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19.06.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
La escopeta nacional – Crítica 2026

El Teatro Español de Madrid estrena La escopeta nacional, una propuesta dirigida por Juan Echanove con la que traslada al escenario, previa adaptación de Bernardo Sánchez Salas, la sátira que Rafael Azcona y Luis García-Berlanga concibieron para el cine.

La escopeta nacional (1978), película dirigida Luis García-Berlanga y escrita por éste junto a Rafael Azcona, ocupa un lugar central en la historia del cine español por su capacidad para retratar, desde la sátira, los mecanismos de poder, las redes de influencia y la corrupción moral de los últimos años del franquismo. La crítica vio en ella un fresco coral de una sociedad en transformación, un laberinto de intereses cruzados y una comedia feroz donde cada personaje encarnaba una forma de privilegio o servidumbre. Su humor, basado en la acumulación, el caos y la observación minuciosa de las miserias nacionales, convirtió aquella reunión cinegética en una radiografía de un país que se preparaba para la transición sin desprenderse todavía de muchos de sus vicios.

Casi medio siglo después, el Teatro Español recupera aquel material en una adaptación firmada por Bernardo Sánchez Salas y dirigida por Juan Echanove. La propuesta busca trasladar al escenario la maquinaria berlanguiana sin renunciar a su carácter coral ni a su dimensión satírica. El texto condensa las múltiples localizaciones y situaciones de la película en una dramaturgia apoyada en la continuidad escénica y en la presencia de la música. Tras ello, la intención de demostrar que los temas planteados por Berlanga y Azcona hace casi medio siglo —el amiguismo interesado, la avaricia desbordada y el clasismo de trazo grueso- conservan vigencia en nuestro presente.

La dirección de Echanove apuesta por la abundancia. El escenario se llena de cuerpos, voces y movimientos en una permanente sensación de actividad. Cerca de una veintena de intérpretes y músicos comparten espacio para recrear el bullicio característico del universo berlanguiano, ese ruido de fondo donde conversaciones, intereses y conflictos se superponen hasta conformar una imagen colectiva. Una exhibición de energía sostenida por un reparto amplio que asume el reto de convertir el escenario en un espacio de circulación constante.

Sin embargo, el resultado apenas trasciende la condición de reproducción. Lo que se escucha y se ve recuerda a una grabación recuperada de otra época más que a una obra capaz de dialogar con la actualidad. Falta frescura, espontaneidad y, sobre todo, la sensación de riesgo que hacía vibrar el material original. Los chistes, las sátiras, las hipérboles y los esperpentos conservan intacta la fecha de su concepción, pero su representación actual no resulta eficaz. El mecanismo se percibe, pero rara vez se activa. Algo parecido ocurre con los elementos que nos han de trasladar a esa finca en la que se reúnen personajes variopintos para celebrar una cacería. La escenografía de Isi Ponce y el vestuario de Tania Tajadura, por ejemplo, resultan solventes, aunque se contemplan con distancia, como piezas de museo cuidadosamente restauradas. Todo está donde debe estar, pero pocas veces sucede algo que justifique su regreso.

La experiencia invita también a una reflexión más amplia sobre cierta tendencia de la programación teatral más actual. Adaptar novelas, películas y otros materiales previos puede producir resultados estimulantes, pero la práctica se ha convertido en una constante cada vez más frecuente. Este montaje evidenciar los límites de esta dinámica cuando el atractivo principal reside en el prestigio de la obra de origen. Quizás nuestras instituciones teatrales deberían mirar con más decisión hacia ese territorio, favoreciendo textos nacidos para las tablas en lugar de insistir en la reutilización de éxitos ya consagrados en otros formatos.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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