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06.06.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Le nozze di Figaro – Crítica 2026

La nueva Le nozze di Figaro de Mozart, estrenada anoche en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, llega de la mano de Marta Pazos con una propuesta tan irreverente como fascinante. Color, exceso y sátira se ponen al servicio de una lectura contemporánea sobre el poder, el deseo y las relaciones humanas que difícilmente deja indiferente.

Basada en la obra de Beaumarchais y con libreto de Da Ponte, Le nozze di Figaro nos traslada a una única jornada en el castillo del Conde Almaviva, donde Fígaro y Susanna preparan su boda mientras intentan esquivar los intentos del Conde por seducir a la joven criada. A partir de ahí, celos, disfraces, engaños, conspiraciones y malentendidos se entrelazan en una maquinaria teatral perfecta que, bajo su apariencia de comedia, esconde una feroz crítica a los privilegios de clase y al abuso de poder.

La visión de Marta Pazos es, sin duda, el gran acontecimiento de la velada. La directora gallega afronta su primer Mozart desde una estética que le es plenamente reconocible: exuberante, colorista, provocadora y profundamente teatral. Inspirándose en el universo camp, Pazos transforma el castillo sevillano en una gigantesca celebración donde todo parece estar a punto de desbordarse. Lo que podría haber quedado en un mero ejercicio visual encuentra sentido gracias a una dirección actoral muy precisa que entiende que Le nozze di Figaro es, ante todo, una obra coral donde cada personaje posee una función dramática esencial. Su propuesta exagera los códigos de la comedia sin perder nunca de vista la humanidad de quienes habitan la escena, potenciando además los temas de género, deseo y poder que atraviesan la obra de Mozart y Da Ponte.

En el reparto principal, el Fígaro de Luca Pisaroni se convierte en el perfecto eje de la función. Pisaroni dota al personaje de una mezcla de inteligencia, ironía y cercanía que funciona a la perfección dentro del universo planteado por Pazos. Su presencia escénica resulta constante y su experiencia le permite navegar con soltura por una producción que exige tanto precisión musical como una elevada implicación teatral.

Frente a él, la Susanna de Sara Blanch emerge como una de las grandes triunfadoras de la noche. Pazos potencia la inteligencia y la independencia del personaje, y Blanch responde con una interpretación llena de vitalidad. Su naturalidad escénica es extraordinaria; parece moverse por este universo como si le perteneciera. A ello suma una prestación vocal brillante, luminosa y precisa, construyendo una Susanna moderna, ingeniosa y profundamente carismática.

La Condesa Almaviva de Adriana González aporta el necesario contrapunto emocional a la función. Su personaje aparece rodeado de una melancolía elegante que nunca cae en el victimismo. González ofrece una interpretación de enorme sensibilidad, construyendo una mujer herida pero jamás derrotada, capaz de mantener intacta su dignidad pese a las humillaciones sufridas. Vocalmente firma algunos de los momentos más bellos de la velada gracias a un canto refinado, lleno de matices y sostenido por una musicalidad exquisita.

Por su parte, Andrè Schuen dibuja un Conde Almaviva tan seductor como profundamente desagradable. Lejos de convertirlo en un villano caricaturesco, construye un personaje consciente de su posición de privilegio y acostumbrado a imponer su voluntad sobre quienes le rodean. Su autoridad escénica resulta incontestable y sirve para reforzar la dimensión crítica de la propuesta.

Pero si hubo una intérprete capaz de poner de acuerdo a prácticamente todo el teatro fue Julia Lezhneva en el papel de Cherubino. Su trabajo es sencillamente excepcional. Desde su primera aparición se adueña del escenario gracias a una mezcla irresistible de frescura, comicidad, vulnerabilidad y magnetismo. Cada gesto, cada mirada y cada movimiento parecen medidos con precisión milimétrica, convirtiendo al joven paje en uno de los personajes más fascinantes de la función. Vocalmente ofrece una interpretación brillante, elegante y llena de intención dramática. No es extraño que recibiera algunas de las mayores ovaciones de la noche junto a Adriana González y Sara Blanch. Su Cherubino no solo funciona: roba cada escena en la que aparece.

