
Cirque du Soleil ha estrenado en Barcelona KURIOS – Gabinete de curiosidades, bajo la Gran Carpa instalada en L’Hospitalet de Llobregat. Creado y dirigido por Michel Laprise y estrenado originalmente en 2014, el espectáculo propone una realidad alternativa inspirada en la estética de finales del siglo XIX y principios del XX, donde ciencia, mecánica, inventos y fantasía conviven en un mismo universo.
La carpa ya nos da algunas pistas de lo que vamos a encontrar dentro. Engranajes, estructuras metálicas, personajes vestidos como si hubieran salido de un laboratorio de otro tiempo y una escenografía que parece a medio camino entre un taller de inventor y un teatro de variedades. Todo tiene un aire retrofuturista muy cuidado. KURIOS entra por los ojos antes incluso de que empiece y, cuando se apagan las luces, tarda muy poco en demostrar que detrás de toda esa apariencia hay una producción perfectamente engrasada.
El Científico, interpretado en Barcelona por David García, es quien abre la puerta a este universo. Su búsqueda de una dimensión invisible sirve como excusa para que aparezcan una galería de personajes extravagantes: Sr. Microcosmos, interpretado por Mathieu Hubener; Nico, el hombre acordeón, al que da vida Joe Roberts; o Klara, el telégrafo de lo invisible, interpretada por Mayuko Nishio. No estamos ante una historia que pretenda sostenerse por sí misma, sino ante un hilo conductor que permite enlazar los distintos números y mantener una identidad común.
El comienzo con Sincronización del Caos de 1900 deja claras las intenciones. Jose Vázquez se mueve entre malabares y acrobacias en una apertura dinámica, casi frenética, que presenta a los personajes y pone en marcha la maquinaria del espectáculo. Hay mucho movimiento y bastante información visual, quizá incluso demasiada para los primeros minutos (de ahí viene su título), pero sirve para introducirnos rápidamente en las reglas de este particular gabinete.
El Dúo de Cuna, con Volodymyr Klavdich y Ekaterina Evdokimova, cambia completamente el registro. Ella es lanzada, gira y cae sobre los apoyos de él en una sucesión de movimientos que exige una confianza absoluta entre ambos. La gracia del número está en la relación entre los dos artistas: más que una exhibición de fuerza, parece un juego cuidadosamente coreografiado en el que el riesgo está siempre presente, aunque nunca se subraye.
La Bicicleta Aérea de Anne Weissbecker es una propuesta más contenida. Suspendida sobre la pista, la artista utiliza la bicicleta como aparato acrobático y explora diferentes posiciones con una serenidad que contrasta con la dificultad de lo que está haciendo. Es un número elegante y limpio, aunque su ritmo pausado puede hacer que tenga menos impacto que otros momentos de la primera parte.
Uno de los grandes aciertos llega con Facundo Giménez y su Circo invisible. Después de varias demostraciones físicas, el espectáculo se permite desaparecer durante unos minutos. El artista juega con aquello que el público no puede ver y convierte esa ausencia en el centro de un número cómico. Es sencillo en apariencia y funciona porque obliga al espectador a participar. No todo tiene que estar delante de nuestros ojos para que exista sobre el escenario.
El Contorsionismo de Azzaya Ariunbold, Ayagma Tsybenova, Oyun-Erdene Baljinnyam y Doljin Batsukh recupera el componente más visual. Convertidas en criaturas de aspecto casi submarino, las cuatro artistas construyen figuras que parecen desafiar la anatomía humana. La gigantesca mano mecánica sobre la que trabajan añade una dimensión escénica muy eficaz. Es uno de los números que mejor aprovecha la estética de KURIOS y deja algunas de las imágenes más reconocibles de la primera mitad.
Con El mundo invertido, Nikolay Astashkin apuesta por el equilibrio sobre manos. Sillas, estructuras y cuerpo se apilan hasta formar una composición vertical que parece a punto de venirse abajo. La tensión nace de la espera: cada nueva posición modifica el centro de gravedad y obliga al público a seguir el movimiento con atención. Las sillas y estructuras dejan de ser simples objetos para convertirse en piezas de una arquitectura imposible. Por otro lado, la sensación de encontrarnos ante un universo paralelo al otro lado de la escena refuerza una de las ideas que recorre toda la función: aquí el mundo no funciona exactamente como lo conocemos.
Antes del intermedio, James Gonzalez llega con Rola Bola. Tablas, cilindros y una estructura cada vez más inestable se convierten en el terreno de juego de un artista que parece tener una relación privilegiada con las leyes de la gravedad. La propuesta tiene algo casi artesanal y funciona precisamente porque permite observar el control del artista. Un número que demuestra que el riesgo no siempre necesita altura.
