
La memoria: a veces cálida, a veces áspera. En ocasiones se siente como un abrazo reconfortante, en otras, como un retortijón muy doloroso. Nuestros muertos, obra de la compañía teatral Micomicón, que regresó el 16 de enero a la Sala Cuarta Pared de Madrid, explora (con ternura y dureza) aquello que surge del diálogo entre los recuerdos, los ajenos y los propios.
Una mesa, dos sillas y una larga conversación de hora y media entre una madre y el asesino de su hijo. Con esta sencilla puesta en escena, diseñada por Laila Ripoll, el director y dramaturgo Mariano Llorente compone una pieza compleja, en la que transita con delicadeza los matices que encierra la esperanza de un futuro mejor y el sufrimiento que se arrastra de un pasado aún presente.
Se inspira, para desarrollar esta historia, en los encuentros restaurativos que se dieron en 2011 entre familiares de las víctimas de ETA y los responsables directos de esas muertes. Así, la historia presenta a dos personajes: una mujer octogenaria que carga con el duelo por su padre, fusilado en la Guerra Civil, y por su hijo, víctima colateral de un atentado terrorista; y el hombre que cometió ese crimen.
“No busco tu perdón”, asegura el verdugo, encarnado de forma impecable por Carlos Jiménez-Alfaro, en las primeras líneas del texto. La mujer, interpretada con gran sensibilidad por la actriz María Álvarez, responde frunciendo el ceño: “El perdón no nos corresponde a nosotros.” Así se establece, en estos primeros minutos de su encuentro, el inicio de un viaje revelador, a la par que incómodo y doloroso.
Les acompañan en escena Clara Cabrera y Javi Díaz, dos actores que representan, con mimo y rabia, la memoria de los protagonistas, proporcionando así textura y detalle a la obra que recorre, a través de las palabras, caminos que van de la molestia al afecto, de la rabia a la comprensión, y del desconsuelo a la añoranza, como si siguiera el trayecto sinuoso de una montaña rusa.
Aderezada por la música de Mariano Marín y el diseño lumínico de David Roldán, Nuestros muertos es una fisura de la que emana una profunda reflexión sobre el pasado de una sociedad, de un país marcado por la tragedia de una guerra, de rencores y resentimientos. También es el ánimo de supurar e intentar limpiar una herida abierta, con cuidado y también miedo.
A través de la escucha, la memoria cobra el papel principal en el desarrollo de este relato, que se sostiene mediante un texto sensible e hiperrealista y unas actuaciones sentidas y honestas. La interacción entre los personajes, hinchada de duda y curiosidad, invita al propio espectador a pensar sobre las causas que llevan a una persona a tomar una decisión u otra.
Nuestros muertos, que se representará hasta el 1 de febrero, no pretende ofrecer respuestas concretas; pues no existen. Sin embargo, se detiene lo suficiente para dejar reflejado lo enmarañado que es vivir, pensar, actuar y aceptar el pasado, el presente y el futuro.
Crítica realizada por Judith Pulido




