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11.07.2026 Críticas / Crónicas, Teatro  
Falstaff – Crítica 2026

Falstaff despide la temporada operística 2025/26 del Gran Teatre del Liceu de Barcelona con la última ópera de Giuseppe Verdi. Bajo la dirección escénica de Laurent Pelly y la batuta de Josep Pons, que se despide como director musical del teatro tras catorce temporadas, el coliseo barcelonés recupera una producción que entiende a la perfección el equilibrio entre comedia, teatro y música.

Basada en Las alegres comadres de Windsor y Enrique IV de William Shakespeare, la obra sigue las peripecias de Sir John Falstaff, un caballero envejecido, arruinado y convencido de que todavía conserva un irresistible poder de seducción. Decidido a conquistar al mismo tiempo a Alice Ford y Meg Page para solucionar sus problemas económicos, terminará convirtiéndose en víctima de una ingeniosa conspiración urdida por ambas mujeres. A partir de ese punto, Verdi construye una cadena de equívocos, celos y engaños que desemboca en una brillante celebración del humor y de la condición humana.

Que Falstaff sea la última ópera de Verdi no es una simple curiosidad biográfica. Después de firmar algunas de las tragedias más importantes del repertorio, el compositor decidió despedirse con una comedia llena de inteligencia, ritmo y modernidad. Lejos de las grandes arias concebidas para detener la acción, aquí todo fluye de manera continua. Música, texto y teatro avanzan como un único organismo, convirtiendo la partitura en una de las más refinadas y complejas de toda su producción.

Ese delicado equilibrio encuentra en Laurent Pelly un intérprete ideal. El director francés evita cualquier tentación de convertir la obra en una sucesión de gags y apuesta por un humor que nace de la verdad de los personajes. Su propuesta, coproducida por el Teatro Real, sitúa la acción en espacios cotidianos que potencian los enredos sin perder nunca el espíritu shakespeariano.

La taberna de Falstaff aparece transformada en un viejo restaurante de otra época, abarrotado de botellas, espejos y muebles desgastados, reflejo perfecto de un protagonista anclado en un pasado glorioso que solo existe en su imaginación. Frente a ella, la casa de los Ford se convierte en un auténtico laberinto escénico por el que los personajes entran y salen con una precisión casi coreográfica. Todo fluye con naturalidad, permitiendo que el ritmo nunca decaiga.

Sin embargo, el mayor acierto de Pelly reside en la dirección de actores. Cada personaje posee una identidad perfectamente definida y ninguna situación resulta gratuita. La comicidad nace de las relaciones entre ellos, de las miradas, de los silencios y del impecable tempo con el que se encadenan los equívocos. Incluso en los momentos más disparatados, la producción evita la caricatura y mantiene intacta la humanidad de sus protagonistas.

El tercer acto eleva todavía más el nivel de la propuesta. El bosque de Windsor adquiere una atmósfera casi onírica que contrasta con el realismo del resto de la función y desemboca en uno de los momentos visuales más brillantes de la producción. Mientras Falstaff pronuncia el célebre «Tutto nel mondo è burla», un gigantesco espejo refleja a toda la platea, recordándonos que la gran broma de Verdi y Shakespeare no termina sobre el escenario, sino que también nos incluye a quienes observamos la historia desde el patio de butacas.

Estas funciones poseen además un inevitable valor simbólico al significar la despedida de Josep Pons como director musical del Liceu. Y pocas partituras podían resultar más apropiadas para cerrar esta etapa. Falstaff exige un equilibrio constante entre el foso y el escenario, una precisión casi de relojería y una enorme capacidad para acompañar el ritmo teatral sin perder nunca la riqueza orquestal.

Pons afronta el reto con la elegancia que ha caracterizado toda su trayectoria en el teatro. Su lectura destaca por la transparencia del sonido, la claridad de las texturas y un admirable control de los planos orquestales. Nunca busca imponerse a las voces; al contrario, construye un acompañamiento flexible que respira junto a los cantantes y realza cada situación dramática.

La Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu responde con una precisión admirable, ofreciendo una versión luminosa, ágil y llena de matices. Más que una despedida cargada de nostalgia, la sensación es la de asistir al cierre natural de una etapa marcada por el rigor, la complicidad con los músicos y un profundo respeto por la obra de Verdi.

Si la producción de Laurent Pelly funciona con tanta naturalidad es también gracias a un reparto que entiende a la perfección el espíritu de la obra. En una ópera donde el conjunto tiene más importancia que el lucimiento individual, todos los intérpretes contribuyen a que el engranaje teatral avance con una precisión admirable.

Al frente del reparto, Luca Salsi ofrece un Sir John Falstaff sencillamente magnífico. El barítono italiano domina el escenario desde su primera aparición gracias a un carisma arrollador y a una construcción del personaje llena de matices. Su Falstaff es fanfarrón, oportunista y ridículo cuando debe serlo, pero nunca pierde la humanidad que convierte al personaje en algo más que un simple blanco de las burlas. Vocalmente se muestra sólido durante toda la representación, con una emisión segura, una dicción impecable y una musicalidad que le permite afrontar con absoluta naturalidad una escritura tan exigente como continua. Su interpretación sostiene buena parte del peso dramático de la función y confirma por qué está considerado uno de los grandes Falstaff de la actualidad.

Frente a él, Lucas Meachem firma un Ford de gran intensidad. Su escena de los celos se convierte en uno de los momentos culminantes de la velada, combinando autoridad vocal con una interpretación contenida y muy inteligente. El barítono evita cualquier exceso dramático y construye un personaje tan creíble como profundamente humano, convirtiéndose en el contrapunto perfecto al exuberante Falstaff de Salsi.

Las cuatro protagonistas femeninas funcionan como un auténtico bloque escénico. Carolina López Moreno compone una Alice Ford elegante, decidida y llena de personalidad, liderando con naturalidad el plan para ridiculizar a Falstaff. A su lado, Daniela Barcellona demuestra una vez más su enorme experiencia escénica con una Mrs. Quickly llena de intención, sentido del humor y una presencia irresistible cada vez que aparece en escena. Gemma Coma-Alabert aporta frescura y una magnífica compenetración como Meg Page, mientras que Serena Sáenz vuelve a confirmar el excelente momento artístico que atraviesa con una Nannetta luminosa, delicada y de bellísimo timbre. Sus intervenciones, especialmente en el tercer acto, aportan la dosis de lirismo necesaria para equilibrar el incesante ritmo cómico de la obra.

También convence Santiago Ballerini como Fenton, aportando calidez vocal y una gran naturalidad interpretativa. Junto a Serena Sáenz forma una pareja creíble y perfectamente integrada en la acción, ofreciendo el contrapunto romántico que necesita la trama sin romper nunca el equilibrio del conjunto.

En los papeles de carácter, Josep Fadó resuelve con solvencia el Doctor Cajus, mientras que Pablo García-López y Alessio Cacciamani disfrutan visiblemente como Bardolfo y Pistola, dos personajes imprescindibles para que el mecanismo cómico de la obra funcione con la precisión que exige Verdi.

Otro de los grandes protagonistas de la noche es el Coro del Gran Teatre del Liceu, preparado por Pablo Assante. Su intervención en el tercer acto posee una fuerza teatral extraordinaria y culmina con una brillante interpretación de la fuga final, una de las páginas corales más admirables escritas por Verdi. La claridad de las voces y el perfecto equilibrio con la orquesta permiten que ese inolvidable «Tutto nel mondo è burla» llegue con toda su fuerza, poniendo el broche de oro a la representación.

No deja de ser significativo que un compositor que dedicó buena parte de su carrera a retratar la tragedia eligiera despedirse con una comedia. En Falstaff no hay héroes ni villanos, sino personajes llenos de contradicciones que aprenden a reírse de sí mismos. Laurent Pelly, Josep Pons y un reparto de enorme nivel entienden esa esencia y la convierten en una función donde teatro y música avanzan siempre de la mano. Un cierre de temporada brillante que, además de celebrar la última obra maestra de Verdi, sirve como un hermoso punto final a una etapa fundamental en la historia reciente del Liceu.

Crítica realizada por Norman Marsà

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