
Cuando uno va a ver a La Cubana sabe perfectamente a lo que se expone: su cabaret costumbrista, el color, la diversión, el humor absurdo y, por supuesto, la interacción con el público. En La cuisine de ma cousine, la compañía vuelve al Teatro Arriaga de Bilbao para cocinar una historia que, entre risas, también pone sobre la mesa nuestra obsesión por la gastronomía.
La historia parte de esa carrera por hacer de la cocina algo cada vez más sofisticado, con restaurantes de moda, platos imposibles y fotos de todo lo que comemos. La obra juega con ello y también lanza pequeñas pullas a los foodies y a las redes sociales. Pero, según avanza la función, descubrimos que quizá lo que más nos conecta es mucho más sencillo: un huevo y una patata.
La dirección de Jordi Milán aprueba con nota, especialmente teniendo en cuenta la cantidad de elementos que conviven sobre el escenario. La interacción con el público está muy bien medida y, aunque todos sabemos cuándo llega ese momento en el que empiezan a buscarnos y nos ponemos un poco tensos, nunca se cae en la ridiculización. La Cubana vuelve a su esencia y se agradece.
Montse Amat se come este guiso. Su vis cómica es maravillosa y sus cambios de registro, pasando por un punto melodramático y excesivo, funcionan especialmente bien en un espectáculo como este. Alez González también nos lleva a momentos de hilarante comicidad que, en otro registro, insufla ritmo y dinamismo a la obra. El resto del reparto ( Toni Sans, Rubèn Montañá, Ariadna Clapés, Álex Rodríguez, Lourdes Doménech, Aina Quiñones, David Bonilla, Toni Rosal, Joan Preseguer y Edu Lacueva) mantiene también una energía muy alta y consigue que el juego coral de la compañía funcione de principio a fin.
La música de Albert Mora es colorista y altamente efectista, especialmente en algunos de los números más visuales de la función. El momento de presentación de los diferentes restaurantes por ejemplo, con los ingredientes, la música y el vestuario, es uno de esos números que funcionan especialmente bien y resumen perfectamente el espíritu de La Cubana.
La parte visual es otro de los puntos fuertes. La escenografía de Cesc Colomina parte de elementos muy sencillos que poco a poco van dejando al descubierto más y más sorpresas, potenciados por la iluminación de Antonio Salas. Sorprendente también el maravilloso vestuario y caracterización de Cristina López con esa extravaganza de ingredientes, colores, brillos y glamour. Si merece la pena apuntar que, en algunos momentos el exceso de pantallas LED llega a abrumar y algunos recursos generados mediante IA parecen innecesarios. El público de La Cubana ya sabe perfectamente lo que viene a buscar y, precisamente por eso, creo que se agradece que la compañía siga apostando por su esencia sin necesidad de añadir demasiadas capas.
La cuisine de ma cousine es divertida, efervescente y loca. El ritmo se pierde puntualmente en ocasiones, pero en general la función conecta con el público y consigue algo que La Cubana sabe hacer especialmente bien: hacernos jugar, reír y olvidarnos durante un rato de todo lo demás. Y, al final, quizá no necesitamos tanto para disfrutar. A veces basta con un huevo y una patata.
Crítica realizada por Mario Flyn




