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04.06.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Mi madre muerta – Crítica 2026

El Teatro del Barrio de Madrid acoge Mi madre muerta, una creación de las artistas Greta&Anna que aborda el tabú del duelo materno. A través de la danza, el sarcasmo y el humor negro, la pieza transforma la inevitable pérdida de una madre en un rito personal de despedida donde el movimiento dialoga con una escultura familiar que simboliza todo el árbol genealógico.

El equipo artístico está integrado por Greta&Anna en el concepto y creación, Greta García en la interpretación y coreografía, Anna Jonsson a cargo de la escultura, el espacio escénico y el vestuario, y Alberto Cortés en la dramaturgia y asistencia de dirección. La iluminación corre por cuenta de Benito Jiménez, la escenografía es de Julia Rodríguez y la música y espacio sonoro de Susana Hernández, completando el equipo José Toro y Tino Yamuza en la fotografía y la cura en el vídeo.

Greta García solo quería bailar, y después, que sus progenitores mueran. Muere, papá es el libro que acaba de publicar la Editorial Tránsito, y ahora, este estreno, Mi madre muerta, en el que se enfrenta a la muerte de su abuela-madre, transmutada en madre-hija. Si en el libro explora la relación padre-hija, la convivencia, los traumas familiares y el miedo a la muerte a raíz de que ella vuelve a vivir con él tras una ruptura (en castellano), aquí, en sueco, vive/¿revive? la muerte de su abuela y la no-muerte de su madre (presente entre el público el día de la representación).

Elvis, un viaje, el diablo, la muerte, un cuerpo presente, un traje de Elvis, una sala de hospital, un imperativo kom, kom, kom, un no llegar a tiempo, un perchero invisible, el tedio infernal de la espera, la negación, el no respuesta, el rigor mortis, la negación, el refugio en la fe, la realidad del silencio divino, la consternación, la regresión, la aceptación, y una despedida. El viaje de Greta García por Mi madre muerta es la travesía por el luto inmediato, la sorpresa por la celeridad de la muerte, y la asimilación de la categoría literaria y literal de la orfandad. Huérfana. La única suma es una letra muda y la mutación nominal en una resta vital y sentimental como es perder a un ser querido, o no, pero fundamental como es la persona de la cual has salido; aquellx que decidió tu existencia, la responsable de tu vida. Aquellx que formó tu carne, y dio impulso vital a tu ser actual.

La sombra de la protagonista tiene forma de demonio, y ese ser duplicado y oscuro acompañará a la protagonista, entre el hastío y la inevitabilidad, a la asimilación de que la madre ha muerto. Y todo es tan raro como el meme de que un payaso se presente en tu funeral, o tu acudas al funeral de tu enemigo vestido de payaso. Aquí ella acude vestida de Elvis, de un Elvis crepuscular, de blanco y brillos para resaltar sobre el blanco escenario del blanco hospital. Un blanco sobre blanco para enfrentar un luto contradictorio y nada luminoso. Las gafas oscuras tras las que se esconde el enfado (en sueco) dejan paso a unos ojos desmaquillados a base de lágrima y sudor, que muestran vulnerable a Greta García y todo su deambular por esa sala mortuoria-escenario, en la que se desarrolla la acción.

Alberto Cortés aporta una dramaturgia marciana, caricaturesca, e inesperada, en sueco. Greta García, doblemente intérprete entrega el texto y traduce en gestualidad todo el dolor en el mismo contenido. Y es sorprendente, pero funciona. La gestualidad, dicción, y la impactante presencia de la escultura madre de Anna Jonsson en escena me llevan por momentos a Bergman (0,60 por mi parte) y al cine de Roy Andersson y sus cuadro incómodos y absurdos en los que cabría posicionar a Greta García en La comedia de la vida, por ejemplo, con esta madre muerta.

Mi círculo íntimo sabe que llamo cariñosamente a Ingrid García-Jonsson «la prima» porque la veo en proyectos y lugares mas que a mi familia, y eso convierte a Greta García en mi prima, y todo ello se traduce en que hay que apoyar a la familia y que L. también es primo de ambas y además cuenta con el full díptico de la muerte de los padres al haberse leído ya el libro de Tránsito, porque se lo regalé nada más salir. El éxito de la adaptació de su libro Solo quería bailar, agotando entradas en cada suma de fechas del Teatro del Barrio, y ahora esta visita a los escenarios en lo que para mi es todo un ejercicio de performance dramática, en la línea de mi mal entendida «artes vivas», pero ya totalmete asimilada. Mi madre muerta es un híbrido escénico, un jugoso injerto en el que la escultura, la danza, la interpretación y el clown como arte transversal, tienen cabida en escena, y yendo más allá en el poder del cuerpo y la ruptura de la palabra y el idioma a través del mismo. El idioma universal, el esperanto real es la gestualidad y la sensibilidad transmitida a través del cuerpo y los ojos.

Mi madre muerta no será el espectáculo total, el éxito arrollador de taquilla y crítica, la comidilla del Benteveo y de los cócteles en la ceremonia de los Max, pero es proyecto transversal, significativo y dinamizador que da sentido al teatro alternativo, a las salas que apuestan por ello al margen del nombre y la taquilla deseada, y al crecimiento de artistas y estirpes donde el nepotismo pierde su sentido y crece en significado. Donde el valor del esfuerzo, la profesionalidad y el servicio al arte son compromiso y respeto y no privilegio y herencia. Una lección escénica de cómo el dolor privado se transforma en una liturgia colectiva y necesaria.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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