
Los Teatros del Canal en Madrid nos ofrecen una de las propuestas más interesantes del momento, Sacresize, una ideación de Alberto Velasco en la que la danza se contagia felizmente de la frescura de la performance y la intencionalidad de la reivindicación política y social en pro de la diversidad corporal y estética.
Alberto Velasco lleva años construyendo una trayectoria artística en la que el cuerpo no es solo una herramienta expresiva, sino también una declaración política. Desde piezas como La Inopia, Danzad Malditos o Mover montañas, Velasco ha convertido la escena en un espacio desde el que cuestionar los límites impuestos por los cánones capitalistas sobre nuestro físico y las convenciones de la danza. En Sacresize esa búsqueda alcanza una nueva dimensión. Un espectáculo que invita al disfrute visual y sensorial al tiempo que confronta al espectador con lo que suele ser excluido del imaginario escénico y negado en nuestro entorno social.
Desde el punto de vista técnico y artístico, este montaje está concebido con sumo acierto. La sala negra de los Teatros del Canal se convierte en el cubo perfecto para contener y amplificar la potencia de los cuerpos, la contundencia de las presencias escénicas y el impacto de la propuesta audiovisual. La videocreación de Afioco Gnecco dialoga en su primera parte con los intérpretes, mientras la iluminación de David Picazo modela el espacio con precisión y dota a la escena de una atmósfera casi ritual. También la selección musical desempeña un papel fundamental: la música original de Fernando Nequecaur y Pablo Díez Dolinski para la primera parte y, por supuesto, la monumental La consagración de la primavera de Igor Stravinsky para la segunda, aportan solemnidad, tensión y profundidad dramática.
El prólogo funciona como una declaración de intenciones. Desde el comienzo queda claro que la pieza habla de saber manejar, exponer, mostrar y vehicular el discurso a través del cuerpo. Todo pasa por él. Todo nace de él. El primer acto presenta esos cuerpos como presencias deliberadamente disonantes que ocupan el espacio con firmeza y vulnerabilidad a la vez. Sin embargo, el hipnótico ritmo de la edición audiovisual termina por imponerse sobre el trabajo físico, diluye parte de la fuerza que prometía.
El espectáculo alcanza toda su dimensión con La consagración de la primavera. Ahí emerge el verdadero acontecimiento visual, plástico y escénico. El movimiento colectivo, la coreografía y la complementariedad entre los intérpretes (Esperanza Guardado, Juanki Fernández, Carlota Ferrer, Jack Gómez, Fiona Orioli, Lucia Palacios, Vicki Schmidt y, también, Alberto Velasco) generan imágenes de enorme belleza. Velasco desata su creatividad y dialoga de tú a tú con la orquestación sinfónica de Stravinsky sin quedar atrapado en ella. Hay riesgo, hay originalidad y, sobre todo, una capacidad admirable para convertir la diferencia en potencia estética. El cierre, que regresa al punto de partida, al grito y a la queja convertidos en gesto escénico, recupera el impulso reivindicativo inicial y consigue conmover sin renunciar a la contundencia.
A caballo entre la danza y la performance, entre la estética y la política, Alberto Velasco cumple su propósito con un espectáculo diferente y original. Sacresize posee la singularidad de aquello que se siente único, pero también la cercanía de lo reconocible. Su valentía no reside únicamente en colocar sobre el escenario cuerpos habitualmente ausentes de estos espacios, sino en hacerlo desde una autenticidad que rara vez admite concesiones. Quizá ahí radique su mayor logro, en atreverse a salirse de la norma para recordarnos que la belleza, cuando es verdadera, siempre encuentra nuevas formas de manifestarse.
Crítica realizada por Lucas Ferreira.




