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02.06.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Los Brutos – Crítica 2025

¿Qué permanece en la memoria? El mecanismo del recuerdo es complejo y fascinante. A veces, parece incluso azaroso. Los brutos, obra escrita y dirigida por Roberto Martín Maiztegui y representada en el Teatro Valle Inclán de Madrid, explora las evocaciones a través de una historia sencilla, articulada como si fuera el montaje de una película en la que se cortan, se desechan o se seleccionan los momentos que marcan la vida de una persona.

El protagonista es Nito, un chico del barrio de Aluche que sueña con contar historias, con hacer cine. Su recorrido lo lleva desde los bloques de toldo verde hasta las instalaciones de la ECAM, la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid. Desde ahí, ya transformado, se vuelve hacia su infancia y adolescencia para tratar de recomponer aquello que fue dejando atrás: su familia, su mejor amigo, su primer amor. Lo hace escribiendo un guion, una película sobre su propia vida, como si a través del cine pudiera recuperar lo que perdió. Como si pudiera montar los “brutos” —ese material en bruto que da título a la obra— de su historia personal y darles otro sentido.

Maiztegui, que parte de un origen similar al de su personaje, explora en este relato un dilema profundo: cómo se negocia la tensión entre la persona que fuiste y la que aspiras a ser. Y lo hace sin grandilocuencias, con una delicadeza que permite detenerse en escenas pequeñas, a veces cómicas, otras veces duras, siempre honestas. Lo que queda atrás —las personas, los lugares, los afectos— no se idealiza ni se desprecia. Se observa con esa mezcla incómoda de ternura y culpa que marca todo proceso de transformación.

La interpretación de Francesco Carril es clave para sostener ese equilibrio. Nunca fuerza la emoción, nunca subraya. Lo suyo es una presencia melancólica, casi transparente, que permite que la obra respire en su complejidad. A su lado, Javier Ballesteros, Ángela Boix, Olivia Delcán y Emilio Tomé se desdoblan en una galería de personajes secundarios que construyen el ecosistema emocional de Nito: la familia, el amor, la amistad, la ambición… Juntos forman parte de un todo que ayuda a entender la complejidad emocional del personaje principal: sus dudas, sus errores, sus frustraciones y arrepentimientos.

La escenografía de Mónica Boromello funciona como una metáfora visual: dos maquetas enfrentadas, una del barrio, otra de la escuela de cine. Entre ambas, Nito se mueve como quien intenta conectar dos geografías que, en realidad, parece que se resisten a tocarse. Son la representación de un mundo que solo existe en su memoria.

Los brutos es un obra que no necesita artificios, lo que cuenta conecta con el público por su sencillez: cómo se construye una vida nueva con los restos de la anterior. Una obra que no pide perdón, no dramatiza el arrepentimiento. Solo observa con claridad y nos invita a hacer lo mismo. Porque a veces no hay redención posible, solo la necesidad de contarlo.

Crítica realizada por Judith Pulido

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