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10.09.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Poncia – Crítica 2026

El Teatre Goya de Barcelona vuelve a recibir Poncia, el montaje de Luis Luque protagonizado por Lolita Flores, que llega a su cuarta temporada consecutiva. Una función que recupera la voz de uno de los personajes más reconocibles de La casa de Bernarda Alba.

Hay personajes que permanecen en la memoria incluso cuando no son los protagonistas de la historia. Personajes que observan, escuchan y conocen mucho más de lo que pueden decir. Poncia parte precisamente de una de esas figuras para abrir una puerta que Federico García Lorca dejó entreabierta en La casa de Bernarda Alba: ¿qué habría ocurrido si aquella mujer que lo sabía todo hubiera podido hablar sin miedo?

El texto de Luis Luque construye una nueva narrativa alrededor de Poncia y convierte a este personaje en la voz de muchas mujeres silenciadas. Una voz que habla de libertad, de culpa, de deseo, de educación, de los hombres y de todo aquello que durante años tuvo que permanecer oculto entre las paredes de aquella casa.

La propuesta mantiene su fuerza porque no necesita reconstruir la obra de Lorca. Poncia aparece después de la muerte de Adela, dentro de una casa sumida en el silencio y bajo una atmósfera casi irreal. Reza por ella, recuerda lo sucedido y conversa con aquellas mujeres que ya no están. También con Bernarda. Y es precisamente en esa conversación imposible donde la protagonista encuentra el espacio para decir aquello que durante tanto tiempo tuvo que callar.

Luque construye un texto que mantiene una profunda admiración por Lorca, pero que sabe caminar por sí mismo. Hay ecos reconocibles de Luis Luque, pero también una voluntad clara de profundizar en todo aquello que la obra original apenas podía mostrar. Poncia deja de ser únicamente la criada que observa desde un segundo plano para convertirse en una mujer con criterio, memoria y una mirada propia sobre todo lo ocurrido.

Y ahí aparece uno de los grandes valores del montaje: su capacidad de convertir el silencio en materia dramática. Lo que no se dijo entonces aparece ahora en forma de confesión, de recuerdo, de rabia y también de comprensión. Poncia no pretende justificar a nadie. Habla desde la experiencia de quien ha visto demasiado y ha aprendido a sobrevivir callando.

Y esa verdad tiene nombre propio: Lolita Flores.

Lolita no interpreta simplemente a Poncia. La habita. Hay una cercanía en su manera de enfrentarse al personaje que hace que el monólogo parezca una conversación directa con el público. No necesita grandes movimientos ni artificios. La mirada, la quietud y una voz cargada de experiencia hacen el resto.

Desde el primer monólogo consigue atrapar al espectador y establecer una relación de complicidad que se mantiene durante toda la función. Lolita entiende que Poncia no es una víctima y la interpreta desde un lugar mucho más interesante: el de una mujer que conoce sus límites, pero que también sabe perfectamente lo que piensa.

Hay además algo especialmente interesante en esta interpretación. Poncia lleva años viviendo dentro de una estructura de poder que la obliga a obedecer, pero eso no significa que haya dejado de observar. Y Lolita consigue transmitir precisamente esa mezcla de respeto, miedo, conocimiento y autoridad moral que convierte al personaje en una presencia tan poderosa. Por eso el monólogo sobre la muerte de Adela continúa siendo uno de los grandes momentos del espectáculo. La palabra adquiere aquí todo su peso y la actriz consigue que una historia que conocemos sobradamente vuelva a doler.

La propuesta visual acompaña esa sensación de estar dentro de un espacio suspendido. La escenografía de Mónica Boromello construye un universo casi onírico en el que Poncia parece encontrarse entre el recuerdo y la realidad, mientras la iluminación de Paco Ariza ayuda a transitar por los distintos estados emocionales de la protagonista: felicidad, rabia, tristeza y muerte.

La música original de Luis Miguel Cobo aporta otra capa a la narración y ayuda a viajar entre tiempos y recuerdos sin imponerse nunca sobre la palabra. El vestuario de Almudena Rodríguez Huertas, con una Poncia descalza sobre el escenario, completa una imagen de enorme fuerza y sencillez.

Hay también algo especial en el recorrido de esta producción. En los años 90, el director Miguel Narros ofreció a Lola Flores el papel de Poncia para un montaje de La casa de Bernarda Alba, pero la artista no pudo interpretarlo por problemas de agenda y, posteriormente, falleció. Décadas después, es su hija, Lolita Flores, quien finalmente da vida a este personaje, cerrando de alguna manera un círculo que permaneció abierto durante años.

Poncia es, en definitiva, un ejercicio de recuperación de una voz. Una mirada diferente sobre uno de los grandes clásicos del teatro español que no pretende sustituir a Lorca, sino acercarse a su universo desde otro lugar. Y Lolita Flores consigue que esa voz llegue con una verdad difícil de ignorar.

Cuatro temporadas después, aquella conversación pendiente sigue teniendo cosas que decir. Porque La casa de Bernarda Alba puede quedarse en silencio, sus habitantes pueden desaparecer y la historia puede haber terminado, pero Poncia sigue allí. Esperando. Observando. Y, por fin, hablando.

Crítica realizada por Norman Marsà

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