
Mil tres, say cheese aterrizó el pasado 8 de abril en el Teatre Lliure de Gràcia en Barcelona como una propuesta difícil de encasillar. Ni ópera, ni concierto, ni teatro al uso. Y precisamente ahí reside su mayor provocación. Una experiencia escénica que no busca respuestas fáciles, sino sacudir al espectador desde lo sensorial.
Creada y dirigida por el colectivo cabosanroque, la pieza parte del mito de Don Juan para lanzarlo contra el presente con una pregunta incómoda: ¿qué queda hoy del seductor? A través de una estructura fragmentada, el espectáculo conecta referentes aparentemente lejanos —de Wolfgang Amadeus Mozart a Bad Bunny— para reflexionar sobre el deseo, la masculinidad y el papel de la mujer en un imaginario históricamente dominado por el hombre. Más que contar una historia, propone un dispositivo escénico donde la música, el cuerpo y el sonido generan preguntas sin necesidad de cerrarlas.
La dirección de cabosanroque apuesta por una experiencia más cercana a la instalación performativa que al teatro convencional. Su trabajo se aleja de la narratividad clásica para construir un lenguaje propio, donde los objetos, el espacio sonoro y la disposición escénica adquieren tanto peso como las intérpretes. No hay voluntad de guiar al espectador de la mano, sino de situarlo dentro de un artefacto escénico que se activa en múltiples capas y lecturas, exigiendo una mirada activa y, en ocasiones, paciente.
En cuanto a la dramaturgia, la pieza renuncia deliberadamente a una estructura lineal. En su lugar, propone una sucesión de escenas, imágenes y momentos musicales que dialogan entre sí desde la asociación libre. Este enfoque puede resultar estimulante para quienes disfrutan de propuestas más conceptuales, aunque también puede generar cierta desconexión en aquellos que buscan un relato más definido. Aquí, el sentido no se impone: se construye —o no— en la mirada del espectador.
El trabajo de las intérpretes es, sin duda, uno de los pilares del montaje. Sobre el escenario, Lisa Willems y Adriana Aranda (sopranos), junto a Sandra Monfort (voz), Irina Soriano (piano), Naia Membrillera (percusión) y Mar Esteban Martin (clarinete), construyen una presencia escénica híbrida entre lo musical y lo performativo. No interpretan personajes al uso, sino que habitan el espacio como ejecutantes de una partitura expandida, donde la voz, el gesto y la acción escénica se entrelazan constantemente. El resultado es un trabajo coral que prioriza la atmósfera sobre la psicología, y que encuentra su fuerza en la precisión y la escucha conjunta.
En este sentido, la dirección de movimiento de Tuixén Benet se revela como un elemento clave para cohesionar el lenguaje escénico de la propuesta. Lejos de una coreografía tradicional, su trabajo se construye desde la fisicidad orgánica de las intérpretes, articulando desplazamientos, tensiones y gestos que dialogan directamente con la música y el espacio. Benet entiende el cuerpo como extensión del dispositivo sonoro y escénico, generando una gramática propia donde cada acción tiene peso y resonancia. El resultado es un movimiento que no ilustra, sino que amplifica, aportando una capa más de lectura a una pieza ya de por sí rica en significados.
La música del espectáculo juega un papel esencial en esa construcción híbrida. Partiendo de composiciones de Wolfgang Amadeus Mozart, Frédéric Chopin, Franz Liszt y Benito Antonio Martínez Ocasio (Bad Bunny), la propuesta traza un diálogo tan inesperado como sugerente entre lo clásico y lo contemporáneo. Los arreglos, firmados por cabosanroque junto a las intérpretes en escena, no buscan la fidelidad académica, sino la transformación: fragmentan, reconfiguran y resignifican las piezas originales para integrarlas en un discurso escénico propio, donde la música deja de ser referencia para convertirse en materia viva.
En el apartado técnico, la propuesta se articula como un engranaje perfectamente medido. La escenografía, creada por cabosanroque, se concibe como un dispositivo en constante transformación, donde destacan las puertas rotativas desarrolladas junto a Flexo arquitectura, que generan dinamismo y multiplican las posibilidades del espacio escénico. A ello se suman los semáforos, diseñados en colaboración con Studio Animal, que aportan una dimensión lumínica singular y refuerzan el carácter contemporáneo y simbólico del montaje. La iluminación, diseñada por cabosanroque y cube.bz, dialoga con estos elementos para crear atmósferas cambiantes, mientras que el vestuario, también a cargo del colectivo, mantiene una coherencia estética acorde con la propuesta. El espacio sonoro, desarrollado por cabosanroque y Damien Bazin, se erige como columna vertebral del espectáculo, envolviendo al espectador en un paisaje acústico que condiciona y amplifica la experiencia.
En definitiva, Mil tres, say cheese no es un espectáculo para todos los públicos, y tampoco lo pretende. Es una propuesta radical, sensorial y profundamente contemporánea que interpela más que explica. Puede desconcertar, incluso incomodar, pero también abrir nuevas formas de relación con el hecho escénico. En un momento donde muchas producciones optan por caminos seguros, cabosanroque decide arriesgar. Y solo por eso —aunque no siempre convenza— ya merece ser vista.
Crítica realizada por Norman Marsà




