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07.05.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Saúl y la noche – Crítica 2026

El Teatro del Barrio de Madrid presenta Saúl y la noche, obra escrita por Pepa Zaragoza y Beatriz Jaén, y dirigida por ésta, que se propone indagar en los porqués de la radicalización ideológica de los más jóvenes de nuestra sociedad.

Hay obras que nacen de una preocupación legítima y de una voluntad sincera de partir e intervenir en el presente. Saúl y la noche plantea el encuentro —o más bien el desencuentro— entre distintas generaciones a partir de la figura de un joven (Marc Romero) atraído por discursos reaccionarios y por formas de pensamiento cada vez más presentes entre nuestra juventud. Esta dramaturgia trata de explorar cómo se construyen esas derivas políticas y emocionales, qué fracturas las hacen posibles y qué distancia separa a hijos y padres (Pepa Zaragoza y Daniel Moreno) cuando, aparentemente, dejar de compartir un mismo vocabulario moral o político.

La obra acierta al señalar esa fractura generacional y el desconcierto de quienes pensaban que determinados consensos democráticos eran irreversibles. Ahí hay un conflicto real. También hay una pregunta pertinente: cómo una generación criada en la estabilidad democrática, en los beneficios patentes del estado del bienestar, termina sintiéndose ajena a ella.

Para profundizar en esa cuestión, el texto incorpora otro asunto de enorme peso simbólico y político: la memoria histórica y la memoria democrática. A través del personaje de la madre y de sus relatos sobre su abuelo, el también bisabuelo de Saúl, la obra retrocede hasta la Guerra Civil y sitúa parte de esa genealogía familiar en la localidad zaragozana de Pina de Ebro. La intención es clara, conectar los conflictos ideológicos del presente con las heridas del pasado y mostrar cómo la historia familiar condiciona, incluso de forma invisible, las posiciones políticas contemporáneas. La memoria aparece, así, como un espacio de transmisión, pero también como un territorio de disputa y desgaste. El problema es que esa dimensión, que podría haber otorgado profundidad y complejidad al conflicto central, acaba funcionando más como marco explicativo que como verdadera materia dramática.

Puede tratarse de ficción pura o de un ejercicio de autoficción por parte de Pepa Zaragoza, quien interpreta esta subnarración con total convicción y es coautora del texto junto a Beatriz Jaén, a su vez, directora del montaje. De hecho, algunos pasajes poseen una verdad emocional auténtica y transmiten la sensación de estar escuchando una experiencia vivida. Sin embargo, cuesta entender qué pretende trasladarnos realmente la obra más allá de la exposición de ese relato.

No termina de definirse qué reflexión quiere provocar ni qué lugar concede al público dentro de ese conflicto. Algo parecido sucede con la trama de Saúl. El punto de partida está bien planteado y el desenlace resulta sólido, pero falta un verdadero desarrollo del recorrido intermedio. A pesar del buen planteamiento escénico (escenografía de Pablo Menor Palomo e iluminación de Ion Aníbal), falta concreción en las situaciones, densidad en los personajes y desarrollo en las dinámicas que deberían explicar sus transformaciones o contradicciones.

Todo resulta demasiado esquemático en Saúl y la noche. La sensación final es la de haber asistido a una dramatización de ideas y conflictos, más que a la verdadera escenificación de una dramaturgia. Los temas que aborda son relevantes, actuales y merecen ser tratados sobre un escenario, pero eso, por sí solo, no basta para sostener una obra. Se echa en falta una elaboración dramática más compleja, menos dependiente del subrayado y más capaz de convertir el discurso en experiencia teatral.

Crítica realizada por Lucas Ferreira.

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