
En la sala Nave 73 de Madrid se pudo ver recientemente Los cuerdos de Valencia, de la compañía Bestiario, dentro del ciclo ClasicOFF; una propuesta sobre la locura y el refugio en un sanatorio con un enredo ingenioso.
Los cuerdos de Valencia cuenta con dramaturgia de creación colectiva de Ruth Rubio, Mariano Estudillo y Bestiario a partir de Lope de Vega, dirección de escena de Mariano Estudillo, interpretación de Bestiario (Patricia Berenguer, Lorena Cervera, Moisés Chic, Pablo Ríos Negueruela y Paula Susavila), producción de Bestiario y Bululú2120, iluminación de Adela Plata, asesoría de movimiento de Xavi Vila, diseño de sonido con asesoría de Ruth Rubio, vestuario de Juan Sebastián Domínguez, diseño gráfico de Paula Susavila, fotografía de Albufera99 y prensa de Amanda H C – Proyecto Duas.
El montaje bebe de dos ingredientes principales que conforman este particular agua de valencia: por un lado, el enredo y la locura de la clásica comedia de Lope de Vega Los locos de Valencia (1620), una trama ambientada en un hospital psiquiátrico donde personajes como Floriano y Erífila fingen demencia y se ven envueltos en celos, confusiones y falsos encierros; y por otro, el espíritu insurrecto y la sátira política del P.A.R.R.Ú.S. (Partido Anacoreta Revolucionario Reconstituido Universalmente Salido), perteneciente a la internacional N.A.B.O. (Naciones Anacoretas Beneméritamente Obtusas), aquel movimiento de guerrilla comunicativa creado entre 1976 y 1988 por Manolo “el Bigotes” que utilizó el humor corrosivo y la ironía para ridiculizar la Transición, la clase política y los convencionalismos de la sociedad valenciana de la época.
En Los cuerdos de Valencia, aquellos «locos» ya seguían la lógica actual integradora y en el refugio actual prima más un «ya que me van a tomar por loco, pues me lo hago», ya que todos los personajes se mueven en un ideario con los puntos: religión («Nos cagamos en dios y su madre»), economía («Bueno, bonito y barato»), sexo («Hermafroditismo»), cultura («Toros, fumbol y breake dance»), militarismo («Cerdos y bellotas»), ecología («Quema tu pino….si quedan»), trabajo («El paro es el estado ideal de la persona»), terrorismo («Entre terror y terrorismo preferimos a los mismos»), feminismo («Contra el machismo feminista trasnochado»), enseñanza («Analfabetismo integral») y muerte («Lo único que tenemos claro»). Poco separa esto el 1976 al 2026 con el fascismo aún campando a sus anchas e idearios incendiarios literal, y figuradamente, convertidos en realidad, sin atisbo de la ironía y el absurdo de la falsa Transición.
La creación colectiva de la dramaturgia de este proyecto la siento tan volátil como una mascletá y la dirección de Mariano Estudillo ruidosa, breve, explosiva y dispersa, como el humo provocado por la pirotecnia. Nunca he asistido a Fallas (¿quién me invita?) pero asumo que la sensación de irrealidad y confusión en medio del despliegue de pólvora, gente y cerveza Turia, debe ser lo más próximo a la función a la que asistí. Solo en los últimos minutos sentí que todo se posaba, el texto tomaba tierra, y tanto el devenir por el escenario, la interpretación del elenco, y el argumento reposaban y pasaban a tener una entidad.
Si Lope aquí es el zumo de naranja, y el P.A.R.R.Ú.S., el cava; el vodka es Bestiario (con un extra shot de Moisés Chic, desatado e hilarante), y la ginebra es Mariano Estudillo; en este agua de valencia a la que me ha faltado el azúcar. Muy posiblemente Bestiario sea, como compañía en la actualidad, junto a La Ferviente, los dos colectivos creadores con más entidad y proyección, surgidos del OFF, con gran foco en el Clásico, e interesantísimos enfoques renovadores del mismo, que merezcan máxima atención en el circuito nacional, y en Los cuerdos de Valencia, habiendo unido talentos con el de Estudillo como figura excelente e indispensable del Teatro Clásico (con mayúsculas); sirven un combinado que se me sube demasiado rápido y no me deja disfrutar del trago. ¿Seguiré bebiendo de ellos?, si, pero mañana no diré que no vuelvo a beber cuando me explote la cabeza del resacón, solo que lo haré con más moderación, y espero que la mezcla esté más equilibrada.
Siento mucha paz y orgullo viendo crecer en escena a Bestiario, no ya solo con que sigan avanzando juntxs en la misma dirección y formación, sino cuando mantienen una entidad autorreferencial que las conecta con los orígenes. Que la composición de la escenografía me lleve a la excelente Antigonía y a Jerusalén en llamas. Que se siga apostando por un diseño de vestuario que aporte, por su presencia (o ausencia), con Juan Sebastián Domínguez elevando este proyecto escénico y revisitando «lo valenciano» (al que solo me ha faltado una referencia al technito de La Ruta, ¿o me la he perdido?), y al final lo que queda es eso: un grupo que hace lo que le da la gana con una personalidad brutal. Que sigan desbordaos y agitando el cotarro, porque falta nos hace.
Crítica realizada por Ismael Lomana




