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22.06.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Los Estunmen – Crítica 2026

Hay creadores cuya llegada a un escenario genera automáticamente expectación. Eso ocurre con Nao Albet y Marcel Borràs, que presentaron en los Teatros del Canal de Madrid Los Estunmen, una propuesta que supone su primera incursión en el universo operístico sin renunciar a las señas de identidad que han convertido su trabajo en una de las voces más singulares de la escena contemporánea.

Hay algo especialmente coherente en que la primera ópera de Nao Albet y Marcel Borràs nazca de una ficción anterior. En De Nao Albet y Marcel Borràs, la pieza con la que ambos imaginaron su propio futuro artístico, hablaban de una hipotética separación y terminaban anunciando una ópera que algún día crearían juntos. Los Estunmen es precisamente esa ópera. Una promesa escénica convertida en realidad y, al mismo tiempo, un nuevo juego metateatral en el que los límites entre vida, ficción y representación vuelven a difuminarse.

Fieles a una trayectoria marcada por el humor, la ironía y el placer de experimentar sobre el escenario, Albet y Borràs se adentran ahora en el territorio operístico sin abandonar las herramientas que han definido su lenguaje artístico. Más que una incursión en la ópera tradicional, Los Estunmen funciona como un artefacto híbrido donde conviven música, teatro, cine, acción y performance.

La historia sigue a Evangelina, una madre devastada tras la muerte de su hijo. Movida por la necesidad de encontrar respuestas y consumida por un deseo creciente de venganza, emprende un viaje marcado por la violencia. A medida que avanza en ese recorrido, la protagonista experimenta una transformación física y simbólica que la aproxima progresivamente a los códigos de la masculinidad heroica. La pregunta que parece atravesar toda la propuesta es tan incómoda como pertinente: ¿qué relación existe entre nuestros modelos de heroísmo y las formas de violencia que hemos normalizado culturalmente?

El título no es casual. Los «estunmen«, adaptación fonética del término inglés stuntmen, son los especialistas que arriesgan su cuerpo en las escenas de acción mientras permanecen ocultos tras el brillo de los protagonistas. Convertidos aquí en metáfora del héroe contemporáneo, estos dobles de riesgo ocupan el centro de una reflexión que cuestiona la construcción de la masculinidad desde la acción, la fuerza y la capacidad destructiva.

La escenografía de Max Glaenzel, situada a medio camino entre un plató cinematográfico y un espacio teatral en permanente construcción, refuerza esa sensación de juego constante. Como sucede en buena parte de la obra de Albet y Borràs, el espectador asiste simultáneamente a la ficción y a los mecanismos que la producen. El artificio no se esconde; se exhibe.

En ese sentido, Los Estunmen mantiene intacta una de las principales virtudes del dúo: su capacidad para convertir el escenario en un espacio de experimentación lúdica. Todo parece estar en movimiento. Los personajes se duplican, las convenciones se rompen y las referencias culturales se acumulan en una propuesta que oscila continuamente entre la parodia y la reflexión.

La partitura de Fernando Velázquez aporta una dimensión cinematográfica que dialoga perfectamente con el universo planteado por los directores. Lejos de buscar una solemnidad operística tradicional, la música acompaña el carácter cambiante del espectáculo y participa de su tono irónico, exagerado y conscientemente excesivo.

Quizá sea precisamente ese exceso una de las claves de la propuesta. Los Estunmen no busca la pureza de los géneros ni la claridad de los discursos. Prefiere la acumulación, la mezcla y el riesgo. Como los especialistas a los que homenajea, la obra parece lanzarse continuamente al vacío para comprobar qué ocurre durante la caída.

El resultado es un espectáculo tan inclasificable como reconocible dentro del universo creativo de Nao Albet y Marcel Borràs: una celebración del juego escénico que utiliza la ópera para cuestionar los relatos heroicos y las formas de masculinidad que aún sostienen buena parte de nuestra cultura visual.

Crítica realizada por Mar Gimeno

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