
Culmino mi paso por esta edición de [abril imaginario] en El Umbral de Primavera de Madrid con un último triplete. Acompaño el cierre del ciclo con Sospechosos huidas de Jósbel Lobo, La inocencia de los lirios de Laura Iglesias y Un archipiélago colapsa de Lengua Volcán, tres propuestas que ponen el punto final a mi recorrido por este laboratorio escénico.
¿Es posible despojar al exilio de su carga elegíaca? Sospechosos huidas explora la condición de quienes parten sin la posibilidad de mirar atrás, habitando un «no lugar» como primer alfabeto de su existencia. La pieza propone la patria como un espacio incierto, un «entre» que define una ética del movimiento perpetuo. Lejos de la nostalgia que ancla al pasado, la propuesta apuesta por una huida que derrapa con determinación hacia la vida, transformando el desplazamiento del cuerpo en un acto de supervivencia y presente.
Bajo el sello de la compañía Ética Delincuente, la obra cuenta con la dirección de escena de Jósbel Lobo, quien también firma la autoría a partir de los testimonios del elenco, integrando monólogos de Andreina Crepsac. El equipo interpretativo está formado por Abel Bou, Andreina Crepsac (también responsable de la dirección musical y sonido), Ascen Caballero (ayudante de dirección), Jósbel Lobo, Laura Centellas, Uliana Tarnopolska y la participación de Emma Soler. En el apartado visual y técnico, destacan Paul Stein en el diseño de iluminación, Franklin Salgado en la asistencia plástica y vestuario, y una escenografía colectiva diseñada por Laura Centellas, Paul Stein y Jósbel Lobo. El diseño gráfico corre a cargo de Abel Bou y la fotografía es de Mauricio Mendivelso.
Lo que mas me sorprendió al acceder al espacio es el diseño y disposición de la escenografía y la propuesta plástica del proyecto: la creación de Centellas, Stein y Lobo es de una madurez epatante para un proyecto nacido en este ciclo. Es, muy posiblemente, el segundo diseño con más entidad y personalidad, junto al de Crónica de una siesta de Carlos Gorbe. Una vez hecha esta introducción sin mediar palabra, y ubicarme en un lugar de paso, un espacio liminal tan categórico como una estación de autobús, o quizás muchas a la vez, o el interior de un bus en marcha a ninguna parte. Una huida hacia adelante de una serie de personajes que se despersonalizan en este viaje para convertirse en fauna de intercambiador de transporte; personalidades, caras y comportamientos que pasan a ser solo uno, con el mismo cometido: fugitivos huyendo.
Sospechosos huidas cede todo el control a un reparto coral, que como le ocurre a sus protagonistas, no tienen muy claro hacia dónde van, y es lo que siento cuando ni siquiera terminan compartiendo una pertenencia a una colectividad o una leve intimidad surgida de la casualidad o del simple hecho de estar sentados uno junto a otrxs por un espacio de tiempo de indeterminado. Siento falta de concreción, de foco en el exilio/huida de cada una, de que esa sospecha común, esa desconfianza, en momentos mutua, ante alguien que se encuentra en pleno tránsito, no haga nacer entre ellxs la más mínima empatía o entendimiento, a pesar de las barreras lingüísticas, culturales, o de clase social (aunque esta sea solo una, la obrera).
Partiendo de la simbología del Lilium —flor asociada históricamente a la pureza y la feminidad—, La inocencia de los lirios propone una inmersión en la cotidianidad de la comunidad de Carmelitas Descalzas de Toro (Zamora). La pieza no busca ser una explicación antropológica, sino una puerta abierta a los gestos y silencios que sostienen una vida elegida al margen del mundo. A través de una experiencia escénica comunitaria donde los límites entre intérpretes y público se desdibujan, la obra nos confronta con preguntas fundamentales sobre el sentido de pertenencia, la identidad y la fragilidad: ¿qué nos une cuando buscamos trascendencia?, ¿qué permanece cuando lo sagrado es arrancado de su entorno natural?
El proyecto, liderado por La Retórica, cuenta con la dramaturgia y dirección de Laura Iglesias, quien también asume la producción ejecutiva y el diseño de vestuario. El elenco está compuesto por Antonella Pinto, Catalina Peláez Ros (también directora musical), Inés González, Lucía Moreno, Natalia Espejo y Zoe Almeida. El equipo técnico se completa con Ana Barceló en la ayudantía de dirección, Desirée Díaz y Laura Lafuente en producción, Eli Aráuz en escenografía, Gabriel Piñero en iluminación y Adrià Jornet en el diseño de sonido y música. La fotografía es un trabajo compartido entre Ian Loren y Laura Iglesias, con la asesoría de [los números imaginarios].
