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28.02.2025 Teatro  
Los niños de la tele – Crítica 2025

Quien fuese niño en los 2000 conoce la entradilla musical de Doraemon, la serie de dibujos animados sobre un gato robot capaz de cumplir todos los deseos de Nobita, su torpe amigo de ideas rocambolescas. Sus aventuras cotidianas en un pequeño pueblo de Japón marcaron la infancia de toda una generación que cantaba al unísono: “Ojalá mis sueños se hicieran realidad…”

La melodía, que transporta a cualquier millennial a esa época de zapping en la televisión, se escucha por unos segundos en el interior de un salón vacío y oscuro, decorado con serpentinas y cortinillas de flecos brillantes. Un dibujo cutre de Juan y Medio cuelga en el centro de la pared, rodeado de mesas con botellas de ginebra, whisky, cerveza barata y una banderilla donde se lee “enhorabuena”. Este es el preludio de Los niños de la tele, obra dirigida por Alberto Sabina que se representa hasta el 30 de marzo en el Teatro Lara de Madrid.

Esta comedia ácida, que se erige desde una base nostálgica, cuenta la historia ficticia de cinco jóvenes cuya infancia destacó por su participación en el programa de Menuda noche, dirigido por el carismático y mítico presentador de Canal Sur, Juan y Medio. El relato, ideado por los dramaturgos Adrian Pino y Carlos Moya, comienza con el reencuentro del grupo en esa excéntrica habitación ambientada como si se tratase de una fiesta pobretona de instituto.

Los protagonistas, transitando la ilusión por un lado y la incertidumbre por otra, esperan que esta enigmática reunión a la que han sido citados cambie, de alguna forma, el transcurso de sus vidas. Con esta excusa narrativa, los autores exploran temas como el paso del tiempo, las expectativas y ambiciones personales, el fracaso y la ansiedad. Los personajes, que inician el recorrido dramático a través de la estereotipación, desvelan poco a poco una realidad oscura, triste y angustiosa que busca conectar con la sensación de vacío e incertidumbre que siente la mayoría de jóvenes.

Es interesante esa búsqueda constante que ofrece el texto por intentar entender a toda una generación a través de un relato tan extravagante, aunque en ocasiones falta que las escenas de mayor intensidad dramática respiren por sí mismas y se desarrollen con más calma. El humor, que realmente apela al público gracias a sus constantes referencias de la cultura pop, engulle el drama que rodea el sentido más profundo de la obra. A pesar de todo, se trata de una historia divertida, tierna y original, que interesa por su inmenso potencial.

Los actores se comprometen con fidelidad a sus personajes, lo que genera en los espectadores ternura y empatía. Asimismo, su vis cómica arranca carcajadas y los juegos en los que rompen con la cuarta pared, haciendo partícipe al público de sus singulares interpretaciones, enganchan aún más a esta historia sobre la identidad, la pérdida y la huida del pasado. La escenografía es sencilla, pero efectiva: un único espacio que refleja con gracia la decadencia a la que están expuestos los personajes. La acompaña la iluminación, que consigue en ciertos puntos clave de la historia generar la ambientación de un plató de televisión.

Sin embargo, quizá una de las claves esté en la música: la nostalgia generada por el texto dramático se sostiene con fuerza gracias a los recuerdos que emanan de las canciones que podemos escuchar durante la obra. Fragmentos de Antes muerta que sencilla, de María Isabel; Cuéntame, de la famosa serie de televisión; o la intro de Pokémon componen una banda sonora perfecta para una historia que habla sobre la búsqueda de la felicidad, la memoria de la infancia y la incertidumbre del futuro.

Crítica realizada por Judith Pulido

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