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04.06.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
L’últim àtom – Crítica 2026

L’últim àtom puede verse estos días en el Teatre Goya de Barcelona. La nueva propuesta de Jordi Oriol vuelve a demostrar que pocos autores juegan con el lenguaje, las ideas y las contradicciones humanas con tanta libertad como él.

Una tragicomedia apocalíptica, tan divertida como inquietante, que mezcla ciencia, lingüística, física cuántica y drama familiar para hablar de algo mucho más universal: nuestra necesidad de encontrar explicaciones cuando la realidad deja de tener sentido. Y lo hace con el humor inteligente, los juegos de palabras y el caos controlado que caracterizan el universo creativo de Oriol.

La obra nos sitúa en un mundo dominado por la incertidumbre. Mientras un grupo de asesores científicos intenta dar respuesta a una amenaza que parece poner en jaque la propia existencia, una familia lidia con la desaparición de una hija y con la pérdida progresiva del lenguaje de la abuela. A partir de ahí, la función enfrenta dos formas de entender el mundo: la ciencia y las palabras. ¿Deja de existir aquello que dejamos de nombrar? ¿O son precisamente las palabras las que terminan construyendo nuestra realidad? Sobre estas preguntas aparentemente abstractas, Oriol construye una historia sorprendentemente humana.

Como director, Jordi Oriol vuelve a demostrar una capacidad poco habitual para convertir conceptos complejos en material escénico vivo. La función avanza constantemente entre el pensamiento y la acción, entre la reflexión filosófica y la comedia más disparatada, manteniendo siempre una energía contagiosa. Su dirección encuentra un equilibrio admirable entre el juego intelectual y la emoción, evitando que el espectáculo se convierta en un mero ejercicio teórico. Incluso en sus momentos más abstractos, la historia nunca pierde el contacto con las personas que la habitan.

La dramaturgia es, sin duda, uno de los grandes atractivos del montaje. Oriol construye un texto lleno de capas, dobles sentidos, asociaciones inesperadas y constantes juegos lingüísticos que obligan al espectador a mantenerse alerta. Los diálogos son rápidos, ingeniosos y exigentes, pero nunca gratuitos. Bajo la aparente diversión verbal se esconde una reflexión profunda sobre la pérdida, el duelo, la memoria y la necesidad humana de inventar relatos para sobrevivir a aquello que no comprendemos. La incertidumbre, tanto científica como emocional, se convierte en el verdadero motor de una obra que disfruta cuestionando nuestras certezas.

En escena, Joan Carreras lidera el reparto con una interpretación de enorme precisión, moviéndose con naturalidad entre el humor, la desesperación y la reflexión existencial. Su capacidad para transitar constantemente entre el pensamiento racional y la fragilidad emocional resulta fundamental para sostener una función que nunca deja de desafiar al espectador. A su lado, Mia Esteve aporta humanidad y sensibilidad a un personaje que actúa como anclaje emocional dentro de una trama que juega continuamente con conceptos abstractos y teorías científicas. Carme Milán encuentra el equilibrio perfecto entre vulnerabilidad, ironía y cercanía, construyendo una presencia escénica que aporta profundidad y ligereza a partes iguales. Por su parte, Carles Pedragosa vuelve a demostrar una versatilidad admirable, integrando interpretación y música con absoluta naturalidad y convirtiéndose en una pieza indispensable dentro del engranaje escénico diseñado por Oriol. Completa el reparto Lara Segur, cuya “presencia casi celestial”, acompañada del regidor Rubén Ametllé, añade nuevas capas de misterio a una propuesta que disfruta constantemente jugando con las certezas del espectador. Entre todos construyen un conjunto extraordinariamente sólido, capaz de sostener un texto complejo y exigente sin perder nunca la emoción, el humor ni la humanidad que laten bajo sus múltiples capas de significado.

En el apartado técnico, la propuesta apuesta por una aparente sencillez que esconde una enorme inteligencia escénica. La escenografía y el vestuario diseñados por Sílvia Delagneau y Max Glaenzel y Marc Udina Duran encuentran en unas grandes pizarras móviles el elemento central de la función, transformando constantemente el espacio y permitiendo que los diferentes escenarios aparezcan y desaparezcan con fluidez. Las proyecciones de Marc Permanyer Conde amplían el universo visual del montaje, mientras que la iluminación de David Bofarull y el espacio sonoro de Rai Segura refuerzan esa sensación permanente de realidad inestable. La música original de Carles Pedragosa se integra orgánicamente en la narración, aportando ritmo y personalidad a una propuesta que no deja de transformarse delante de nuestros ojos.

L’últim àtom tiene la rara virtud de convertir conceptos complejos en emociones reconocibles. Jordi Oriol construye un espectáculo que divierte, desconcierta y estimula a partes iguales, invitando al público a participar activamente en el juego sin renunciar nunca a la emoción. Una propuesta inteligente, imaginativa y profundamente teatral que confirma que las grandes preguntas también pueden formularse desde el humor, la sorpresa y el placer de dejarse llevar por lo inesperado.

Crítica realizada por Norman Marsà

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