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16.01.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
La Distance – Crítica 2026

El Teatro María Guerrero, perteneciente al Centro Dramático Nacional de Madrid, nos ofrece la oportunidad de trasladarnos hasta 2077 y al Festival de Avignon con la última creación de Tiago Rodrigues, La Distance.

La Distance nos sitúa en el futuro, en 2077, para hablar de un presente reconocible. Tiago Rodrigues articula un relato íntimo entre un padre que permanece en la Tierra y una hija que ha partido a Marte, separados por millones de kilómetros y por un tiempo que resulta casi abstracto. En ese vacío se instala la obra, sostenida por las notables interpretaciones de Adama Diop y Alison Dechamps. Él encarna a un padre contenido, atravesado por la espera y la impotencia. Ella, a una hija que avanza hacia lo desconocido sin renunciar del todo a los vínculos que la fundan. Ambos construyen personajes de una humanidad precisa, sin énfasis superfluos, capaces de convertir la distancia física en emoción palpable.

Tiago Rodrigues es uno de los creadores europeos más relevantes del teatro actual. Su escritura, siempre atenta a la palabra dicha y a la escucha, sitúa el texto en el centro del acontecimiento escénico sin renunciar a la experimentación formal. La Distance lleva, además, el marchamo de su origen, una coproducción del Festival de Aviñón junto a teatros de toda Europa, que confirma la vocación transnacional de un proyecto pensado para dialogar con públicos diversos. Ese contexto de producción no es anecdótico, sino coherente con una obra que reflexiona sobre un mundo globalizado, hiperconectado y, paradójicamente, fragmentado hasta hacer casi imposible volver atrás.

El texto adopta una estructura epistolar que articula la dramaturgia y sostiene el pulso emocional del montaje. Cartas, mensajes, grabaciones: formas de comunicación diferida que permiten el intercambio y, al mismo tiempo, subrayan la imposibilidad del contacto inmediato. Rodrigues utiliza este recurso para explorar una intimidad que se abre paso en un contexto marcado por el neoliberalismo, donde la lógica de la productividad coloniza incluso los afectos. La carrera espacial aparece como telón de fondo verosímil, mientras las relaciones humanas se ven sometidas a calendarios, objetivos y rendimientos.

La puesta en escena resuelve con inteligencia y sobriedad esa tensión entre lo íntimo y lo cósmico. Fernando Ribeiro ha construido un escenario que gira para materializar el paso del tiempo, la repetición de los días y la imposibilidad de detener el movimiento del mundo. Esta escenografía, aparentemente simple, se revela eficaz y elocuente. Destaca, igualmente el trabajo de iluminación de Rui Monteiro y el de música y sonido de Pedro Costa, manejados con una delicadeza que acompaña el viaje emocional sin subrayarlo en exceso.

El valor de La Distance reside en su capacidad para conmover e innovar. Es un teatro que no renuncia al relato ni a la emoción, pero que interpela al espectador desde una reflexión lúcida sobre los riesgos que nos rodean: la deshumanización, la fe ciega en el progreso, la fragilidad de los vínculos. Rodrigues propone un teatro que apela a las emociones sin ingenuidad y que nos recuerda que, incluso en un futuro de viajes interplanetarios, lo verdaderamente decisivo sigue siendo la forma en que nos hablamos y nos cuidamos.

Crítica realizada por Lucas Ferreira

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