
El Teatro Real de Madrid se queda pequeño ante la inmensidad de la tragedia romántica mas conocida de la historia. La ópera Romèo et Juliette de Charles Gounod, con la dirección de Thomas Jolly, deja al espectador apabullado y boquiabierto. Un montaje que despierta elogios e iras a partes iguales.
La historia de Romeo y Julieta es universalmente conocida. Shakespeare escribió una tragedia perfecta, una tragedia que ha trascendido los siglos, una historia tan bien tejida de la que es imposible no caer rendido ante la genialidad de la misma. Un amor que es lucha de clases, amor que solo encuentra su redención en la muerte de los malogrados amantes de Verona. Los mimbres de la historia son los perfectos para una ópera memorable, y eso es lo que compuso Charles Gounod, una ópera que es una delicia al oído. Arias hechas para el lucimiento de los cantantes, momentos corales de empaque y una música elevada. Si bien los Montesco y los Capuleto son las familias enfrentadas que causan la tragedia, la ópera se centra en el amor desbordante de Romeo y Julieta. Les da a los dos protagonistas momentos excelsos de los que solo se puede salir con una ovación cerrada.
El montaje que presenta el Teatro Real es de esos que crean afición. La propuesta de Thomas Jolly es apabullante en todos sus aspectos. Impresiona esa Verona gótica, mas parecida a una Venecia decadente. Un enorme giratorio que se transformara en incontables estancias y lugares. Un baile de mascaras que bien podría ser parte de la nueva gira de Lady Gaga, unas impactantes coreografías de Josépha Madoki que quitan el aliento. Todo es excesivo y, o bien entras en la propuesta o el mareo del giratorio puede acabar con tu paciencia. Por suerte la mayor parte del público compra y goza de la propuesta, mientras que algún reducto la critica severamente. No es perfecta ni mucho menos, hay algún que otro momento que no está bien resuelto, véase la alcoba de Julieta, pero no quita el merito a un montaje que se queda grabado en la retina.
Apartándonos de la gran escenografía hay que destacar un elenco de cantantes que cumple con creces con la agradecida partitura de Gounod. Nadine Sierra, cada vez mas adorada por el público madrileño, se consagra aquí con un papel que le viene como anillo al dedo. No encuentro otra Julieta mas perfecta que ella. Tiene la inocencia de Julieta, el deseo desmedido, la valentía para desafiar al destino. Brillante en todas sus intervenciones, arrancando ovaciones que pedían un bis, no me sorprendería que en algunas de las representaciones que restan no le quedara más remedio que regalar un bis al público.
Romeo está encarnado por el reconocido y querido Javier Camarena. Poco se puede añadir al talento del tenor mexicano. Va sobre seguro y se crece a medida que la ópera avanza. Si bien es opacado por el buen hacer de Sierra, sus intervenciones se celebran y disfrutan.
Acompañan al dúo estelar un buen ramillete de cantantes de indudable calidad. Destacan Roberto Tagliviani como Fray Laurent, Héloïse Mas como Stephano, Laurent Naouri como Capulet. Destaco a estos, pero el reparto es amplio y todos están acertadísimos en sus intervenciones.
El Coro titular del Teatro Real se presenta con potencia y soltura. La orquesta dirigida por el maestro Carlo Rizzi se queda en un plano correcto, la excelsa música de Gounod ayuda en la resolución, si bien la dirección del maestro queda algo plana en el conjunto total.
Decididamente este montaje de Romèo et Juliette despierta pasiones y no deja indiferencia. Ovación y algún que otro tímido abucheo en los aplausos finales. Ópera muy popular y bien recibida. Apabullante espectáculo y sublimes interpretaciones. Una buena excusa para refugiarse del anticipado calor estival.
Crítica realizada por Moisés C. Alabau.