He ido buscando en La inocencia de los lirios lo que buscaba en Los Domingos, y no lo que he buscado en LUX (o pretenden que yo busque). Y para mi sorpresa me he encontrado con algo tan naif como las Flos Mariae, y más próximo a Rosalía que al interesante planteamiento de Alaúda Ruiz de Azúa, que me hiciese aproximarme aunque fuese por curiosidad etnográfica a la vida monacal de Carmelitas Descalzas de Toro.
Siento a las monjas más próximas a su estudio como etnológico, por su descripción de vida y sus experiencias, mas que con las condiciones en las que la desarrollan, ya que esto mismo es pura libertad individual. Su impacto en la sociedad, y si hacemos caso al bulo de derechas de que la juventud está mas cerca que nunca de enclaustrarse masivamente como si un convento o monasterio en Toro fuese un Coachella For Life; ha generado cierta curiosidad por las derechas reaccionarias, las tradwifes y el clean look, cuando lo que quizás no se quiere afrontar es que la cultura machista y el agresivo patriarcado están arrinconando a toda una serie de mujeres que lo que en realidad quieren no es ser sometidas, sino que el fife de turno no se les acerque ni por Tinder.
Quizás el punto de una vuelta al convento, una reclusión deseada y decidida es una búsqueda desesperada de sororidad y control de un espacio seguro en el que te rodees de tus compañeras y no tengas que hacer frente a la vida hiperproductiva, ultraexigente y turbocapitalista de las grandes ciudades y pronto, de cualquier ciudad con una unidad de recurso que vender al guiri extractivista. Quizás la experiencia de no pronunciar tu nombre anterior sea una forma de resetear, una forma de esconderte tras un avatar con velo, hábito, rosarios y crucifijos. Un alter ego vivo y tranquilo, que no tiene que pretender mas que ser, colaborar, y comer de forma frugal. ¿La vida contemplativa es la mejor vida? Pues quizás yo iba buscando esto en La inocencia de los lirios y encontré una serie de cuestiones interesantes pero mas tratadas en forma de juego y de las monjas son tus amigas. Mas panfletaria que LUX, y mas edulcorada que los deliciosos dulces de monjas.
Dos cuerpos se encuentran en un espacio suspendido para intentar reconstruir un reencuentro que el tiempo se niega a fijar. Un archipiélago colapsa explora la fragilidad de la memoria compartida: una casa, una isla, carretes de fotos sin revelar y libretas vacías de viajes pasados. La pieza navega en la tensión entre el recuerdo y el olvido, donde cada palabra funciona como una isla autónoma que, al chocar con la otra, provoca fisuras y derrumbes. Es un ejercicio sobre la erosión de la verdad y la invención del pasado.
Gestada por la formación Lengua Volcán, responsable también de la autoría y dramaturgia, la pieza está dirigida por Paul Stein. El espacio escénico lo habitan Carolina Ocaña y Xisco Gonzalez. El equipo creativo incluye a Mer Crespo como ayudante de dirección, Luis Ángel Pérez en la iluminación y Bel Gonyalons en la escenografía. El apartado sonoro y la música original son de Al Brenes, con Carol Bernal en la asesoría de vestuario. La imagen se apoya en la fotografía de Celia Nido y el trabajo de Teleclub Magua, con la asesoría de [los números imaginarios].
Luis Ángel Pérez en la iluminación y Bel Gonyalons en la escenografía de Un archipiélago colapsa forman un magnífico ente escénico, cuyas proyecciones sobre las telas, y la intuición de los cuerpos detrás de las mismas, aportan esas capas a la memoria del relato que se nos cuenta en escena. Algo deslavazado, con lagunas solo rellenadas por parcos arroyos de recuerdos lejanos; está presente la debilidad de la memoria, las transfiguraciones de los involucrados y las mentiras que nos creemos pero directamente porque no recordamos lo acontecido. Como al taparnos un ojo, nuestro cerebro completa la imagen con lo que asume de ella, los mismo ocurre con este primer beso, esa separación súbita, y un reencuentro que me surge la duda de si realmente fue tal.
El juego de Un archipiélago colapsa con las imágenes, las postales de Gran Canaria, la oferta a manifestar un momento del cual no dispongamos foto y que podamos llegar a reproducirlo aunque todo sea distinto y nada sea como (no) lo recordamos. El juego, decía, puede ser divertido, cuando el mecanismo se apoya más en que la propuesta sea 100% personal o 100% ficción en escena, pero la hibridación, justo en un momento crucial del trabajo en escena en el que creía estar comenzando a intuir una nostalgia y un asunto pendiente en escena; que uno sea arrancado de la intimidad formada y trabajada por lxs actores y unx pasa a darse una vuelta a la manzana del teatro haciendo teatrillos con nuestros recuerdos, para todo aquel con temor extremo a la participación en el teatro, esto es se puede sentir una traición, un secuestro del que puedas escapar libremente pero sientas fallar y que todo ese público al que no conces te vaya a señalar con un dedo invisible cuando por azar salga tu momento sin retratar.
Crítica realizada por Ismael Lomana




