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17.09.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Poeta (perdido) en Nueva York – Crítica 2025

El Teatro Fernán Gómez CCV de Madrid abre su temporada en la Sala Jardiel Poncela con el montaje Poeta (perdido) en Nueva York, de la compañía andaluza El Aedo Teatro. En cartel hasta el 19 de octubre, la obra es una íntima adaptación del desgarrador poemario que lleva el mismo nombre.

A través de un monólogo que entrelaza los versos más icónicos de Federico García Lorca con las cartas que escribió a su familia durante su estancia en la Gran Manzana, la pieza ofrece una mirada a su viaje personal y al profundo choque que experimentó con el caótico mundo de la metrópoli. Este acercamiento a uno de los textos más significativos del autor, que refleja su propia crisis personal y poética, sienta las bases para una propuesta ambiciosa y cargada de sensibilidad.

El montaje cuenta con la dirección, dramaturgia y actuación de Jesús Torres. La iluminación y puesta en escena son de Jesús Díaz Cortés y Juanjo González Ferrero, con banda sonora original de Alberto Granados Reguilón. La coreografía es de Mercé Grané, la videoescena de Leonardo Lapeña, la fotografía de Moisés F. Acosta y la ayudantía de producción y dirección de Iván Flores.

La propuesta dramatúrgica de El Aedo Teatro parte de una premisa brillante: confrontar la añoranza y el anhelo de los versos que Lorca enviaba a su familia con la desolación y el dolor de los poemas que escribía en secreto. Se busca así trazar un mapa emocional que va desde la decadencia de «Paisaje de la multitud que vomita» a la opresión de «El rey de Harlem» y, finalmente, a la búsqueda de la identidad en «Oda a Walt Whitman.» Sin embargo, la ejecución de esta prometedora idea se ve debilitada por una interpretación con excesivo énfasis, que transita una delgada línea entre el clown y la pantomima. Aunque el entusiasmo de Jesús Torres por la figura de Federico y la pasión por su labor son evidentes, la actuación resulta, por momentos, un obstáculo para conectar con el relato más íntimo de la obra.

A esto se suma un diseño escénico que, en mi opinión, es demasiado aparatoso y ajustado para un espacio tan reducido como la Sala Jardiel Poncela. Esta falta de adecuación genera problemas de visibilidad, lo que se agrava cuando el público, por la localización de sus asientos, no puede apreciar los elementos creativos clave. Un montaje que se apoya en un diseño audiovisual tan fundamental para su narrativa no puede permitirse que la mayor parte del público no lo vea. En mi caso, no pude más que percibir un 5% de ese elemento, lo que devalúa la experiencia y afecta directamente la capacidad de juzgar el resultado creativo en su conjunto.

En resumen, la obra posee un concepto poderoso y conmovedor, pero su materialización en escena resulta irregular. Si bien la propuesta dramatúrgica es digna de elogio, la ejecución de la interpretación principal y las decisiones de puesta en escena limitan el impacto que podría tener. Un enfoque más matizado y una adaptación más versátil del diseño habrían permitido a la obra alcanzar el gran potencial que su texto y sus temas prometen.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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