
La Villarroel de Barcelona presenta Primera llei de Newton, una obra escrita por Eu Manzanares y dirigida por Nelson Valente que parte de un examen copiado para plantear, con mucho sarcasmo, un agudo debate sobre la educación, la igualdad de oportunidades y los privilegios. Una comedia que, entre risas, deja al espectador con más preguntas que respuestas.
El sistema educativo sitúa al alumnado y al profesorado dentro de una estructura que, en teoría, debería ayudar a cada persona a encontrar su lugar en la sociedad. Sin embargo, también condiciona la manera en la que actuamos y cómo resolvemos los conflictos. La obra plantea una cuestión moral muy interesante: ¿tendemos a privilegiar a unos más que a otros? ¿Quién merece realmente una segunda oportunidad? ¿El alumno con un futuro prometedor en el fútbol? ¿Importa más el resultado que el proceso?
Lo que está claro es que Izan, Max Vilarrasa, ha copiado. Ha hecho trampas y lo han descubierto. A partir de ese momento estalla el verdadero conflicto. Adri, un profesor novato al que da vida Dafnis Balduz, decide ofrecerle la oportunidad de repetir el examen para que pueda aprobar la asignatura. Sin embargo, el propio Izan no entiende esa decisión y se pregunta por qué debe enfrentarse a una prueba extraordinaria si podrían aprobarle directamente. Paralelamente, la directora del instituto, encarnada por Anna Sahun, acaba de recibir un premio y acepta conceder una entrevista a una periodista, Lua Amat, con la intención de dar visibilidad al centro. Lo que parecía una conversación cordial acaba transformándose en un constante pulso por el control de la palabra, dejando al descubierto prejuicios, tensiones y malentendidos que no hacen más que alimentar el caos. A todo ello se suma la madre de Izan, interpretada por Sara Diego, que irrumpe en el instituto exigiendo que aprueben a su hijo tras descubrir que una única asignatura puede impedirle obtener el título de la ESO y, con ello, perseguir su sueño de convertirse en futbolista profesional.
Llegados a este punto, y teniendo en cuenta que la trama tiene varios frentes abiertos, aplaudo el trabajo de Nelson Valente en la dirección y el texto de Eu Manzanares. Consiguen que la historia nunca pierda el rumbo. El hilo conductor está muy bien construido, el ritmo es constante y el espectador permanece atento durante toda la función. Además, el humor aparece en el momento justo para aliviar la tensión, haciendo que las bromas y el sarcasmo convivan con un tema de gran peso social.
Los intérpretes son, sin duda, el corazón de la obra. Max Villarrasa da vida a Izan con mucha naturalidad y consigue transmitir las dudas y contradicciones propias de un adolescente. Sara Diego, como la madre de Izan, aporta fuerza y carácter, defendiendo a su hijo con una intensidad que genera tanto momentos de tensión como de humor. Rosa Gamiz interpreta a Teresa, una profesora que representa otra mirada dentro del conflicto educativo con un toque humorístico y sarcástico, mientras que Dafnis Balduz da vida al profesor novato, Adri, un personaje que evoluciona constantemente entre lo que cree correcto y lo que el sistema le obliga a hacer. Finalmente, Anna Sahun construye una directora con mucha personalidad, firme y, al mismo tiempo, víctima de un entorno que constantemente pone a prueba sus decisiones.
La escenografia realizada por Paula Bosch también está muy bien pensada. El espacio escénico recrea un instituto con muy pocos elementos: la mesa del profesor, archivadores, sillas, unas ventanas y una puerta que se abre y se cierra constantemente, convirtiéndose también en un recurso dramático. El vestuario realizado por Zaida Crespo ayuda a definir rápidamente a cada personaje. Destaca especialmente el de la madre de Izan, con ropa deportiva de imitación y un bolso de lujo, un detalle que habla del personaje incluso antes de que empiece a hablar. El resto del elenco viste de forma coherente con su papel, reforzando la credibilidad del conjunto.
La iluminación a cargo de Jaume Ventura actúa como un auténtico hilo conductor de la historia. Los cambios de tono permiten diferenciar el presente de los distintos flashbacks que ayudan a comprender el conflicto. Las luces blancas marcan la actualidad, mientras que los tonos amarillos sitúan al espectador en momentos del pasado. Uno de los instantes más llamativos llega con el baile de Vilarrasa, acompañado de una iluminación mucho más atrevida y una coreografía muy bien ejecutada. El diseño sonoro realizado por David Solans también tiene un papel importante: las sirenas, los petardos y otros efectos envuelven la escena y aumentan el dramatismo sin perder nunca el tono irónico que caracteriza la obra.
El trabajo conjunto de dirección, interpretación, iluminación, sonido y vestuario demuestra una propuesta muy cuidada. Todo está pensado al detalle para que el mensaje llegue con claridad sin dejar de lado el entretenimiento. La obra refleja una realidad muy presente en nuestra sociedad y convierte al público en testigo de un sistema lleno de contradicciones e injusticias. Sin embargo, lo hace desde la comedia y el sarcasmo, provocando carcajadas al mismo tiempo que invita a la reflexión.
Comparto la idea que plantea Eu Manzanares: abordar un tema tan delicado desde la sutileza y el humor hace que el mensaje llegue con más fuerza. Si todo se tratara desde el drama, probablemente el espectador sentiría únicamente lástima. En cambio, la obra consigue algo mucho más difícil: hacernos reír mientras nos obliga a cuestionarnos nuestra propia manera de pensar.
Crítica realizada por Yadi Agurto




