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16.05.2025 Críticas / Crónicas, Teatro  
Las apariciones – Crítica 2025

A seis años de su estreno y cuatro de su paso por la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero de Madrid, Las apariciones, la secuela de Los Remedios, de Fernando Delgado-Hierro, llega a la misma sala que les consagró en lo mediático, para contarnos qué hay después de la amistad y después de la muerte.

Las apariciones es un texto de Fernando Delgado-Hierro, con dirección de Juan Ceacero, e interpretada por Pablo Chaves y Fernando Delgado-Hierro. Vestuario de Paola de Diego, espacio sonoro de Daniel Jumillas, iluminación de Rodrigo Ortega y escenografía de Pablo Chaves.

Si en Los Remedios, según palabras de Juan Ceacero, la tarea era encontrarse con ellos mismos a través de la memoria del cuerpo, como si de una raíz se tratara, y reflexionar sobre otra raíz, la de de la necesidad de actuar, del nacimiento del actor, de la posibilidad del teatro; en Las apariciones salen de la tierra para observar las ramas, analizar si todo eso que germinó y creció, equilibra el árbol genealógico, y el fruto de ese injerto Chaves Delgado-Hierro es lo que se espera de él o es solo una variante infértil de lo que en su día fue un jugoso y sabroso fruto.

Las apariciones mira a un futuro hipotético en el que Pablo Chaves se consagra como escenógrafo, gigoló, excéntrico millonario y ejemplo de hombre para su descendencia indirecta. Fernando Delgado-Hierro se vuelve más triste, padre de familia, leyenda de las tablas y ejemplo de actor consagrado. En ese futuro no hay nada común entre ellos mas que el pasado que tuvieron y que nos contaron en Los Remedios. La nostalgia del anterior montaje aqui se vuelve en un gris optimismo en el que el éxito de ambos está asegurado, pero en la distancia el uno de otro, y la narración en común en Las apariciones es un relato en paralelo, una autoficción à la Rambert en la que Pablo Chaves habla durante una hora, Fernando Delgado-Hierro durante otra, y hay una puesta en común en la que al menos no se gritan.

Voy a repetirme, una vez más, como llevo haciendo toda la temporada, y es que a Las apariciones le sobra duración, y tras un brillante inicio con esa hija y sobrina, todxs asistentes de los funerales, y ese salto en el tiempo en el que por un momento pensé estar viendo a Pablo y Fernando viendo su vida desde el so called «cielo», pero no, no es un salto en vertical sino en el tiempo a ese momento tan 2025 en el que dos amigos tratadas se plantean si lo suyo aún tiene sentido o quizás es el momento de declarar el final de su amistad. Es fantástica la dirección de Juan Ceacero en todo este primer acto introductorio y secuela emocional de Los Remedios y ambos están en su mejor momento (espero que nos acordemos de ellos en la próxima temporada de premios, porque a la actual llegan tarde).

La escenografía de Pablo Chaves es impecable, como todos sus trabajos, pero sin pecar de hacer siempre lo mismo, ni variaciones sobre el mismo tema como él mismo se acusa; y la conjunción astral con el inquietante y electrónico espacio sonoro de Daniel Jumillas e iluminación de Rodrigo Ortega, que hace reverberar las butacas y el sonido posee a una audiencia mientras en escena los fantasmas de la familia poseen a los actores y cobran cuerpo en escena. ¿Mejor aprovechamiento del espacio en materia de sonido junto a Óscar Villegas y Cris Balboa en Roland mon amour?, si lo digo.

He disfrutado Las apariciones pero la he sentido un derrape, un quemar goma en un parking de la periferia en la que se explota demasiado la capacidad de Pablo Chaves de interpretar personajes y hacerme reir con pelucas (Pablo Chaves con pelucas es lo mejor que le ha pasado al teatro de Madrid desde que existe Pablo Chaves y Vito Sanz lo practica), y llega un punto en el que no se si asistir a un espectáculo de imitaciones de Carlos Latre es lo que me apetecería una tarde de miércoles. Igual que la gravedad y la introspección y esa seriedad de Fernando Delgado-Hierro llega un momento que se siente impostada, al igual que ese futuro de enfermedad y ese influjo del mar de noche. Me gusta el core del texto, y que ellos tengan esa química que solo Nao Albet y Marcel Borràs les puedan hacer sombra como tandem escénico, pero siento que el alma de la creación, el ir a la raíz para entender, se queda en una observación superficial de ese árbol de caqui en los jardines de un castillo del Loira.

Crítica realizada por Ismael Lomana

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