
En el momento en que cruzas las puertas del Barcelona Beer Festival 2026, situado en la Fira de Barcelona de Plaza España, entiendes que aquí no se viene simplemente a beber cerveza. Se viene a degustarla. A analizarla. A incorporarla al mismo lenguaje con el que hablamos de cocina.
Porque si algo se respira en el ambiente —más allá del murmullo constante de copas, saludos y reencuentros— es la sensación de estar ante un producto que pide mesa. Que pide plato. Que pide contexto gastronómico.
El ambiente acompaña: cercano, casi familiar. Cerveceros que comparten procesos, que recomiendan sin competir, que celebran el trabajo ajeno. Hay una especie de complicidad silenciosa que convierte el festival en algo más que una feria: es un espacio de cultura líquida donde el producto está en el centro.
Multitudes de historias a descubrir, diversas cervezas a catar. Donde empiezan las historias, vislumbramos el esfuerzo por ofrecer un producto de calidad.
Mi primera conversación fue con Lo Vilot Farm Brewery SCCL, de la mano de Quiònia, que abre el camino desde el origen. Su discurso no se construye desde la técnica, sino desde la tierra. Desde el respeto al ciclo natural, al ingrediente, al entorno. Sus cervezas no buscan impresionar desde la intensidad, sino desde la coherencia: son limpias, honestas, con ese punto rústico que recuerda que detrás hay agricultura, no solo elaboración. Beberlas es casi como interpretar un paisaje.
Sus cervezas, de corte farmhouse, transmiten esa rusticidad elegante donde la levadura, el grano y el entorno se expresan sin maquillaje. Probamos su última novedad, Mulassa, una elaboración donde la acidez era sutil, integrada, con un punto terroso y vegetal que recordaba más a un producto agrícola que a una bebida procesada. Una cerveza que no busca impactar, sino acompañar. De esas que en mesa funcionarían con cocina de proximidad, fermentados, verduras vivas. Puro paisaje líquido.
Esa conexión con el producto encuentra su contrapunto en la mirada de Olaf Martí Bonet, de La Cervesera Artesana, que lleva tres décadas defendiendo algo que hoy resulta más vigente que nunca: la cerveza como producto gastronómico.
No es una frase más. Es una declaración de intenciones. Olaf habla de formar, de educar el paladar, de dotar a la cerveza del mismo respeto que el vino ha conseguido en la mesa. Su enfoque es profundamente culinario: trabajar con producto de temporada, buscar armonías, entender la cerveza como una elaboración que, como cualquier plato, necesita equilibrio, intención y relato.
Y eso se traduce en elaboraciones que juegan con ingredientes, con texturas, con memoria gustativa. Desde aquellas primeras cervezas —que en su momento parecían una excentricidad— hasta propuestas actuales donde cada elemento tiene sentido. Como en cocina, aquí no se trata de sorprender por sorprender, sino de construir sabor.
Y es que en su stand, las cervezas no se explican: se narran. Probamos elaboraciones donde el ingrediente manda —cervezas con setas, con perfiles tostados y umami, que evocan directamente cocina de bosque— y otras más estructuradas, donde la malta trabaja casi como una base de guiso, con cuerpo, profundidad y persistencia. Aquí la cerveza se mastica. Se piensa como plato. Y cobra todo el sentido cuando Olaf insiste: “solo desde el conocimiento, la gente valora lo que bebe”.
Ese mismo espíritu de exploración se percibe en propuestas como la de Orient Street Brewery, donde la cerveza entra directamente en el terreno de la coctelería. Una sour con base de maracuyá y matcha no solo aporta acidez y frescor: aporta estructura, genera espuma, construye boca. Es puro juego de texturas: acidez brillante, fruta tropical madura y un matiz vegetal del té que aporta estructura. Pero lo más interesante es la espuma, densa, casi cremosa, generada por la interacción con el CO₂. Es una cerveza que se agita en boca como un cóctel, que pide hielo imaginario y que abre una vía clarísima: la cerveza como base de coctelería gastronómica.
Hay una clara intención de trabajar la cerveza como ingrediente líquido, como base sobre la que desarrollar nuevas experiencias, más cercanas a un cóctel que a una pinta tradicional.
Y entonces aparece uno de los discursos más potentes del festival: el de La Panarra. Aquí la gastronomía se cruza con la conciencia. Su proyecto parte del aprovechamiento del pan sobrante, pero evoluciona hacia algo mucho más profundo: una reflexión sobre el desperdicio alimentario y el valor del producto.
“Nuestra cerveza no nació porque quería hacer cerveza, nació porque sobraba pan”. Y en esa frase hay toda una filosofía. Cada elaboración es distinta porque depende de la materia prima disponible. No hay estandarización, hay adaptación. Hay escucha del producto. Desde una base más clásica hasta interpretaciones más atrevidas como una pastry elaborada a partir de tortell de Reis, donde el dulzor, la densidad y el recuerdo repostero se integran en una cerveza que podría funcionar perfectamente como cierre de menú.
