
La temporada teatral de Madrid tiene dos citas imprescindibles anuales para las reales del teatro, y ambas ocurren en El Umbral de Primavera: una de ellas es el ciclo Abril Imaginario, y la otra, la que toca ahora, el Ciclo de Teatro Argentino, que ya va por la onceava edición, y que nos permite asomarnos a la calidad y variedad de creadores del país.
Ocho son los proyectos seleccionados para este XI Ciclo de Teatro Argentino: La décima cita de Miguel Israilevich, Vitis vinefera de Amelia Repetto y Óscar Belloso, Ilda Éter de Mercedes Cech, Los caminos de Federico de Flor Saraví, Cajita fuerte de Amparo Alcaraz y Diego Quiroga, Perspectivas de un encuentro de Alejandro ‘Pacho’ Paz, El insomnio de Goethe de Georgina Rey y Gianmarco Serra, y Hambre de Viviana López Doynel.
La décima cita de Miguel Israilevich, con dirección de María Colloca, abre el ciclo este año, con una única cita, y en ella Israilevich nos cuenta en verso lo que es ser puto y monógamo en los tiempos del Grindr. Son diez las citas que se nos relatan, con una introducción y un interludio, donde se tira la goma, se hace la cola y se coge con pijas de diverso calado, y donde uno se engancha o se queda hecho bosta con mayor rapidez que en desbloquear el celular.
Miguel Israilevich se marca un monólogo que va como un tiro y se pasa volado, por la que van desfilando una galería de chongos, bastantes fuleros, que le hacen llegar a una conclusión que me transmitió ternura, cierta tristeza y sororidad marica, porque, amigas, está el mercado como para meterse una en un convento (y lo digo precisamente yo desde una relación poliamorosa asentada).
Todas, independientemente de nuestra orientación y expresión de género, terminamos transitando, en mayor o menor medida, por el Via Crucis emocional que en La décima cita Miguel Israilevich describe: es guapo, pero es un tarado; es culto, interesante, atractivo y especialmente dotado, pero es un tarado; folla bien, te hace reír, pero es un tarado (armarizado); es atractivo, dotado, divertido, le gusta Angelica Liddell, lee a Paul B. Preciado, pero es francés.
La dirección de María Colloca se siente orgánica y perfectamente empastada con lo que se puede llegar a traslucir de la personalidad de Miguel (si confiamos en que sus testimonios están basados en su vida sexual), aunque no termino de apreciar el acompañamiento sonoro de alguna de las piezas, y en particular el interludio (si, tengo un problema con el rap en escena, sorry not sorry). El volumen de los instrumentales junto con el reverb para acentuar el carácter de stand-up comedy de la pieza, me hacen cobrar cierta distancia con el proyecto al que obviamente valoro por lo cómico, lo afectado y el «I can relate» de la propuesta.
Ocho años han pasado ya desde que conocí a Miguel Israilevich en El Umbral de Primavera con la pieza Furor, y siguen siendo ocho años de admiración hacia un creador tenaz, divertido, inteligente y al que tenemos pocas ocasiones de disfrutar por Madrid, pero que es un imprescindible si nuestras circunstancias nos permiten acercarnos a disfrutar de su figura y su arte en escena.
Crítica realizada por Ismael Lomana




