdos que nos narra la historia y con otros que están siempre presentes. Una escenografía que hace un viaje cíclico, que cumple su misión y vuelve al punto de partida, para volver a empezar.

Tendrament no aparece en ningún momento de la obra y, al mismo tiempo, lo impregna todo. Una ternura radical que reside en nombrar y acompañar todas nuestras incomodidades y contradicciones. No es un concepto de algodón de azúcar, es un ejercicio incómodo, y será el espectador quien tendrá que hacer su propia definición de la ternura al final de la función.

Crítica realizada por José Carlos Muñoz Lasala

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