
El Teatre Romea se transforma en candil para iluminar el camino de Èdip hacia un horizonte en el que la dignidad del hombre está en primer término. Oriol Broggi plantea la propuesta a partir de la posesión e inspiración de sus propios referentes. No tanto a partir del tributo ni de la ofrenda sino del usufructo del impacto provocado por estos últimos.

Vamos de tragedia en tragedia últimamente. Me refiero a tragedias teatrales, aunque de las de la vida real, por desgracia, tampoco faltan. En esta ocasión le toca subir a las tablas del Teatre Romea al Èdip de Sófocles, con la versión de Jeroni Rubió Rodon y la dramaturgia que han escrito Marc Artigau y Oriol Broggi.

Que August Strindberg fue predecesor del teatro del absurdo o el de la crueldad es algo más que consensuado. Dansa de mort es una obra muy particular y quizá de las más autobiográficas de su trayectoria. La versión que nos presenta la Sala Muntaner nos sitúa inmediatamente después de la transición española y tras la firma de la Constitución.

Eugène Ionesco regresa a nuestra cartelera y encuentra un cálido hogar en el Teatre Akadèmia. Dirigido por Glòria Balañà i Altimira, nos encontramos ante un pequeño gran montaje que, en manos de una pareja protagonista en estado de gracia, consigue reflejar toda la inmensidad tanto del autor como del género al completo.

Algo muy importante está sucediendo en el Lliure de Gràcia. Cuando faltan pocos meses para que el teatro celebre sus cuarenta años de historia, Sergi Belbel toma el testigo de Josep Montanyès y recupera un título que ya se pudo ver en esta casa hace veinticinco años. Sílvia Bel y Míriam Alamany dan voz y entregan cuerpo y alma a las dos reinas protagonistas.