Después del descanso, Acro Net cambia de escala. Benjamin Anikine, Victor Degtyarev, Mathias Guillouart, Mathieu Hubener, Tomasz Krzemien, Aleh Rabtsau, Yasha Rakitski y Maciej Wyskiel utilizan una gran red como superficie de lanzamiento y convierten la pista en un continuo ir y venir de saltos, rebotes y vuelos. El grupo funciona como una unidad y el número gana fuerza a medida que aumenta la dificultad. Aquí el circo vuelve a ofrecer esa mezcla de riesgo y espectáculo que provoca que el público contenga la respiración antes de soltar el aplauso.
Las Correas Aéreas, protagonizadas por Darián Cobas Vargas e Ilya Salmov, buscan justo lo contrario: menos velocidad y más suspensión. Los dos artistas parecen formar inicialmente un único cuerpo para después separarse, cruzarse y girar suspendidos sobre la pista. Es un número elegante, muy físico y especialmente cuidado en su ejecución. Hay una evidente influencia de la danza en la manera de ocupar el espacio y eso le proporciona una personalidad propia dentro de la función. La dificultad está presente en todo momento, pero nunca se impone sobre la belleza del movimiento.
Después llega Tomiyuki Watanabe con los Yo-Yos, en un número que vuelve a reducir la escala del espectáculo para concentrarla en la precisión. Los yo-yos se convierten casi en relojes de bolsillo y el artista juega con ellos como si pudiera controlar el tiempo. Es un cambio de ritmo muy necesario después de las grandes acrobacias y demuestra que KURIOS también sabe encontrar espectáculo en un objeto pequeño.
Y entonces aparece uno de los momentos más delicados de la noche: el Teatro de manos protagonizado por Joe Roberts. Sin grandes estructuras, sin saltos y sin riesgo físico aparente, unas manos se convierten en personajes y construyen una pequeña historia que se proyecta sobre un globo aerostático utilizado como pantalla. Es probablemente uno de los números más poéticos de la función y una demostración de que el circo no necesita siempre desafiar a la gravedad para conseguir sorprender. Aquí basta con contar una historia y dejar que el público haga el resto.
El cierre llega con el Banquine, un ejercicio colectivo en el que quince artistas (Egor Anisimov, Nikolay Astashkin, Pavel Gubskii, Roman Kenzhayev, Sergey Kudryavtsev, Katia Murashko, Sultanbek Naisbayev, Ilyas Nasypbekov, Serguei Okhai, Dmitrii Parfenov, Elizaveta Pikalova, Danil Plokhoi, Igor Tarapat, Roman Zhuravlev y Nikita Zhestovskii) construyen pirámides humanas, se lanzan unos a otros y alcanzan diferentes alturas utilizando exclusivamente sus cuerpos. La dificultad aumenta progresivamente y el número consigue algo importante para un final: reunir a buena parte de la compañía y convertir el trabajo individual en una exhibición colectiva. El resultado es contundente y deja la función arriba, donde debe estar.
Todo ello está acompañado por una banda de músicos en directo que no se limita a poner música al espectáculo, sino que forma parte de su personalidad. La banda formada por Christelle Harau, Michael Hachey, Amanda Zidow, Steve Weiss, Bruno Pitarch, Cyril Zardé y Tamara Dikyovà acompaña la acción desde el escenario y aporta una personalidad sonora que mezcla jazz, swing, percusión y sonidos electrónicos. El acordeón adquiere además un protagonismo especial, reforzando ese carácter europeo y de principios del siglo XX que impregna toda la producción.
Porque KURIOS funciona especialmente bien cuando se entiende como un todo. Los números circenses son, evidentemente, su razón de ser, pero no funcionan aislados. La música, la escenografía, el vestuario, los personajes y la iluminación construyen un universo reconocible que consigue que incluso los momentos de transición tengan sentido dentro de la historia.
También es cierto que estamos ante una producción que tiene más de una década a sus espaldas y que algunas de sus fórmulas pueden resultar menos sorprendentes para un espectador acostumbrado a las grandes producciones contemporáneas. KURIOS no pretende competir desde la espectacularidad tecnológica ni convertir cada minuto en una explosión visual. Su apuesta es otra: crear un mundo y conseguir que el público quiera permanecer dentro de él.
Y probablemente ahí reside la clave de su vigencia. Porque el mayor mérito de KURIOS no está únicamente en conseguir que nos preguntemos cómo puede alguien hacer determinados ejercicios físicos. Está en conseguir que, durante algo más de dos horas, aceptemos que un hombre puede comunicarse con otro universo a través de un telégrafo invisible, que una bicicleta puede volar, que unas manos pueden convertirse en protagonistas de una historia y que una red puede transformar a ocho acróbatas en criaturas capaces de desafiar la gravedad.
Cirque du Soleil vuelve a demostrar que el circo puede ser mucho más que una exhibición de habilidad. Puede ser teatro, música, humor, poesía, diseño y, sobre todo, imaginación. KURIOS – Gabinete de curiosidades invita al espectador a mirar de otra manera y a recordar algo que quizá hemos olvidado entre tanta pantalla y tanta realidad perfectamente explicada: que todavía resulta maravilloso no entender cómo se hace algo.
Crítica realizada por Norman Marsà




