
Un estreno discreto en febrero y una prórroga ahora en el mes de marzo tienen a Rubén Ochandiano en el Teatro del Barrio de Madrid con Kostya (El hombre que quiso), un spin-off de La gaviota, una auto-ficción de Ochandiano y un ejercicio escénico sobre la búsqueda de la validación, el éxito y la falsa modestia.
Autoría, dirección, producción (junto a Mónica Regueiro) e interpretación de Rubén Ochandiano, Kostya es la otra historia de Kostya, Konstantin Gavrilovich, Treplev, el hijo de Arkadina en la comedia en cuatro actos de Anton Chéjov, La gaviota; comedia que acababa, en voz baja, con Dorn, indicando a Trigorin: <> Se pega un tiro después de romper en silencio todos sus manuscritos, arrojarlos al suelo, y temeroso de que alguien que cruce con Nina, y se lo cuente a su madre. Después de que Nina le abrace y huya tras recitarle que ni se escucha a los escarabajos de mayo en el soto de tilos, atormentada por su amor a Trigorin, y melancólica de una mejor vida pasada.
Kostya le sirve a Rubén Ochandiano de alter ego para darle la razón a Nina, que lo esencial no es la gloria, ni la notoriedad, ni lo que se soñaba ser, sino aguantar, resignarse, confiar, tener fe, pensar en la vocación. Porque Ochandiano, a diferencia de Kostya, si sabe cuál es su vocación, y cuál es su objetivo, y el juego sobre el escenario es un Jekyll y Mr. Hyde donde la supremacia de Jekyll/Ochandiano empequeñece a Kostya/Mr. Hyde.
Rubén Ochandiano hace 14 años dirigió La gaviota en el Teatro Lara de Madrid, y su Kostya no consigue que el Dramatico de Sanzol le programe su última obra en el CDN, quizás espejo de ese mismo Cuento de verano, ópera prima en el cine de Ochandiano del 2015 que nunca fue; Kostya/Ochandiano convergen aquí. Y claro que Kostya puede, sin que se lo diga su madre (fantástica delusion pop y meta con la Streep, Esty Quesada y Bradley Cooper), porque la auto-ficción ya no es una moda y Ochandiano tiene el beneplácito del mainstream viniendo de un (in)ofensivo programa de la tele pública que blanquea el fascismo y el cual abandonó por el oscuro trasfondo del mismo.
Kostya es un montaje que obviamente no merece la poca afluencia de público, y que quizás sea una de esas joyas escondidas del Off de Madrid que de repente se rescatan en el futuro en los teatros nacionales/municipales con sold-outs, y que sinceramente espero que reciba merecidas nominaciones según comience la temporada de premios teatrales, porque, a pesar de ciertas decisiones de la auto-dirección, y un continuo mohín medio lastimero, Rubén Ochandiano está fantástico, y hasta ese único momento en que literalmente se muestra al público sin censura, y sea el único destello de honestidad en todo el montaje, agradezco ver a la persona detrás del personaje.
La armadura del texto y las uniones de toda esa coraza que es Kostya, sustentada en Chéjov y lo meta-teatral, quizás peca de naif y endeble, pero mantener la atención de la audiencia, siendo la única persona sobre el escenario, es un reto y un esfuerzo, que, según mi experiencia en la presente temporada, pocos están logrando que tenga la integridad, calidad e interés para que su pase por cartelera sea memorable.
Crítica realizada por Ismael Lomana




