
El Teatre Tantarantana de Barcelona acoge estos días No Gender, una propuesta que desde su inicio enigmático coloca al espectador frente a una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué entendemos por género y con qué lo asociamos? A partir de ahí, la pieza abre un recorrido por las ideas, etiquetas y construcciones que utilizamos para definirnos y definir a los demás.
Desde esa premisa, Odin convierte su propia experiencia en el eje de una obra que habla desde la intimidad, pero que termina interpelando a todos. Una experiencia escénica que mezcla humor, danza, palabra y reflexión para cuestionar muchas de las ideas que damos por sentadas.
La idea original de Odin Maldonado, junto con la dirección y coreografía de Ferran Carvajal y la dramaturgia de Salvador S. Sánchez, plantea una transformación escénica de la propia experiencia del intérprete: el paso de Ondina a Odín. Y desde el instante en que se encienden las luces, comprendemos que la complejidad del ser humano no se construye únicamente a partir de las experiencias vividas, sino también de los prejuicios, las preguntas y los ataques que pueden aparecer alrededor de una transformación que no todo el mundo comprende.
La obra parte de una experiencia personal, pero no se queda encerrada en ella. A lo largo de sus diferentes escenas encontramos baile, coreografías, monólogo, momentos de humor y grandes reflexiones que van construyendo un relato que se mueve constantemente entre lo íntimo y lo universal. Se recorren distintos momentos de la infancia, los comentarios recibidos durante el proceso de transición y las dudas que aparecen en ese camino, hasta llegar a una aceptación mucho más profunda de la propia identidad y de la libertad de decidir quién quieres ser.
Lo interesante es que No Gender no parece querer darte una única respuesta. Al contrario, plantea preguntas constantemente: ¿qué es el género?, ¿qué significa ser una persona no binaria?, ¿con qué me identifico? La obra utiliza la experiencia de Odin como punto de partida para que el espectador también se confronte con sus propias ideas.
Toda la propuesta recae sobre Odin Maldonado, y creo que una de las cosas más bonitas de la función es precisamente comprobar hasta qué punto su lenguaje está ligado a su propia esencia. Desde los bailes hasta las interpretaciones humorísticas, todo se siente muy orgánico y personal.
Odin no solo nos cuenta una historia, sino que la habita con el cuerpo. Hay momentos en los que la palabra deja paso a una mirada, un movimiento o un silencio, y ahí es donde la interpretación adquiere todavía más fuerza. Algunas de las miradas dirigidas al público transmiten dolor, pero al mismo tiempo también reflejan una sensación de superación. Son pequeños cambios que hacen que cada escena tenga una emoción diferente.
Además, el humor tiene un papel importante. La obra podría haber sido mucho más dura si se hubiera apoyado únicamente en el conflicto, pero utiliza momentos humorísticos para acercarnos a su experiencia y, al mismo tiempo, para rebajar ciertas tensiones. Esa combinación entre humor y vulnerabilidad hace que el mensaje llegue de una manera mucho más directa.
Uno de los aspectos que más me llamó la atención fue la escenografía, que parte de un espacio amplio y prácticamente vacío. En lugar de llenar el escenario de elementos, se deja ese lienzo en blanco para que Odin pueda transformarlo a medida que avanza la obra. El espacio se modifica, se adapta y termina convirtiéndose casi en una extensión del propio intérprete.
Esta sencillez también favorece la ruptura de la cuarta pared. Odin llega a dirigirse directamente al público y, en esos momentos, la distancia entre escenario y espectador prácticamente desaparece. Lo que está contando deja de sentirse como una historia que simplemente observamos y pasa a convertirse en una experiencia mucho más palpable.
La iluminación de Samuel Silva tiene también bastante peso en la construcción de estas escenas. Las luces llenan los espacios aparentemente vacíos y, en determinados momentos, se vuelven psicodélicas, llamativas y hasta estrambóticas. Esta variedad ayuda a marcar las transiciones y a intensificar aquello que se quiere transmitir, haciendo que determinadas emociones ocupen también visualmente el escenario.
La música original de Bastian Iglesias y Odin Maldonado funciona como un complemento importante durante momentos concretos de la obra. A esto se suma el uso del vídeo y de diferentes audios en off, recursos que ayudan a contextualizar determinadas vivencias y a reforzar el relato que Odin está compartiendo con nosotros. No se sienten como elementos añadidos sin más, sino como herramientas que amplían la historia y nos permiten conocer otras partes de ella.
El vestuario de Merlacostu puede parecer sencillo a primera vista, pero adquiere un significado mayor a medida que avanza la función. Odin atraviesa diferentes momentos y el cambio de vestuario acompaña también esa evolución, incorporando pequeños detalles que representan cada etapa. Es un recurso discreto, pero consigue acentuar la transformación que estamos viendo en escena.
La razón por la que No Gender me ha llegado hasta lo más profundo es por la versatilidad, la dualidad y, sobre todo, la delicadeza con la que se ha desarrollado. Hablar sobre género, identidad y las decisiones que una persona toma sobre sí misma no es sencillo, pero la obra consigue hacerlo desde diferentes lenguajes sin perder nunca el hilo de lo que quiere contar.
También es una crítica a una sociedad en la que todavía existen prejuicios nacidos del miedo y de la ignorancia. Y ahí aparece una de las preguntas que más me ha hecho pensar: si, al final, lo que otra persona haga con su cuerpo no cambia nuestra vida, ¿por qué queremos controlar o decidir sobre sus elecciones? ¿Por qué juzgar algo que no nos corresponde?
Sinceramente, no creo tener una respuesta para eso. Pero doy gracias porque existan obras como No Gender, capaces de mover el suelo bajo nuestros pies, de hacer sentir acompañadas y recordadas a personas que muchas veces han tenido que enfrentarse a la incomprensión y, al mismo tiempo, de conseguir que quienes estamos en el patio de butacas nos hagamos preguntas que quizá nunca nos habíamos planteado.
Con su mezcla de humor, reflexión, música, movimiento y una gran propuesta escénica, No Gender termina siendo una experiencia bastante épica. Una obra que no pretende dejarte indiferente y que, cuando sales de la sala, hace que algunas preguntas sigan contigo.
Crítica realizada por Yadi Agurto




