
En La ventana indiscreta, James Stewart observaba la vida de sus vecinos desde su apartamento. Esa pulsión por asomarse a la intimidad ajena es también el punto de partida de Taxidermia de una alondra, creación de Iván López-Ortega codirigida junto a Sergio Iglesias, que puede verse en el Teatro del Barrio de Madrid.
La obra, que ha sido nominada en las categorías de Mejor espectáculo revelación y Mejor autoría revelación de los Premios Max 2026, convierte el morbo en materia dramática para preguntarse qué dice de nosotros nuestra fascinación por lo ajeno, en múltiples formas. Para ello, arranca con el relato de una historia fascinante, casi inverosímil, construida a partir de un acontecimiento trágico cargado de dolor, extrañeza y superación. Un cóctel perfecto para el cringe-watching. López-Ortega, que también forma parte del elenco junto con Macarena Sanz, utiliza esa primera narración como un anzuelo perfecto. Cuando el público ya ha mordido, la función cambia de dirección. Los actores rompen la cuarta pared y comienzan a diseccionar aquello que acaba de ocurrir: el morbo.
¿Qué significa exactamente esa palabra? ¿Por qué nos atrae el drama, la tensión o la tragedia? ¿Qué dice eso de nosotros mismos? Como le acabó ocurriendo al personaje de Hitchcock, en este punto de la obra el espectador se descubre atrapado en una posición incómoda: la del observador siendo observado. Y ahí reside uno de los grandes aciertos de la propuesta. Al señalar constantemente al público, la obra pone el foco precisamente sobre quien normalmente permanece oculto. Sobre el voyeur. Sobre quien mira sin ser visto.
Lejos de adoptar un tono solemne o moralizante, Taxidermia de una alondra convierte estas preguntas en el motor de una comedia brillante. López-Ortega juega constantemente con la complicidad de la sala, alternando reflexión y humor con una agilidad admirable. La obra nunca juzga al espectador por su fascinación ante la tragedia; prefiere invitarlo a reconocerla y reírse de ella.
Para ello se apoya en la puesta en escena que, aunque sencilla, sabe aprovechar cada uno de sus recursos. El espacio escénico se transforma constantemente gracias a un incesante desfile de objetos de atrezzo que entran y salen de escena, generando decenas de lugares imaginarios sin necesidad de grandes artificios.
Sobre el escenario, Macarena Sanz e Iván López-Ortega construyen una pareja escénica de enorme frescura. Ambos manejan con precisión el ritmo cómico de la función y sostienen una gran complicidad que resulta hilarante. Su capacidad para alternar la interpretación de personajes, la narración directa y la conversación con el público dota al espectáculo de una ligereza muy difícil de conseguir. Gran parte del encanto de la obra reside precisamente en esa sensación de estar asistiendo a un juego compartido entre escenario y platea.
En conjunto, Taxidermia de una alondra es una comedia tan inteligente como divertida, capaz de convertir una reflexión sobre el morbo y la fascinación por la tragedia en una experiencia teatral ligera, cercana y profundamente entretenida. Su original estructura, el ingenioso juego que establece con el público y la complicidad de sus intérpretes convierten la función en una propuesta tan estimulante como accesible.
Crítica realizada por Judith Pulido




