
La propuesta del Teatre Akadèmia de Barcelona para este Grec 2026, que celebra ahora su 50º aniversario, llega en forma de coproducción a tres bandas. La Ruta 40, que cumple 15 años articulando algunos de los proyectos más interesantes de la escena catalana, lo celebra recuperando La ruta, un texto inédito de Lluïsa Cunillé que ve ahora finalmente la luz.
La cita suma a la directora Carlota Subirós a Alberto Díaz, Albert Prat y Sergi Torrecilla, integrantes de la compañía —junto a Maria G. Rovelló—, y convierte esta confluencia de trayectorias en una celebración compartida.
La Ruta 40 se ha caracterizado siempre por la transversalidad de sus proyectos, con propuestas que atraviesan públicos —adultos e infantiles— y se mueven con naturalidad entre distintos géneros. En esta ocasión, el texto recuperado para su estreno en el Grec se instala en un territorio de mayor densidad que otros trabajos de la compañía (como Els subornats o Cúbit) y desplaza el foco hacia la resonancia de las preguntas más que hacia sus posibles respuestas. La estructura, fragmentada en diálogos a dos, se sostiene en silencios y en tensiones que no terminan de resolverse sobre las tablas y que acaban desplazándose —casi inevitablemente— a la mente del espectador, llamada a completarlas.
Albert Prat es Eduard, Sergi Torrecilla interpreta a Carles y Alberto Díaz da vida a Víctor: tres hombres que coinciden en un espacio-tiempo difuso, donde el rumbo de sus vidas no termina de definirse y donde ciertos acontecimientos, que en otras circunstancias marcarían un giro decisivo, no acaban de traducirse en un antes o un después. A partir de ahí, la obra avanza a través de encuentros entre dos personajes, en los que se filtran, poco a poco, secretos, intuiciones y zonas de sombra, alimentando una tensión contenida que nunca llega a estallar y que acaba por convertirse en uno de los pulsos más reconocibles de la obra.
El trabajo actoral es impecable, algo habitual en los integrantes de La Ruta 40. Han sabido sostener el clima que exige Cunillé y hacer crecer una historia en suspense constante, sin necesidad de resolver sus misterios. Gracias al trabajo de Díaz, Prat y Torrecilla, junto a la dirección de Subirós, se construye una atmósfera precisa, plenamente inscrita en el código de la obra, sin caer en el artificio excesivo. Los diálogos avanzan con una cadencia pausada —y atravesada de silencios— en la que las miradas prolongadas terminan de completar esa ausencia de palabras que dialoga, en silencio, con otras ausencias: las que los personajes arrastran sin nombrar. Todo transcurre en un mismo espacio —la casa del padre de Eduard—, próximo a una carretera hoy desierta que conduce a una pedrera inactiva, cuya presencia, evocada de forma recurrente, acaba por configurar ese paisaje áspero y desapacible que también se impone en escena. La conexión entre los intérpretes, forjada a lo largo de los años, permite que esa sinergia fluya con naturalidad, sin esfuerzo aparente.
La escenografía, sencilla pero efectiva, contiene en sí misma buena parte de la narrativa de La ruta. Bibiana Puigdefàbregas recrea el comedor de una casa de pueblo, alejada de la gran ciudad: austero, en desuso. Gran parte de ese ambiente toma forma gracias al preciso diseño del espacio sonoro y la iluminación de Pau Matas y Sylvia Kuchinow, junto al soporte visual de Daniel Lacasa. Los acordes de guitarra española —poco habituales en la escena catalana— se integran en una dimensión parcialmente costumbrista que termina por convertir la escena en una pintura detenida en el tiempo, en sintonía con los cuadros que decoran de forma sobria un rincón del comedor y que los propios intérpretes manipulan. Tanto en los atardeceres como en la irrupción de la tormenta, o en las transiciones que elevan la tensión, la conjunción entre luz y sonido construye con acierto las distintas atmósferas de la propuesta.
Cualquiera podría reconocerse en Eduard, Carles o Víctor: en sus idas y venidas, en sus miedos, en sus fracasos, en esos vacíos y ausencias. La ruta, aunque se despliega a lo largo de varios meses, traza un lienzo en el que el tiempo parece detenerse durante 75 minutos y donde, en realidad, no ocurre nada para que todo termine ocurriendo en el imaginario del espectador. Es, en ese sentido, una propuesta exigente para quien espera respuestas, pero coherente con una compañía que nunca ha buscado acomodarse. La Ruta 40 vuelve a situarse fuera de la zona de confort, apostando por un teatro que no responde, sino que permanece.
Crítica realizada por Diana Limones




