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20.05.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Rodin – Crítica 2026

El pasado viernes, el Teatro Victoria de Barcelona acogió Rodin. La nueva propuesta de Sergio Bernal es una obra que transforma el escenario en un auténtico museo viviente. Inspirado en las esculturas más icónicas de Auguste Rodin, como El pensador, El beso o El torso, el espectáculo convierte el movimiento del cuerpo en arte puro.

Rodin no es únicamente un espectáculo de baile: es una experiencia completa donde se mezclan interpretación, música en directo, audiovisuales, voces en off y una escenografía muy cuidada. Desde el inicio, el montaje golpea directamente al espectador con imágenes poderosas y una sensibilidad artística que inunda toda la sala. Cada escena parece construida como una obra independiente, pero todas mantienen una misma línea estética y emocional. Lo que parecía imposible —dar vida escénica a esculturas inmóviles— acaba tomando forma a través de una propuesta intensa, emocional y profundamente visual.

La dirección artística Sergio Bernal y la codirección de Ricardo Cue demuestran, una vez más, su capacidad para convertir la danza en un lenguaje que va mucho más allá de lo físico. A ello se suma la regiduría de Elena Sanz, fundamental para que cada transición y cada elemento escénico fluyan con precisión durante toda la representación.

Uno de los grandes aciertos de la obra es cómo Bernal consigue que el público entienda el universo de Rodin sin necesidad de explicaciones evidentes. Las voces en off, profundas y reflexivas, funcionan como una guía poética que acompaña la experiencia. Esa voz grave y casi filosófica aporta una sensación de contemplación constante, como si estuviéramos entrando en la mente del escultor y observando cómo nacen sus creaciones.

En escena, Sergio Bernal demuestra por qué es uno de los grandes referentes actuales de la danza española y contemporánea. Su presencia escénica es magnética. Cada movimiento está medido con precisión y fuerza, pero también con muchísima sensibilidad. Bernal no solo baila; interpreta, siente y transforma su cuerpo hasta convertirse literalmente en una escultura viva. Además, el trabajo corporal es impresionante. La obra exige una enorme fuerza física y mental, y Bernal se entrega completamente a ello.

El vestuario diseñado por Cristina Catoya y Sergio Bernal juega un papel muy importante en esta construcción visual: telas ligeras y estratégicamente colocadas envuelven el cuerpo sin ocultarlo del todo, generando constantemente la sensación de desnudo artístico. Nunca resulta explícito, pero sí profundamente estético y simbólico. La musculatura, las posturas y las sombras crean imágenes que recuerdan directamente al mármol tallado de las esculturas de Rodin.

La parte técnica merece también un reconocimiento especial de Victor Tomé. La música en directo se convierte en el alma del espectáculo. Violines, guitarra, clarinete y cello marcan el ritmo emocional de cada escena y acompañan el viaje visual de manera impecable. La lentitud de algunos movimientos, combinada con melodías intensas y delicadas, consigue que el espectador quede completamente hipnotizado.

La iluminación de Alvaro Estrada juega otro papel fundamental. Con colores vibrantes, focos precisos y una intensidad muy bien controlada, el diseño lumínico crea atmósferas distintas para cada escultura y cada emoción. La luz funciona casi como un puente entre Bernal y el público, guiándonos por este universo artístico y haciendo que cada escena tenga todavía más fuerza visual. Los fondos audiovisuales de Victor Tomé y las pantallas terminan de completar una propuesta elegante, contemporánea y muy inmersiva.

Rodin habla de arte, de belleza, de eternidad y también de vulnerabilidad. Sergio Bernal recoge el legado de Rodin y lo transforma en algo vivo, humano y profundamente emocional. Sabes que entras a ver una obra de Bernal esperando excelencia, pero aun así consigue sorprenderte constantemente. Hay algo eléctrico en su manera de habitar el escenario, como un relámpago que ilumina un teatro entero.

Dar vida a esculturas tan emblemáticas no era una tarea sencilla, pero Bernal logra hacerlo con una naturalidad admirable. La obra se convierte en un homenaje al arte en todas sus formas: la música clásica, la danza contemporánea, el ballet y la interpretación conviven en perfecta armonía. Salí del teatro con la sensación de haber visto algo distinto, elegante y muy difícil de olvidar. Rodin no solo se contempla; se siente.

Crítica realizada por Yadi Agurto

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