
Ella i màquina, escrita y dirigida por Sergi Belbel, llega a la sala Heartbreak Hotel de Barcelona con Àgata Roca y Enric Cambray para llevar hasta el corazón del barrio de Sants una propuesta irónica y ácida sobre cómo el mundo contemporáneo nos empuja a sostener una vida cargada de trampas y falsedades.
La historia gira en torno a una mujer inteligente y sensible que acumula desengaños y dificultades, pero que, a pesar de todo, continúa sosteniendo y acompañando la vida de todas las personas de su entorno. La protagonista afronta, uno tras otro, diálogos con personajes que abusan de su paciencia y empatía, gestionando situaciones cada vez más insostenibles: la educación de un hijo arrogante y caprichoso, y de una hija que busca ingenuamente su lugar en el mundo sin tener que reflejarse en su madre. También una relación de pareja que hace aguas, una situación laboral en la cuerda floja, el vínculo con un padre que hizo infeliz a su madre y que marcó para siempre su personalidad, o la sexualidad en la adultez. Empujada por los delirios del sistema capitalista y por un entorno en el que se siente sola e incomprendida, se verá abocada a buscar su propia manera de romper con el orden establecido.
Sergi Belbel escribe esta obra en el año 2013 y gana, antes de ser representada, el Premi Ciutat de València 2022 y el Premi de la Crítica dels Escriptors Valencians en 2023. Han pasado trece años desde aquella primera idea que ahora, en 2026 y con un título diferente al original, Ella i els altres, se estrena sobre el escenario de la Heartbreak Hotel.
El texto no da un solo respiro, ni al espectador ni a los intérpretes. Es una pieza perfectamente construida y madura que se estructura como un todo, una historia compacta que el público debe ir fragmentando dentro de su cabeza. Presupone un público inteligente: no hay pausas, no hay cambios en la escenografía ni en la caracterización, todo está en el texto. A medida que avanza la obra, el espectador debe ir descubriendo y entendiendo los diferentes cambios de diálogo, de personajes y de escenas.
Dos elementos son la clave. Por un lado, un sutil leitmotiv, una sola palabra —Vull (Quiero)—, indica que hemos cambiado de espacio y de personajes. Una demanda que cada vez adquiere mayor trascendencia y que te sumerge y te hace empatizar con la carga y el peso que sostiene y que va asfixiando a la protagonista.
Por otro, una interpretación más que brillante de la actriz y el actor que soportan el peso de la dramaturgia.
Àgata Roca es Ella. Interpreta a una mujer que lo sostiene todo y a todo a la vez. Su interpretación es de una madurez brutal. Te hace sentir con ella todo lo que vive. Transmite serenidad y equilibrio ante unas situaciones que la ponen cada vez más a prueba. Su mirada, sus gestos, aparentemente imperturbables al inicio, evolucionan hacia una tristeza e incomprensión latentes que acaban desbordándola. Un trabajo interpretativo absolutamente magnífico.
Lo mismo hay que decir de Enric Cambray. Él es todas y todos los demás. El hijo, la hija, el marido, la amiga, el jefe, el becario, el peluquero, el amante, el padre… Camaleónico, en un abrir y cerrar de ojos se pone en la piel de una decena de personajes. Su gestualidad, la modulación de su voz, su corporalidad, todo en él cambia, muta sin ayuda de ningún elemento de caracterización, para acompañar al espectador en los diferentes cambios de escena. Lo que hace Cambray en esta pieza es una clase magistral de interpretación.
También cabe destacar la propuesta de Sergi Belbel como director de la pieza. El montaje apuesta por la sencillez. La puesta en escena consta de una única silla, que solo se mueve en un momento muy concreto y simbólico. La dirección es exquisita: conduce la mirada del espectador directamente hacia las emociones de los personajes y crea, en ocasiones, composiciones visuales muy atractivas para el ojo del espectador.
El diseño de iluminación realizado por Kiko Planas acompaña de manera muy elegante cada momento. Un diseño de iluminación que adquiere protagonismo cuando aparece el último personaje —no haremos spoiler—, con unas transiciones cuidadosamente sutiles. Crea la atmósfera perfecta entre aquello que es real y aquello que imaginamos que puede estar pasando, abriendo una ventana al mundo interior de la protagonista.
Lo mismo sucede con el diseño del espacio sonoro de Jordi Bonet. Sutil y cuidado, adquiere también protagonismo cuando el ritmo de la obra se vuelve frenético, aportando el componente justo para acompañar al espectador hasta el momento álgido.
Ella i màquina es un retrato de todas las Ellas, de cómo una persona puede llegar al límite para sostener un mundo que no es el suyo, unas vidas que no son la suya. «No te puedes imaginar lo que daría porque tan solo un día de mi vida pudiera estar solo para mí. Lo que llegaría a dar si de repente me dijeran que los demás han desaparecido».
La obra reflexiona también sobre cuáles son nuestras plenitudes, qué nos proporciona realmente la felicidad, si somos realmente libres a la hora de discernir si nuestros anhelos más profundos y secretos son realmente nuestros o son una sugestión y una manipulación que nos llega desde fuera. ¿Qué somos sin los demás? Quizás no seamos más que un espejo para los demás. Quizás cada uno de nosotros se mira realmente a través de los demás y nos necesitamos para ser quienes somos.
En la obra, ella siempre es Ella. Es Ella enfrentándose a diferentes situaciones de su vida. Pero, en realidad, solo hay una Ella. ¿Somos nosotros mismos ante nuestros diferentes contextos o interpretamos también diferentes personajes?
El público, en el patio de butacas, comienza la obra riendo. De vez en cuando, sonrisas; de vez en cuando, una risa abierta, empujados por la ironía y la acidez de lo que se dice y de cómo se dice. Las interpretaciones de los personajes conducen al espectador hacia esta especie de delirio y estas situaciones surrealistas. Pero, poco a poco, a medida que avanza la trama y van apareciendo más otros, y acompañamos a Ella en su viaje —a medida que nos vamos viendo más reflejados y nos damos cuenta de que nosotros hemos podido ser Ella en algún momento de nuestra vida—, el patio de butacas comienza a entender que no está ante una comedia, sino ante la narración ácida, inteligente e irónica de los límites de la empatía, los cuidados y el hecho de fingir normalidad ante los demás, mientras por dentro tu mundo pide cada vez más otra cosa.
Ella i màquina es de esas obras imperdibles que hay que ver.
Crítica realizada por José Carlos Muñoz Lasala




