
No són maneres de tractar una dona puede verse estos días en el Teatre Gaudí de Barcelona. Basado en la novela de William Goldman y con música de Douglas J. Cohen, el musical llega por primera vez en catalán con adaptación de Sílvia Sanfeliu y dirección de Xènia Reguant y Maria Garrido. Un thriller musical que combina humor negro, crimen y cine clásico con una personalidad tan original como poco habitual en nuestra cartelera.
La historia nos presenta a Christopher Gill, un asesino en serie con una habilidad extraordinaria para adoptar identidades completamente diferentes antes de cometer cada uno de sus crímenes. Mientras la policía intenta detenerlo, Gill inicia un perverso juego psicológico con el inspector Morris Brummel, manteniéndose siempre un paso por delante y disfrutando de una investigación que parece controlar a su antojo. Su verdadero objetivo, sin embargo, va mucho más allá de matar: convertirse en una celebridad y ocupar la portada del The New York Times, convencido de que solo así alcanzará el reconocimiento que cree merecer.
Con esa premisa, el musical deja claro desde el primer momento quién es el asesino. La intriga no reside en descubrir su identidad, sino en comprobar hasta dónde será capaz de llevar su macabro juego y cómo reaccionará Morris ante un rival que parece ir siempre un paso por delante. Esa decisión narrativa permite que el espectáculo se centre mucho más en la relación entre ambos personajes, alternando tensión, humor negro y una ironía constante que mantiene al público completamente implicado en la historia.
La dirección de Xènia Reguant y Maria Garrido apuesta por un ritmo muy cinematográfico. La función apenas da respiro y cada escena empuja a la siguiente con naturalidad, consiguiendo que el duelo entre asesino e investigador nunca pierda intensidad. La puesta en escena entiende perfectamente el lenguaje del cine negro del que bebe la obra, pero lo traslada al escenario sin perder la esencia del teatro musical.
La adaptación de Sílvia Sanfeliu funciona con enorme fluidez. Los diálogos conservan la ironía y la sofisticación del libreto original, mientras que las canciones se integran orgánicamente dentro de la narración, sin convertirse nunca en una interrupción del relato. La partitura de Douglas J. Cohen, con claras influencias del jazz, el Broadway clásico y las bandas sonoras del cine negro de los años sesenta, envuelve la historia en una atmósfera elegante e inquietante que termina convirtiéndose en un personaje más.
Si algo sostiene el espectáculo de principio a fin es el extraordinario trabajo del reparto. Mariona Escoda, Xavi Duch, Marc Pociello y Anna Valldeneu construyen personajes perfectamente definidos y demuestran una compenetración admirable. El montaje exige cambios constantes de registro, precisión cómica, capacidad vocal y un gran dominio del ritmo escénico, retos que el elenco supera con absoluta solvencia.
Marc Pociello y Xavi Duch terminan convirtiéndose en el auténtico eje de la función. El primero construye un Morris Brummel lleno de humanidad, continuamente desbordado por un asesino que parece anticiparse a todos sus movimientos. El segundo disfruta componiendo un Christopher Gill magnético, elegante y perversamente divertido, capaz de transformarse una y otra vez sin perder nunca el control de la escena. La química entre ambos sostiene ese particular duelo psicológico que hace avanzar la historia y convierte cada encuentro en uno de los grandes atractivos del montaje.
A su lado, Mariona Escoda y Anna Valldeneu completan el engranaje con interpretaciones llenas de personalidad y una enorme versatilidad para asumir los distintos registros que exige la función. Gracias al trabajo colectivo del reparto, la obra mantiene siempre el delicado equilibrio entre el suspense, la comedia y el musical.
Mención especial merece la banda en directo, uno de los grandes aciertos de esta producción. Desde antes incluso de que se levante el telón, su música ya envuelve la sala y transporta al público a ese universo de jazz, clubes nocturnos y cine negro que define toda la propuesta. La calidad de los músicos es extraordinaria y su presencia aporta una calidez difícil de conseguir con música pregrabada. Es de esas ocasiones en las que solo faltaba una copa para completar la experiencia y dejarse llevar todavía más por la atmósfera que crean desde el primer minuto.
La dirección musical de Filippo Fanò mantiene la partitura en constante movimiento, mientras que la coreografía de Clara Casals aporta dinamismo sin romper el tono elegante del montaje. A ello se suma el diseño de iluminación de Clàudia Serra, que potencia la estética de cine negro y acompaña eficazmente los constantes cambios de atmósfera, y el diseño de sonido de Òscar Camí, fundamental para que música, diálogos y tensión dramática convivan con absoluta claridad.
Hubo además un momento especialmente significativo durante la función inaugural. El propio Douglas J. Cohen, compositor del musical original, asistió al estreno y quiso felicitar personalmente al equipo por el trabajo realizado. Sus palabras de reconocimiento hacia la adaptación catalana supusieron mucho más que un gesto de cortesía: fueron la confirmación de que esta nueva versión respeta el espíritu de la obra al mismo tiempo que consigue hacerla plenamente suya. Que sea el propio creador quien otorgue su bendición al montaje dice mucho del cuidado, el respeto y el cariño con el que se ha abordado esta producción.
No són maneres de tractar una dona demuestra que el teatro musical también puede abrazar el suspense sin renunciar al humor ni a la elegancia. Intriga, una partitura magnífica, una banda en directo sobresaliente y un reparto que disfruta jugando con sus personajes convierten esta producción en una de las sorpresas más agradables de la temporada. Un musical diferente, inteligente y tremendamente entretenido que encuentra en esta adaptación catalana una personalidad propia, hasta el punto de recibir la bendición de su propio creador.
Crítica realizada por Norman Marsà