Aquí el sabor tiene origen emocional. Probamos su cerveza de pan, con ese perfil ligeramente tostado, panificado, donde la miga y la corteza se perciben de forma directa. Una cerveza honesta, con cuerpo medio, fácil de beber pero con discurso. Pero también probamos versiones más arriesgadas: esa pastry de tortell de Reis, su sorpresiva cerveza sin, y ediciones envejecidas en barrica, más complejas, donde el pan deja paso a notas más profundas. Cada cerveza es distinta, porque cada lote depende del pan disponible. Es cocina de aprovechamiento convertida en líquido y con una edición limitada que la convierte en oro líquido.
Y entonces llega uno de los momentos más intensos del festival: Marco Málaga, de 7 Vidas. Un cervecero Peruano cuyo discurso alcanza otro nivel de complejidad. Su Dark Addiction no es solo una cerveza: es un ejercicio de alta cocina líquida que detiene el tiempo. Una pastry stout densa, casi viscosa, con cuatro años y medio de barrica de bourbon. En nariz, café de especialidad recién extraído, vainilla, cacao, madera. En boca, una textura cremosa que envuelve, con un dulzor medido y una complejidad que evoluciona a cada sorbo. Una stout cremosa, con capas de sabor que se despliegan como un postre de alta pastelería. Dulzor medido, amargor integrado, notas tostadas, madera, café fresco… todo en equilibrio.
“Es el final de un aprendizaje”, nos dice. Y se percibe así. Como un plato afinado tras años de pruebas. Como una receta que ha encontrado su punto exacto. Pero también como una paradoja: un producto de altísimo nivel que, sin embargo, sigue sin encontrar su lugar natural en la mesa gastronómica.
Y luego, en contraste, su cerveza de barrica con uva, Fleur de Prairie, —más ligera, con acidez controlada, notas vínicas y taninos suaves— que demuestra otra cara: la cerveza como puente con el vino.
Porque esa es la gran cuestión que sobrevuela todo el festival. La cerveza aún no ocupa el espacio que le corresponde dentro de la gastronomía. Y sin embargo, el nivel está ahí.
Las propuestas de Bierboi lo confirman: desde IPAs donde el lúpulo criogénico aporta una intensidad aromática casi vegetal, fresca, directa —como morder el propio cono de lúpulo— hasta dobles y triples IPAs sedosas, con cuerpo, con un amargor trabajado y una peligrosidad perfectamente equilibrada. Cervezas que piden grasa, que piden contraste, que funcionarían con platos contundentes tanto como cualquier vino estructurado.
Y entre cata y cata, aparece Brebel como pausa inteligente. Su Hop Water funciona exactamente como promete: limpia el paladar, hidrata, pero deja ese recuerdo lupulado que mantiene el hilo de la experiencia. Ideal entre platos, entre cervezas, casi como un “intermedio” en menú degustación. También probamos su Upcycled Vienna, una lager con base tostada donde el carácter de la malta se expresa con notas de pan, corteza y un ligero punto caramelizado. Una cerveza limpia, equilibrada, con ese amargor fino que alarga el trago y la hace tremendamente gastronómica. Pero lo interesante va más allá del perfil: está elaborada a partir de ingredientes reaprovechados, lo que la conecta directamente con esa corriente de cocina sostenible que cada vez tiene más peso en la alta gastronomía. Aquí, el concepto de “upcycling” no es una etiqueta, es parte del sabor. Y hay un último punto que refuerza su sentido: parte de su beneficio se destina a proyectos transformadores, cerrando así un círculo donde producto, impacto y discurso van de la mano.
Y todo esto cobra aún más sentido en espacios como el Aula Gastronómica del festival, donde maridajes como el 6×6 de la mano de Jordi Àvila y Pep Nogué demuestran, de forma práctica, lo que aquí se defiende de forma teórica: la cerveza puede dialogar con la cocina al más alto nivel. Gilda de anchoa Callol Serrats de l’Escala, patates d’Olot con romesco de Can Bech, foie gras semicocido con carquinyolis de fajol, brandada de bacalao con tomate confitado del huerto de les Mulleres con paté de oliva negra de Can Bech, ternera con setas de Jotri y un xuixo de crema, se maridan con cervezas Gironinas como Dos Kiwis Brewing, Cervesa Marina y Cervesa Albera, sorprendiendo al paladar con notas que acompañan, contrastan, limpian y potencian sus sabores.
Y, tras todo ello, llega la pregunta que nos remueve durante todo el festival. ¿Porqué cuando vamos a un restaurante, el único maridaje que podemos solicitar es con vino? La cerveza podría ser como el vino y encontrar su lugar en las mesas, mas allá de un divertimento de terraceo, pero todavía no se le trata como tal.
Ahora falta que el discurso salga del festival. Que llegue a los restaurantes. Que se traduzca en cartas de cerveza pensadas, estructuradas, cuidadas. Que el comensal tenga la opción de elegir una cerveza con el mismo criterio con el que elige un vino. Porque no siempre apetece vino. Y cuando no apetece, debería haber alternativas a la altura.
El Barcelona Beer Festival deja una sensación clara al salir: la cerveza ya ha hecho el trabajo. Ha evolucionado, se ha sofisticado, ha encontrado su lenguaje gastronómico. Ahora le toca a la restauración escucharla. A las escuelas de cocina, a los chefs, a toda la cadena que consigue que un producto llegue con la calidad que se merece a nuestra mesa.
Crónica realizada por Norman Marsà




