
Ricard 111 puede verse estos días en la Sala Beckett de Barcelona. Gerard Guix y Montse Rodríguez i Clusella recuperan a Ricard once años después de los asesinatos para firmar una propuesta mucho más íntima y reflexiva, centrada en las consecuencias que el paso del tiempo deja sobre el personaje.
Han pasado once años desde que Ricard cambió su vida para siempre. Condenado a 111 años de prisión, ha tenido más de una década para enfrentarse a sus recuerdos, a sus decisiones y, sobre todo, a sí mismo. La obra nos sitúa frente a un hombre que ya no puede cambiar el pasado, pero que sigue buscando la forma de convivir con él. Más que un relato sobre el crimen, Ricard 111 es una reflexión sobre las consecuencias que sobreviven cuando todo lo demás ha quedado atrás.
Uno de los grandes aciertos de Gerard Guix es evitar cualquier juicio moral. La obra no pretende absolver a Ricard ni reescribir aquello que hizo. Lo que propone es acompañarlo en un momento muy distinto de su vida, cuando el tiempo ha apagado la impulsividad y solo quedan la memoria, el arrepentimiento y la necesidad de convivir con uno mismo. Esa mirada convierte la función en una reflexión mucho más compleja de lo que podría parecer a simple vista.
La dirección de Montse Rodríguez i Clusella mantiene la misma sensibilidad que ya demostraba en la primera entrega, aunque aquí apuesta por una puesta en escena todavía más contenida. El ritmo pausado y la ausencia de artificios permiten que la atención permanezca siempre sobre el personaje, dando espacio a los silencios y a los pequeños gestos. La evolución emocional de Ricard se construye sin prisas, confiando en la fuerza del texto y en la capacidad del espectador para completar aquello que no necesita ser explicado.
Toda esa responsabilidad recae sobre los hombros de Quim Àvila, que firma una interpretación de enorme sensibilidad. Su Ricard resulta cercano sin perder nunca el peso de aquello que arrastra. El actor cambia constantemente de piel, transitando con absoluta naturalidad por el entendimiento, el arrepentimiento, la aceptación de su realidad, la impotencia, la esperanza o la resignación. Cada emoción nace de forma orgánica, como si esos once años de silencio siguieran habitando cada uno de sus gestos.
Lo más admirable de su trabajo es la madurez con la que construye al personaje. Ya no encontramos al adolescente impulsivo de Ricard de 3r, sino a un hombre marcado por el paso del tiempo, que ha aprendido a convivir con sus errores y con el peso de una condena que va mucho más allá de la prisión. Esa transformación nunca se verbaliza de forma explícita; aparece en la manera de mirar, en las pausas, en la serenidad con la que afronta cada conversación. Son pequeños detalles que convierten la interpretación en un ejercicio de enorme honestidad.
Hay un momento que resume a la perfección la fuerza del montaje. Cuando Ricard comprende que la esperanza a la que se había aferrado es imposible de alcanzar, el personaje se derrumba. Quim Àvila evita cualquier exceso y apuesta por una contención que resulta devastadora. Basta la forma en que se apaga su mirada, notar como te mira fijamente a los ojos, para transmitir la desesperación de quien entiende que incluso sus últimas ilusiones estaban condenadas al fracaso. Es imposible no compartir, por un instante, la derrota de un hombre que ya no tiene ningún lugar donde esconderse de sí mismo.
Ese instante explica también uno de los mayores logros de la obra. Ricard 111 consigue que el espectador comprenda profundamente a su protagonista sin olvidar nunca la gravedad de aquello que hizo. No pide perdón por él ni intenta justificar sus actos. Simplemente nos invita a observar cómo el paso del tiempo transforma a una persona y cómo la culpa puede convertirse en una condena tan dura como la propia prisión. Esa ambigüedad moral es, precisamente, la que hace que la propuesta resulte tan humana y tan incómoda al mismo tiempo.
A esa mirada contribuye también una propuesta escénica concebida desde la funcionalidad y la imaginación. La escenografía creada por Anna Alcubierre se articula a partir de contenedores rodantes que, con una versatilidad sorprendente, se transforman en la biblioteca donde Ricard trabaja, la litera de su celda, los pasillos de la prisión o los distintos espacios que atraviesa durante su condena. Es el propio Quim Àvila quien desplaza constantemente estos elementos, construyendo y desmontando cada estancia con una naturalidad admirable y una precisión casi coreográfica. Ese movimiento continuo dota de dinamismo a la función y genera, por momentos, una sensación de encierro y claustrofobia que acompaña constantemente el estado emocional del protagonista. A ello se suma la iluminación de Paula Costas, quien nos traslada a los diferentes espacios de la prisión que Ricard habita, mientras refuerza el carácter íntimo del montaje. Su diseño acompaña con sensibilidad la evolución emocional de Ricard y subraya, con pequeños matices, el paso entre los distintos estados de ánimo del personaje.
Ricard 111 no posee el impacto escénico de Ricard de 3r, pero tampoco lo necesita. Su fuerza reside en otro lugar: en la capacidad de mirar de frente a un personaje marcado para siempre por sus actos y descubrir, sin justificarlo, todo aquello que todavía queda de humano en él. Una propuesta íntima, serena y profundamente reflexiva que encuentra en Quim Àvila el mejor vehículo para llegar al espectador.
Crítica realizada por Norman Marsà




