novedades
 SEARCH   
 
 

30.10.2020 Teatro  
Nuestras vidas son los ríos…

El Teatro Fernán Gómez de Madrid presenta Noche de difuntos, una obra perfecta para celebrar estas fechas dirigida por Elisa Marinas y protagonizada por Beatriz Carvajal.

Con una escenografía sobria, un espacio sonoro envolvente, música en directo y un trabajo de vídeo de lo más sugerente, este montaje de Carlos Jiménez y Daniel Migueláñez, dirigido por Elisa Marinas, se ambienta en el periodo romántico, sus autores y sus obras, ante la atenta mirada del personaje de la Muerte, interpretado por Beatriz Carvajal.

El montaje, que cuenta con un elenco de siete actores (Beatriz Carvajal, Federico Aguado, Javier Lago, Daniel Migueláñez, David Saraiva, Álvaro Baños y Elisa Marinas), ofrece una reflexión sobre la muerte, como “ese diminuto punto final” a la vida, y, sobre todo, como tópico literario. En escena, se mezclan, con la debida coherencia, las escenas más sobrecogedoras del don Juan Tenorio de Zorrilla, de La Leyenda del miserere de Bécquer, de los versos de Rosalía de Castro, o de El estudiante de Salamanca de Espronceda. Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas, abre este repertorio ante una Muerte que, aun implacable, se muestra de lo más campechana, irónica y bromista.

Poesía y teatro, sin distinciones, se dan la mano en esta obra, que destaca, entre otra cosas, por recrear a los autores de dichas obras, excepto al Duque de Rivas, que no aparece en escena en ningún momento. O eso creo. Momento curioso es aquel en que los autores se encuentran en una taberna y conversan sobre sus obras, sus ideales o la situación política en España, que, sinceramente, parece no haber cambiado mucho.

Las obras de dichos autores se intercalan. La Muerte quiere que actúen para ella, que se representen sus obras, y, finalmente, bailar con los escritores antes de que se disipen de nuevo. En este sentido, es simbólico el uso de los zapatos que, llenos de arena, se vacían sobre el escenario antes de que el autor al que pertenecen abandone el escenario, esto es, desaparezca, cruce hacia la otra orilla.

El pianista se convierte en Caronte, que habla a través de su piano; el vídeo evoca lugares de ultramundo y paisajes urbanos y naturales impresionantes, que sirven para ambientar la acción que se narra o representa, o incluso para describir los dominios, la fuerza, la inmensidad, e incluso la serenidad de la Muerte, inalcanzable y cercana al mismo tiempo, inherente a la condición humana. Un barco de papel en el centro del escenario nos recuerda lo insignificantes que somos, lo pequeños que somos ante la Muerte. Los espectadores nos convertimos en los muertos. Los propios escritores, a punto de disiparse, nos lo señalan.

Ponen los pelos de punta los rezos y murmullos emitidos en escena; no puedo decir lo mismo del vídeoarte, que, aun innovador o impactante, a veces parece fuera de lugar y, en mi opinión, desluce el impecable trabajo coral del grupo de actores. Ante todo, el mensaje queda claro: los escritores fueron de carne y hueso y viven y vivirán a través de su obra. Bécquer se confunde con el narrador de sus leyendas, Espronceda se convierte en Félix de Montemar y Zorrilla en su don Juan.

Noche de difuntos es un homenaje, ante todo, a la literatura, en todas sus vertientes, que reivindica la cultura nacional. No vayan a ver la obra si están acostumbrados o desean encontrarse con el típico Don Juan. Vayan solo si desean desean volver al siglo XIX, a la sombra de las obras de este periodo, a enfrentarse con la mismísima Muerte y, sobre todo, a deleitarse en los versos a través de la voz e interpretaciones del magnífico elenco. Desde luego, el espectáculo está servido.

Crítica realizada por Susana Inés Pérez

Volver


CONCURSO

  • COMENTARIOS RECIENTES