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13.07.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Ricard de 3r – Crítica 2026

Ricard de 3r puede verse estos días en la Sala Beckett de Barcelona. Escrita por Gerard Guix y dirigida por Montse Rodríguez i Clusella, la propuesta imagina la adolescencia del célebre Ricard III de William Shakespeare para construir una reflexión tan incómoda como fascinante sobre el origen de la violencia y la fragilidad con la que se construye una identidad.

Ricard es un adolescente solitario que encuentra en el personaje de Shakespeare un espejo donde proyectar sus frustraciones. A partir de esa premisa, la obra explora cómo determinadas heridas, el aislamiento y la necesidad de pertenencia pueden alterar la manera de mirar el mundo. No pretende justificar a su protagonista ni ofrecer respuestas cerradas; invita al espectador a observar, casi sin darse cuenta, el nacimiento de una personalidad cada vez más oscura.

Uno de los grandes aciertos de Gerard Guix es huir de cualquier explicación simplista. La dramaturgia no señala culpables ni busca convertir a Ricard en un monstruo desde el primer momento. Al contrario, lo presenta como un joven reconocible, lleno de inseguridades y contradicciones, permitiendo que sea el propio público quien complete los espacios que el texto deja abiertos. Esa confianza en el espectador convierte la experiencia en algo mucho más inquietante que cualquier discurso explícito.

La palabra tiene menos peso del que cabría esperar. Buena parte del relato se construye a través de silencios, miradas y pequeños gestos que revelan el estado emocional del protagonista con más fuerza que cualquier diálogo. Es un teatro que exige atención constante y que encuentra en la contención una de sus mayores virtudes. Cada escena añade una nueva pieza al puzle sin necesidad de subrayar lo evidente.

Esa misma contención define el trabajo de Montse Rodríguez i Clusella, que firma una dirección de enorme precisión. El ritmo está cuidadosamente medido y la tensión nunca desaparece, incluso en los momentos de mayor quietud. En una propuesta donde el lenguaje visual adquiere tanta importancia, habría sido fácil caer en el efectismo. Rodríguez opta por el camino contrario: deja respirar la historia y permite que sea el propio espectador quien descubra, paso a paso, cómo se va resquebrajando el universo interior de Ricard.

La evolución del personaje se desarrolla con una naturalidad desarmante. No hay giros bruscos ni grandes explosiones dramáticas. Todo parece avanzar mediante pequeñas grietas que apenas llaman la atención hasta que resulta imposible ignorarlas. Esa progresión, construida con enorme paciencia, mantiene la sensación de inquietud durante toda la representación y hace que el desenlace resulte tan inevitable como impactante.

El apartado escénico acompaña ese recorrido con una sobriedad muy inteligente. Escenografía, espacio sonoro e iluminación trabajan siempre al servicio de la dramaturgia, creando un universo que oscila constantemente entre lo cotidiano y lo inquietante sin imponerse nunca sobre la acción. Cada elemento encuentra su lugar para reforzar el aislamiento del protagonista y trasladar al público a un espacio que parece existir tanto en la realidad como en su propia mente.

Entre todas las decisiones estéticas destaca la utilización de la luz negra en uno de los momentos clave de la representación. Su aparición rompe de golpe la percepción del espacio y provoca un auténtico vuelco emocional. Más que un recurso visual, se convierte en una imagen profundamente dramática que permanece en la memoria mucho después de abandonar la sala.

Más allá de la historia que cuenta, Ricard de 3r demuestra que el teatro puede construir tensión sin recurrir al exceso. La combinación entre dramaturgia, dirección y lenguaje escénico atrapa al espectador desde el primer momento y lo sitúa frente a una pregunta incómoda: ¿en qué momento deja una persona de luchar contra sus heridas para empezar a parecerse a ellas?

Si el montaje consigue sostener esa tensión de principio a fin es, en gran parte, gracias al extraordinario trabajo de Brandon Caritg. Afrontar un personaje que concentra casi todo el peso dramático de la función exige un dominio absoluto del escenario, pero también una gran capacidad para hacer creíble un viaje emocional tan complejo. Caritg supera el reto con una interpretación tan contenida como absorbente.

Su Ricard aparece inicialmente como un adolescente inseguro, tímido y emocionalmente desorientado. Hay algo profundamente reconocible en él, una fragilidad que invita a observarlo sin prejuicios. Esa cercanía resulta esencial para comprender el recorrido que plantea la obra. El actor evita cualquier exceso y construye el personaje desde una verdad escénica que hace que cada reacción, por pequeña que sea, tenga un significado.

Lo más destacable de su interpretación es la precisión con la que administra cada cambio. La evolución nunca se fuerza ni busca el impacto inmediato. Se percibe en la forma de caminar, en la tensión del cuerpo, en la manera de sostener la mirada o de ocupar el espacio. Son pequeños detalles que, acumulados, terminan dibujando una transformación tan sutil como estremecedora.

Cuando llega el clímax, Caritg demuestra un dominio absoluto del personaje. La intensidad del desenlace no nace de un estallido interpretativo, sino del recorrido construido durante toda la representación. Es precisamente esa honestidad la que convierte el final en un momento de enorme fuerza. Más que interpretar a Ricard, el actor consigue que el espectador sea testigo de su lenta metamorfosis.

Esa compenetración con la dirección de Montse Rodríguez i Clusella resulta evidente durante toda la función. La puesta en escena acompaña el crecimiento del personaje sin condicionarlo, dejando que la interpretación encuentre siempre el espacio necesario para desarrollarse. El equilibrio entre ambos convierte el montaje en una propuesta de gran madurez, donde nada parece responder a la casualidad.

Uno de los mayores logros de Ricard de 3r es que nunca convierte la oscuridad de su protagonista en un espectáculo. La obra rehúye el morbo y la provocación fácil para plantear una reflexión mucho más incómoda sobre la soledad, la necesidad de pertenecer y la influencia que ejercen el entorno y las experiencias personales en la construcción de una identidad. Esa mirada convierte la función en una experiencia que trasciende el propio relato y conecta con inquietudes plenamente contemporáneas.

La Sala Beckett vuelve a demostrar su compromiso con un teatro que interpela al espectador desde la inteligencia y la sensibilidad. Gerard Guix firma un texto que encuentra en la dirección de Montse Rodríguez i Clusella y en la interpretación de Brandon Caritg el equilibrio perfecto para desplegar todo su potencial. El resultado es una propuesta sobria, valiente y profundamente inquietante, capaz de mantener la tensión sin recurrir a artificios y de invitar al público a completar con su propia mirada aquello que permanece fuera de escena.

Hay espectáculos que terminan cuando cae el telón y otros que continúan creciendo en la memoria del espectador. Ricard de 3r pertenece a esa segunda categoría. No busca respuestas fáciles ni ofrece consuelo. Prefiere sembrar dudas y obligarnos a convivir con ellas. Y pocas cosas resultan tan inquietantes como salir del teatro preguntándose si el verdadero monstruo nace o simplemente aprende a existir.

Crítica realizada por Norman Marsà

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