Entre los secundarios destaca la Marcellina de Mireia Pintó, siempre sólida y perfectamente integrada en el tono de la producción. También resultan especialmente eficaces las intervenciones de Moisés Marín como Don Curzio, Lucía García como Barbarina y Luis López Navarro como Antonio, todos ellos aportando personalidad propia dentro de un engranaje escénico de gran complejidad.

En el apartado técnico es donde la propuesta alcanza su máxima personalidad. La escenografía de Max Glaenzel construye un enorme artefacto teatral en constante transformación que funciona como una gran caja de juegos donde los personajes se esconden, se persiguen y se exponen constantemente a la mirada del espectador. Lejos de limitarse a ser un fondo espectacular, la escenografía se convierte en un elemento narrativo fundamental, permitiendo que la acción fluya con dinamismo y potenciando el carácter lúdico de la propuesta.

Igualmente sobresaliente resulta el vestuario de Agustín Petronio. Su trabajo abraza sin complejos el exceso visual que plantea Marta Pazos con una genialidad desbordante. Petronio despliega una explosión de colores, texturas y formas que oscilan entre lo festivo, lo carnavalesco y lo simbólico. Cada personaje parece definido cromáticamente a través de un lenguaje propio que ayuda a reforzar sus emociones, deseos y posición dentro de la trama. La iluminación de Nuno Meira completa este universo visual con una paleta cromática vibrante que pasa de los tonos más luminosos y festivos a atmósferas más íntimas y melancólicas cuando la historia lo requiere. El resultado es una conjunción estética de enorme coherencia donde escenografía, vestuario e iluminación trabajan como un único organismo creativo.

Mención especial merecen también los bailarines —Katalin Arana, Anna Climent, Elia López, Clémentine Dumas, Carla Pérez Mora, Gloria García Garrido, David Vento, Roberto Gómez Luque, Yannick Bosc y José Dopateo—, auténticos catalizadores emocionales de la propuesta. Lejos de limitarse a acompañar la acción, sus intervenciones ayudan a exteriorizar sentimientos, deseos y tensiones que ni la palabra ni la música llegan siempre a expresar por completo. Su presencia resulta fundamental para entender la lectura escénica de Pazos y dota al espectáculo de una dimensión física y simbólica constante.

Musicalmente, la función encuentra un buen aliado en la dirección de Giovanni Antonini. El maestro italiano imprime ritmo, ligereza y transparencia a la partitura mozartiana, construyendo una lectura viva y llena de energía teatral. La Orquesta Sinfónica del Liceu responde con precisión y elegancia, destacando especialmente la claridad de las texturas y el equilibrio entre escenario y foso. Antonini entiende perfectamente que Mozart funciona mejor cuando parece moverse con absoluta naturalidad, y esa sensación de espontaneidad recorre toda la representación.

El Cor del Liceu, preparado por David-Huy Nguyen Phung, ofrece un trabajo preciso, elegante y perfectamente integrado en el conjunto. Aunque varias de sus intervenciones llegan desde entre bambalinas, su presencia sonora resulta impecable, aportando solidez y riqueza al entramado musical de la producción. Cada aparición está resuelta con limpieza, afinación y una notable capacidad para adaptarse a las necesidades dramáticas de la propuesta.

En definitiva, esta Le nozze di Figaro no pretende ser una lectura conservadora ni acomodarse en los códigos habituales del repertorio. Marta Pazos apuesta por el riesgo, por el exceso visual y por una reinterpretación que potencia la sátira social, el deseo y la libertad que ya habitaban la obra de Mozart y Da Ponte. Puede que algunos espectadores prefieran aproximaciones más tradicionales, pero resulta difícil negar la imaginación, la coherencia y la personalidad que desbordan cada rincón del escenario. El público del estreno respondió con entusiasmo, reservando sus mayores ovaciones para Adriana González, Sara Blanch y una deslumbrante Julia Lezhneva que convirtió a Cherubino en el auténtico corazón de la función. Un estreno vibrante, atrevido y visualmente fascinante que confirma que los clásicos siguen vivos cuando alguien se atreve a reinventarlos sin miedo.

Crítica realizada por Norman Marsà

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