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28.04.2026 Planes  
Michael – Crítica 2026

Michael aterriza en Cinesa como un viaje directo al origen del mito, una biografía parcial que recorre la infancia y el ascenso meteórico de Michael Jackson hasta su consagración como artista en solitario. La película se centra en la construcción del icono, en ese tránsito fascinante que convierte a un niño prodigio en una figura irrepetible de la cultura popular.

Respaldada por los mismos productores de Bohemian Rhapsody, Michael comparte con aquella el pulso narrativo, el gusto por el espectáculo y una clara vocación de conectar con el gran público. Aquí, sin embargo, la historia se siente más contenida en lo temporal, lo que le permite detenerse en momentos clave del desarrollo artístico y personal de Jackson, desde sus primeros pasos en The Jackson 5 hasta ese punto de inflexión en el que decide romper con todo para redefinirse como solista.

El gran pilar de Michael es, sin duda, su protagonista, Jaafar Jackson, sobrino del propio artista, que firma una interpretación magnética. No se limita a la imitación: hay un trabajo físico y emocional impresionante que logra capturar gestos, miradas y una energía escénica difícil de replicar. Su presencia sostiene la película y, en muchos momentos, la eleva. A su lado, el joven Juliano Krue Valdi, encargado de dar vida al Michael niño, aporta una sensibilidad y una naturalidad fundamentales para entender la fragilidad y la presión que marcaron sus primeros años.

Pero si hay una figura clave en el equilibrio emocional del relato es la del padre, Joe Jackson, interpretado por Colman Domingo y antagonista del film. Su trabajo es uno de los más determinantes de la película, funcionando como verdadero catalizador de la presión que define la infancia y juventud del artista. Domingo construye un personaje duro, exigente y profundamente incómodo, alejándose del cliché para ofrecer una presencia autoritaria que se impone en cada escena. Su interpretación no busca la simpatía, sino generar una tensión constante que se traslada directamente al espectador, haciendo palpable ese ambiente de disciplina férrea y exigencia extrema que marcó el desarrollo de Michael. Es, en muchos sentidos, el contrapeso perfecto al brillo del protagonista.

Junto a ellos, el extenso casting -encabezado por Nia Long, Laura Harrier, Miles Teller, Kendrick Sampson, KeiLyn Durrel Jones, Kessica Sula y un irreconocible Mike Myers, entre otros- funciona con precisión, construyendo un entorno creíble y sólido que acompaña al protagonista sin eclipsarlo. Cada personaje aporta matices a ese universo familiar y profesional complejo, contribuyendo a que el relato avance con fluidez y coherencia.

Más allá del espectáculo, la película dibuja un retrato muy claro del personaje: un Michael Jackson profundamente preocupado por todo y por todos, con una sensibilidad extrema que el propio guion muestra como una virtud y, al mismo tiempo, como una carga constante. Esa necesidad de cuidar, de agradar y de sostener a quienes le rodean acaba pasándole factura, reforzando la idea —ya instalada en el imaginario público— de una figura tan gigantesca como frágil.

El filme insiste también en su cambio como personaje en la industria musical, creando un alter ego que le permitía una condición de personaje casi misterioso, alguien difícil de descifrar. Algo que atrapara a sus fans y que lo encumbrara a ser la estrella que siempre estuvo destinado a ser. En ese sentido, la película establece un contraste claro entre dos mundos. Por un lado, sus fans, presentados como su verdadera familia, ese abrazo colectivo que lo sostenía emocionalmente y lo apoyaba; por otro, su familia de sangre, a la que buscaba constantemente enorgullecer, pero que lo seguía viendo como ese niño que nunca dejó de ser del todo y al que no dejaban volar.

Ese concepto del niño perpetuo atraviesa todo el relato. La fascinación que siente por Peter Pan, Neverland y esa sensación de no haber tenido nunca una infancia real construyen un personaje que parece vivir entre la fantasía y la necesidad de afecto. La película apunta incluso a su dificultad para establecer vínculos reales: más allá del escenario, sus relaciones aparecen marcadas por la desconfianza. Sus animales —con los que llegó a formar un pequeño zoológico— se presentan como ese refugio emocional sincero, ajeno al interés, en contraste con un entorno humano que constantemente parecía esperar algo de él.

Y, sin embargo, pese a todo, Michael Jackson emerge como una figura que siempre se dio a los demás. La película subraya esa entrega absoluta —al público, a su arte, a quienes le rodeaban— hasta el punto de volverse contra sí mismo. Una estrella descomunal que brillaba para todos, incluso cuando eso implicaba apagarse por dentro.

En el apartado técnico, la película destaca con fuerza. La dirección de Antoine Fuqua apuesta por un enfoque inmersivo, con una narrativa que no da tregua y que mantiene al espectador dentro de la historia en todo momento. El montaje es ágil, preciso, sabiendo cuándo acelerar y cuándo detenerse para dejar respirar las emociones sin romper el ritmo. Y el trabajo de sonido es, sencillamente, sobresaliente: cada actuación, cada ensayo y cada transición musical están diseñados para envolver al espectador y hacerle sentir dentro del proceso creativo.

Esa es, precisamente, una de las grandes virtudes de Michael: la constante sensación de estar dentro de la película. No hay pausas cómodas ni momentos de desconexión; el relato te arrastra, te mantiene en tensión emocional y artística, y no te permite salir de él. Cuando termina, lo hace dejando una sensación clara: esto no ha hecho más que empezar. Queremos más.

La propia película parece consciente de ello y lo subraya con una frase final que apunta directamente a una posible continuación. Todo indica que la historia de Michael Jackson no se quedará aquí y que, próximamente, seguiremos explorando la vida de un icono cuya dimensión artística y cultural sigue siendo inabarcable. Y, después de este primer acercamiento, las ganas de más son inevitables.

Crítica realizada por Norman Marsà

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