
Emily Dickinson se adueña del Teatro Quique San Francisco de Madrid en La dama de blanco, adaptación de La Bella de Amherst, monólogo del dramaturgo William Luce. María Pastor, bajo la dirección de Juan Pastor, nos guía en un viaje lírico por el recuerdo desordenado de la vida de la poetisa americana.
Un árbol agita sus hojas y un rumor rompe el silencio. La naturaleza, que inspiró la obra de Emily Dickinson, anuncia la entrada de esta mujer singular, vocacionalmente alegre y apasionada por la vida que paradójicamente restringió la suya a límites cada vez más estrechos. Primero fue su pueblo, Amherst en Massachusets, luego su casa y apenas su habitación en los últimos años de su vida.
Juan Pastor y María Pastor tuvieron su primer encuentro con Emily Dickinson en el estreno de La Bella De Amherst en 2014 en el Teatro de la Guindalera de Madrid. Ocho años después, Juan Pastor regresa al texto de Luce para ofrecernos esta dama de blanco que muestra un carácter más personal tras la experiencia colectiva de encierro que nos impuso el confinamiento por la pandemia. Un episodio que, como le sucedió a la propia protagonista, redujo la línea de nuestros horizontes y nos forzó a encontrar los estímulos vitales y la belleza en las cosas pequeñas y cotidianas.
William Luce construyó a través de este monólogo un retrato literario y vital de la poetisa que, sin embargo, tiene perfiles imprecisos. No hay un hilo ordenado sino una errática charla en la que episodios vitales y obra poética se suceden de forma natural como una conversación improvisada. Pero en esta pieza, pese a su vaga estructura, despunta vivamente el carácter alegre, pasional y de matices intensos de la poetisa. Porque la vida de Emily Dickinson es sin duda la vida de una mujer hipersensible y poderosamente libre que no tuvo miedo a enfrentarse a los convencionalismos de su época pero que sufrió también por ello la decepción y la impotencia de su propio elegido encierro. Una vida de límites físicamente estrechos para una mente vigorosamente libre.
La adaptación que hace Juan Pastor de la obra de Luce y el delicado diseño escenográfico se orienta a crear ese homenaje de reconstrucción y acercamiento de la figura literaria y del ser humano. Emily se dirige a la platea como a una visita sentada en su pequeño saloncito, nos conmina a probar su tarta de chocolate e interactúa con nosotros. Nos interpela de un modo tan directo que uno se siente mirándole a los ojos de cerca. La escritora comparte episodios personales, extraídos de sus diarios y sus cartas, y los entrelaza de forma imperceptible con sus propios textos poéticos. Los versos de Dickinson en la voz clara, cálida y llena de matices de María Pastor, ganan en este contexto intensidad y brillan en toda su belleza. A través de sus poemas nos dejamos arrastrar a ese mundo doméstico en el que la escritora supo encontrar todo un universo del que nutrirse y por el que conducir su enorme poder creativo.
María Pastor se mueve en escena con belleza y plasticidad. Vestida de ese blanco impoluto nupcial que distinguió a la poetisa, nos conduce con sensibilidad a través de este texto vago en el que cohabita la intensidad, la emoción, el poema y la anécdota anodina de una vida vivida. La escenografía que Juan Pastor ha ideado para este montaje clarifica el contexto. El atrezo de ordena y se levanta del suelo a medida que María edifica el monólogo. Como si estas palabras resucitaran una vida, el monólogo subraya el prefacio de la propia Emily: “las palabras son mi vida”.
El trabajo de María Pastor es brillante y sutil. Su interpretación honra a esta mujer, a ratos alucinada, en un equilibrado balance e introduce los pasajes líricos con naturalidad de modo que muchas veces es la poesía la que unifica los retazos biográficos. Su capacidad para tensar y liberar la emoción durante la obra sin mermar su gran fuerza expresiva ni desmerecer el ritmo de los pasajes líricos es sobresaliente.
La escenografía es mínima. Se recoge en el centro del escenario materializando ese mundo limitado en el que se encerró la escritora. Todo parece detenido en el tiempo, sin embargo María Pastor consigue hacernos sentir parte de ese universo detenido. Seguimos la evolución de la protagonista sentados en el pequeño salón, la acompañamos su mesa de trabajo y, al final de la pieza, cuando el horizonte de la muerte y la extinción se aproxima y las piernas pesan (morir lleva poquito tiempo y dicen que no duele, tan solo es desmayarse por etapas) la escritora nos nos despide como a sus invitados, agradecida por la charla. Abandonamos Amherst, esa casa y su compañía con la esperanza (esa cosa con plumas) de saber que siempre volveremos a ella en los libros.
La dama de blanco es un monólogo en los que el recuerdo errático y la poesía conviven para abrirnos una ventana a la obra y la vida de Emily Dickinson pero también una invitación implícita a valorar la belleza próxima y pequeña de la naturaleza y lo cotidiano.
Crítica realizada por Diana Rivera




