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17.06.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
La Promesa – Crítica 2026

La Promesa puede verse estos días en el Teatre Borràs de Barcelona. La nueva comedia de Yago Alonso y Sílvia Navarro, dirigida por Pau Roca, arranca cuando una mujer anuncia a sus amigos, en plena fiesta temática de los años noventa, que acaba de envenenarlos a todos. A partir de ahí, secretos, reproches y muchas risas marcan una cuenta atrás tan delirante como reveladora.

Lo que podría quedarse en una simple comedia de situación acaba convirtiéndose en una reflexión sorprendentemente afilada sobre las expectativas, los sueños incumplidos y la distancia que existe entre las personas que fuimos y aquellas en las que nos hemos convertido. La función utiliza el humor como principal vehículo narrativo, pero bajo sus continuos golpes cómicos esconde una mirada bastante más incómoda sobre la felicidad, el éxito y la frustración generacional.

La dirección de Pau Roca entiende perfectamente ese equilibrio entre comedia y desencanto. El ritmo es constante, los diálogos avanzan con agilidad y la función sabe cuándo exprimir el absurdo y cuándo detenerse para permitir que aparezcan las heridas emocionales de los personajes. Lo más interesante es que nunca cae en el dramatismo excesivo. Incluso en los momentos más tensos, la obra mantiene un tono juguetón que evita que el discurso se vuelva solemne.

La dramaturgia juega con habilidad entre el humor y la reflexión. Los diálogos son afilados, directos y tremendamente efectivos, generando un constante intercambio de golpes verbales que mantiene viva la atención del espectador. A medida que avanzan las revelaciones, la función va dejando al descubierto las frustraciones, contradicciones y promesas incumplidas de unos personajes que terminan resultando mucho más cercanos de lo que inicialmente parecen.

En escena encontramos un reparto que funciona como un mecanismo perfectamente engrasado, algo fundamental en una comedia donde el ritmo y la credibilidad de las relaciones resultan tan importantes como los propios diálogos. La complicidad entre los intérpretes se percibe desde el primer momento y permite que las constantes revelaciones, reproches y confesiones fluyan con naturalidad, haciendo que el público se sienta parte de esa reunión de amigos que poco a poco comienza a resquebrajarse.

Eduardo Lloveras aporta una energía muy eficaz al conjunto, moviéndose con soltura entre la comedia y los momentos donde las inseguridades de su personaje afloran. Su interpretación encuentra el equilibrio entre el humor y la vulnerabilidad, permitiendo que el espectador empatice fácilmente con sus contradicciones.

Eduard Buch destaca por su precisión interpretativa y por una capacidad notable para aprovechar cada réplica. Su trabajo resulta esencial para mantener el ritmo de la función, encontrando siempre el tono adecuado dentro de una propuesta que juega constantemente con los cambios de registro.

Marc Rodríguez vuelve a demostrar su enorme talento para la comedia. Su dominio del ritmo, las pausas y la réplica le permite encontrar constantemente el tono adecuado, convirtiéndose en uno de los principales motores humorísticos de la función. Construye un personaje lleno de matices y deja algunos de los momentos más divertidos de la noche gracias a una traviesa interpretación.

Mercè Martínez aporta oficio, carácter y una enorme presencia escénica. Su personaje se convierte en uno de los grandes pilares emocionales de la función, transitando con facilidad entre la ironía, la ternura y la confrontación. Cada aparición suya añade nuevas capas a las relaciones del grupo y ayuda a que la obra gane profundidad más allá de la comedia.

Completa el reparto Clara Altarriba, que aporta sensibilidad, frescura y una gran verdad escénica. Su trabajo encaja perfectamente dentro de un conjunto donde todos los personajes tienen algo importante que aportar y donde ninguna presencia resulta accesoria.

Lo mejor es que ninguno busca sobresalir por encima del resto. La función funciona precisamente porque los cinco intérpretes entienden que están construyendo un juego colectivo donde cada réplica, cada silencio y cada reacción tienen importancia. Gracias a ese trabajo de conjunto, los personajes terminan resultando reconocibles, cercanos y profundamente humanos.

En el apartado técnico, la escenografía de Paula Bosch recrea con inteligencia el espacio donde transcurre la acción, permitiendo que la fiesta se convierta progresivamente en una especie de campo de batalla emocional. El vestuario de Pol Cornudella ayuda a reforzar el juego nostálgico de los años noventa, mientras que la iluminación de Guillem Gelabert y el espacio sonoro de Martí Maymó acompañan eficazmente los cambios de tono que atraviesa la función.

Lo más interesante de La Promesa es que consigue que el público entre atraído por una premisa delirante y termine encontrándose con algo bastante más reconocible. Entre risas, confesiones y cuentas pendientes, la obra habla de las personas que soñábamos ser y de aquellas en las que finalmente nos hemos convertido. Todo ello sin renunciar nunca a su vocación de entretenimiento. Una comedia inteligente, divertida y muy bien interpretada que encuentra en el humor la mejor manera de hablar de aquello que más cuesta afrontar: el paso del tiempo y las expectativas que dejamos por el camino.

Crítica realizada por Norman Marsà

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