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24.07.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
L’esquerda en el món. Grec Festival – Crítica 2026

L’esquerda en el món no pretende ponerle las cosas fáciles al espectador. La obra de Roland Schimmelpfennig, dirigida por Rodrigo García Olza y representada en la Sala Versus Glòries de Barcelona dentro de la programación del Grec Festival Barcelona, propone un relato fragmentado que obliga al público a recomponer las piezas de un complejo puzzle sobre el poder, las desigualdades y las relaciones humanas.

Todo comienza en la lujosa villa de Tom, un poderoso empresario del sector de los satélites, coleccionista de arte y mecenas, y de su esposa Sue, antigua asistenta convertida en compañera de vida. Hasta allí llegan Sophia, una joven artista que busca financiación para su proyecto, y Jared, un acompañante cuya identidad nunca termina de definirse por completo. Entre todos ellos aparece Mary, la empleada del hogar, una figura aparentemente secundaria que termina revelándose como el auténtico eje del relato. Es ella quien abre y cierra la función, quien barre los restos que los demás dejan a su paso y quien, de algún modo, intenta devolver el orden a un universo construido sobre el desequilibrio.

Ahí reside la gran metáfora de la obra. La grieta del título no hace referencia únicamente a la distancia entre riqueza y pobreza, sino también a las fracturas que separan a cada uno de los personajes entre sí. La grieta entre Tom y Sue. La de Sophia y Jared. La que existe entre los privilegiados y quienes aspiran a formar parte de ese mundo. Incluso la que separa a Mary de una familia que insiste en tratarla «como una más», aunque nunca deje realmente de ocupar el lugar de quien recoge los pedazos del desastre ajeno.

Schimmelpfennig construye este universo mediante una estructura deliberadamente fragmentada. A través de multitud de escenas breves, repeticiones, flashbacks e inserciones narrativas, va completando un rompecabezas donde cada nueva pieza rellena los huecos que las anteriores habían dejado abiertos.

Sin embargo, esa apuesta dramatúrgica hace de L’esquerda en el món una obra tan interesante como exigente. Lejos de seguir una estructura narrativa convencional, Schimmelpfennig construye el relato a partir de constantes repeticiones, cambios de perspectiva y saltos temporales que obligan al espectador a reconstruir continuamente la historia. La fragmentación no responde a un capricho formal; forma parte del propio discurso de la obra. Pero esa decisión convierte la función en una experiencia que interpela antes al intelecto que a la emoción, exigiendo una atención constante para no perder el hilo de cuanto sucede sobre el escenario.

Y, pese a ello, la dirección de Rodrigo García Olza consigue mantener una notable coherencia escénica. No era una tarea sencilla trasladar a escena un texto de estas características. El director encuentra un ritmo preciso para que cada fragmento aporte una nueva información y consigue que las continuas rupturas temporales y narrativas no terminen convirtiéndose en un caos absoluto. Su trabajo demuestra una lectura muy clara del material original y una planificación minuciosa que permite que el complejo engranaje dramatúrgico funcione con solvencia.

Donde el montaje encuentra uno de sus mayores aciertos es en el trabajo del reparto. Los cinco intérpretes afrontan un texto de enorme complejidad, en el que cualquier mínima desviación podría hacer descarrilar el engranaje de una función construida sobre repeticiones, cambios de punto de vista y continuos saltos temporales. El mérito reside precisamente en hacer comprensible una escritura que no siempre busca serlo.

Assun Planas destaca con una Mary que termina convirtiéndose en el verdadero hilo conductor de la historia. Mientras los demás personajes dejan aflorar sus contradicciones, sus frustraciones y sus privilegios, ella permanece recogiendo los fragmentos del caos, barriendo literalmente aquello que los otros van dejando tras de sí. Su presencia, aparentemente discreta, acaba adquiriendo un enorme peso simbólico, convirtiéndose en la figura que abre y cierra el relato y en quien intenta recomponer un mundo hecho añicos.

También sobresale Magdalena Sbert dando vida a Sophia, una artista atrapada entre sus aspiraciones artísticas y la necesidad de obtener el respaldo económico de un mecenas capaz de decidir el futuro de su obra. La actriz construye un personaje lleno de matices, en constante conflicto entre el deseo de mantener su independencia y la tentación de cruzar esa grieta que separa la precariedad del poder.

Junto a ellas, Philip Rogers compone un convincente Tom, un empresario multimillonario acostumbrado a controlar cuanto ocurre a su alrededor y cuya aparente seguridad esconde numerosas fisuras. Ann Perelló dota a Sue de una interesante ambigüedad, marcada por un pasado que nunca desaparece del todo, mientras que Pol Sanuy defiende con solvencia a Jared, un personaje tan enigmático como vulnerable, constantemente eclipsado por quienes lo rodean. Los cinco construyen un conjunto muy sólido y perfectamente sincronizado, indispensable para que una dramaturgia tan fragmentada consiga sostenerse sobre el escenario.

La escenografía de Roger Orra apuesta por la sencillez, pero encuentra en la estructura suspendida sobre el escenario su elemento más elocuente. Sus fragmentos metálicos caen una y otra vez marcando los cambios de escena y reforzando visualmente la idea de un mundo roto que intenta recomponerse sin conseguirlo del todo. Una solución escénica sencilla, eficaz y plenamente integrada en el discurso de la obra.

Donde el montaje genera más división es en la propuesta de iluminación de Carolina Durian. Los constantes cambios lumínicos que acompañan los pensamientos de los personajes generan una tensión permanente que, aunque probablemente sea una decisión plenamente consciente para reforzar la incomodidad del texto, acaba resultando excesiva. Lejos de facilitar la inmersión en la historia, esos continuos cambios terminan acentuando la sensación de fragmentación y dificultan todavía más el seguimiento de una obra ya de por sí exigente.

L’esquerda en el món plantea preguntas pertinentes sobre las desigualdades sociales, el poder, el capitalismo o las relaciones humanas, utilizando la grieta como una metáfora que atraviesa a todos sus personajes. Es una propuesta inteligente, ambiciosa y muy bien defendida por su equipo artístico, especialmente por un reparto que sostiene con firmeza un texto de enorme dificultad. Sin embargo, su estructura deliberadamente fragmentada y una duración que acaba haciéndose excesiva hacen que la experiencia resulte más estimulante desde el plano intelectual que desde el emocional. Una propuesta tan estimulante como desafiante, que encuentra en su propia complejidad tanto su mayor virtud como el principal motivo por el que no conseguirá conectar con todos los espectadores.

Crítica realizada por Norman Marsà

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