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15.06.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Tarzán, El Musical – Crítica 2026

Tarzán, El Musical ha podido verse estos días en el Teatre Apolo de Barcelona. La popular historia creada por Edgar Rice Burroughs llega a la ciudad convertida en un espectáculo familiar que combina aventura, música y acción escénica para acercar el clásico de la selva a nuevas generaciones de espectadores.

La producción de Theatre Properties, escrita y dirigida por Sílvia Villaú, apuesta por una fórmula reconocible dentro del teatro familiar: ritmo constante, personajes fácilmente identificables, números musicales y una puesta en escena que busca mantener la atención del público durante toda la función. Un planteamiento que funciona especialmente bien entre los espectadores más jóvenes, principales destinatarios de la propuesta.

La historia sigue los elementos esenciales del mito de Tarzán, construyendo un relato sobre la identidad, la familia, la amistad y el respeto por la naturaleza. Sin grandes giros ni reinterpretaciones del material original, la función encuentra su fuerza precisamente en la sencillez con la que aborda estos temas, permitiendo que la aventura avance con claridad y sin complicaciones innecesarias.

La dirección de Sílvia Villaú mantiene la narración en movimiento prácticamente durante toda la representación. Las escenas se suceden con agilidad, alternando momentos de acción, humor y música para evitar que el ritmo decaiga. Aunque algunos pasajes narrativos resultan previsibles, especialmente para el público adulto, la función encuentra suficientes recursos para mantener el interés general y sostener el tono aventurero que persigue desde el inicio.

En escena, Giampaolo Picucci asume el reto de dar vida a Tarzán desde una vertiente eminentemente física. Su trabajo resulta especialmente convincente en las secuencias de acción y movimiento, donde transmite la energía salvaje y la curiosidad permanente del personaje. A su lado, Mireia Coma construye una Jane cercana, espontánea y llena de vitalidad, aportando naturalidad a una historia que necesita constantemente puntos de conexión emocional con el público.

Carlos Salgado encuentra en el villano de la función un personaje que aprovecha con inteligencia, componiendo un antagonista reconocible, enérgico y con la dosis justa de amenaza que requiere una producción familiar de estas características. Su presencia escénica aporta tensión a la aventura y genera un eficaz contrapunto frente al espíritu más ingenuo y luminoso de los protagonistas.

Completan el reparto Lorena Fidalgo, Nando González, Noemí Arribas y Mimi Muelas, que afrontan con solvencia una propuesta que requiere una gran implicación física y una constante interacción con el resto de compañeros. Más allá de los personajes individuales, uno de los aciertos del montaje reside en la cohesión del elenco, capaz de funcionar como un único engranaje para mantener viva la aventura y hacer que la selva cobre vida sobre el escenario. Especialmente destacable resulta el trabajo físico del reparto y de los acróbatas, responsables de algunos de los momentos más dinámicos y visualmente atractivos de la función.

La música original de José Enrique de la Vega acompaña correctamente la narración y cumple su función dentro de la estructura del espectáculo, aunque no todos los números consiguen la misma capacidad de permanencia una vez finalizada la función. La dirección vocal de Carlos J. Benito mantiene la solidez interpretativa del reparto, mientras que las coreografías de José Félix Romero aportan dinamismo y ayudan a mantener el ritmo de una propuesta que encuentra en el movimiento una de sus principales fortalezas.

En el apartado técnico, la producción apuesta por una estética vistosa que recrea el universo selvático con recursos efectivos. La escenografía y la iluminación de Tomás Padilla aportan profundidad visual al escenario, mientras que el vestuario de Erika Herrera y la caracterización de Jose Sedano contribuyen a perfilar los distintos personajes. El diseño de sonido de Adolfo Sánchez Mesón y los audiovisuales de Gsus Villaú completan una propuesta visualmente atractiva que busca constantemente el impacto visual. Sin alcanzar el despliegue de las grandes producciones internacionales del género, el montaje encuentra soluciones escénicas imaginativas que permiten que la aventura avance con fluidez. Mención aparte merece la colaboración del Mago Yunke, cuyos efectos de ilusionismo aportan pequeños momentos de sorpresa que encajan bien dentro del carácter fantástico de la función.

Tarzán, El Musical encuentra su razón de ser en la capacidad de hacer que el público se deje llevar por la aventura. Sin grandes artificios narrativos ni lecturas especialmente complejas, la producción apuesta por la fantasía, el movimiento y el espectáculo visual como principales herramientas para conectar con el espectador. Una propuesta familiar que, con sus aciertos y sus limitaciones, mantiene vivo el espíritu aventurero del personaje y demuestra que algunas historias siguen funcionando cuando se cuentan con honestidad y ganas de entretener.

Crítica realizada por Norman Marsà

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